Saturday, October 26, 2013

Postal urbana: pareja de estudiantes

Iba bajando para el Boulevard San Juan, apurado porque mi hijo estaba a punto de salir del colegio y no le gusta quedarse esperando. Era una de esas mañanas de primavera donde el sol empieza a colarse entre los edificios y de alguna manera parece,  aun en medio de la ciudad, que el aire es puro, fresco. Todavía no había demasiada gente dando vueltas en la calle. El naranjita que se ofreció a cuidarme el auto tenía cara de dormido. La misma cara de dormido que supongo yo mismo debía tener aun. Cara de “que noche la de anoche!”, aunque en mi caso la cara se debía al cansancio acumulado durante la semana y un poco de insomnio.
No puedo recordar que iba pensando mientras me acercaba caminando rápido al Boulevard. Recuerdo que al acercarme a la esquina, levante la vista y los vi, terminando de cruzar la calle en dirección contraria a la mía. Ella tenía unas sandalias con algo de plataforma que la hacían ver más alta, más flaca. Me pareció que tenía lindos pies. Arriba de los pies, pantalones de jean ajustados, un poco gastados, le marcaban la forma de las piernas. Largas piernas. Las caderas. La cintura. Y arriba una remera oscura con un dibujo que no puedo recordar si tenia alguna inscripción o leyenda o solamente el dibujo. Una cartera pequeña cruzada en bandolera y el pelo castaño suelto, ondulado y largo hasta los hombros, apenas agitado por el movimiento al caminar. La cara lavada, sin maquillaje. Ojos oscuros sin lentes y una sonrisa apenas asomando de unos labios finitos debajo de la nariz. Como un par de detalles de terminación finales, alcance a identificar un par de lunares y algunas pecas.
El venia arrastrando una valija oscura, gastada, con rueditas. Esas rueditas pequeñas que claramente no están pensadas para circular por las veredas y calles de la ciudad y hacen que uno golpee la valija contra todos los pequeños escalones que inexplicablemente se van presentando y en especial contra los cordones de las veredas. La valija me hizo recordar por un instante que yo también estuve ahí, en la misma situación, volviendo / yendo de viaje, arrastrando una valija una y otra vez, a lo largo de varios años, mientras estudiaba en la facultad. Pude verme de nuevo despidiéndome de mi familia, mis amigos y subiendo a un colectivo. La sensación de tristeza. Empezar a extrañar mientras el colectivo encaraba la ruta.  
Él tenía zapatillas oscuras de lona, bastante limpias. Pantalones de jean no tan ajustados, bastante nuevos. Las piernas alcanzaban a dibujarse chuecas debajo de la tela de los pantalones, como dándole cierta estampa de deportista. La remera holgada era de color verde oscuro, lisa, sin inscripciones. El pelo corto coronaba una cara con cierto cansancio dibujado en los ojos. Detrás del cansancio, los ojos tenían cierto brillo especial. Tarde un instante, pero logre reconocer el brillo, el origen del brillo, en el momento en que finalmente pude ver sus manos entrelazadas, como completando el cuadro. Recordé que yo también estuve ahí, tomando de la mano a mi amor, caminando por las mismas calles, brillando hermoso, invencible, con toda la vida delante mio.


Me hice a un costado mientras ellos pasaban a mi lado mirándose y continúe caminando hacia el colegio de mi hijo, empezando a olvidarlos lentamente.

Wednesday, October 23, 2013

El periodista y el entrevistado

Prendo la tele. Programa de periodismo político. Sonamos. Decido verlo. En el pasado el periodista que conduce el programa supo gozar de mi simpatía, como me lo recuerdan 3 libros suyos que reposan en la biblioteca, al alcance de mi vista. El periodista presenta una nota. Vamos a ver un video tipo cámara oculta, filmado por un agente del orden, en el cual se puede ver a un señor diputado de la Nación resistiéndose a que le retengan el auto por haber cometido una infracción, o mejor dicho por estar en infracción al no poder presentar documentación del vehículo que le es requerida por un agente de transito. Veo el video. Oigo el audio, la discusión entre el señor diputado y la agente de transito. Siento como que ya lo vi y oí mil veces en los últimos 10 días. Probablemente esta sensación tenga que ver con la otra sensación de hartazgo, el saberme sometido a un interminable bombardeo de propaganda política explicita y de la otra. Todo exacerbado por la época electoral en la que nos encontramos inmersos. Termina el video. Volvemos al piso. El periodista continúa hablando. Mientras habla, yo intento separar, debo confesar que sin mucho éxito, la información objetiva de las opiniones personales. En la vorágine del discurso, las opiniones pasan a transformarse casi en verdades fácticas, axiomas.
De pronto, el periodista comienza a mostrar, a señalar en las pantallas detrás de él, una serie de tweets de un conocido artista del medio que se decidió a opinar del episodio, cuestionando, desafiando de alguna forma, varias de las frases del diputado expresadas durante la discusión con la agente de transito. Parece ser que dichos tweets generaron un gran revuelo en las redes sociales y entonces el periodista explica que se decidió a entrevistar a este artista para dialogar justamente acerca de los tweets, sus opiniones y el episodio en cuestión. Sinceramente, me llamo la atención que decidieran entrevistar a esta persona en particular, debido a que no se trata de un experto en temas políticos o alguien que en el pasado se hubiera expresado públicamente acerca de este tipo de cuestiones claramente alejadas de su quehacer artístico.
Pasamos a la entrevista. El periodista canchero se muestra amigable, confianzudo. Es como si el entrevistado y el periodista se hubieran comido 1000 asados juntos. Después de romper el hielo con 2 o 3 preguntas típicas, el periodista encara para el lado de los tweets que generaron / contribuyeron al escandalo. En ese momento la entrevista se transforma en un sketch de Peter Capusotto: “Vas a decir lo que yo quiero que digas”, con el periodista insistiendo en poner en boca del entrevistado, frases que este realmente no dijo / no quiso decir en ningún momento. El entrevistado responde lo que le preguntan. No parece darse cuenta del juego planteado. Comienza a explicar porque cree tener la autoridad moral para plantear un desafío como el que propuso públicamente en los 4 o 5 tweets que salieron a la luz, algo así como: “quien me va a enseñar a mi lo que era la dictadura”. Ahí me empiezo a sorprender. No por la edad revelada por el entrevistado o el hecho que ya sea abuelo. Me sorprenden los detalles de la infancia. La descripción detallista de hechos vividos, épocas de represión, episodios violentos. El análisis del funcionamiento de aparatos represivos, implementados primero por facciones pertenecientes a gobiernos democráticos y luego por los militares golpistas.
El periodista intenta repreguntar, trata de usar algunas frases a su favor, lo logra a medias porque el entrevistado sigue con una catarata de anécdotas personales, como ajeno al juego planteado. La dinámica va cambiando. A estas alturas el protagonismo del entrevistado se magnifica y el periodista lo deja seguir solito no solo porque dijo lo que dijo, twiteo lo que twiteo, sino por todo lo que tiene para decir acerca de la libertad de expresión y otros tópicos tan funcionales, tan de moda.
Sobre el final, el entrevistado hace una última revelación acerca de su identidad, la relación con su padre y ahí si como que se nota cierto guion, cierto acuerdo previo. Últimos intercambios alrededor de la idea de la persecución a los que piensan distinto. 2 tipos hablando como potenciales victimas de censura frente a millones de televidentes.

Fin de la entrevista. Monologo del periodista estrella. Fin del programa. Los títulos empiezan a pasar mientras yo me quedo pensando en que aprendí 2 o 3 cosas de la vida personal del entrevistado y que esta bueno, muy bueno que cualquiera pueda decir cualquier cosa en cualquier lugar. Después uno termina eligiendo lo que quiere creer o a quien le quiere creer. ¿O no?

Saturday, October 12, 2013

Internet, los blogs, Twitter, la paciencia y la ansiedad...

Como dice el amigo Ernesto en su blog, un día la comunicación entre los humanos se torno asincrónica. En esa época de soltar palabras que algún día eran recibidas por los demás como botellitas entregadas al mar, las comunicaciones epistolares permitían que uno pusiera el enojo, la ansiedad, la tristeza y/o el amor en un sobre para luego enviarlo a la persona con la que quería compartir esos pensamientos / sentimientos sin saber realmente cuando se obtendría una respuesta o siquiera si se obtendría una respuesta. Esa dinámica asíncrona, de soltar un mensaje autónomo, enriquecido con todas las palabras que le permitieran sostenerse a si mismo durante todo el tiempo que durara su viaje, ejercitaba nuestra paciencia, volviéndonos irremediablemente melancólicos. Así, la paciencia pasaba a ser una de nuestras cualidades inherentes, necesarias para no enloquecer esperando. Es que enviabas una carta a tu novia a la distancia y luego de 7 o 10 días, recibías una respuesta: "Oh, ya no te quiero...". Pum!, bajón, tristeza, procesamiento asíncrono... a escribir una carta, a tomarse todo el tiempo para escribir una carta que respondiera adecuadamente a semejante mensaje. Y luego a esperar nuevamente…
Con el tiempo, a lo mejor de una manera mas rápida que lo que uno hubiera esperado, y es que para algunas cosas la vida siempre va mas rápido que lo que uno espera, las comunicaciones fueron cambiando. La interacción entre los humanos fue ganando en velocidad, inmediatez. Primero el correo electrónico y los celulares, luego Internet, esa especie de pizarrón gigante donde, si uno contaba con los conocimientos y herramientas adecuadas, se podía escribir un mensaje esperando que todo el mundo lo viera. Ultimamente el acceso “masivo” a los blogs, las redes sociales y los 140 caracteres de Twitter. “Me gusta”, “Estoy por comerme un choripán… #Choripan”.
A mi lo de la velocidad me gusta, soy como una especie de anticuado escritor epistolar adaptándose a estas nuevas herramientas que me permiten dar rienda suelta a mis ganas de comunicarme a un ritmo adecuado para mi presente ansiedad. Y es que últimamente la ansiedad me mata, me roba el poco sueño que me quedaba y me hace mirar a la pantalla del celular con una frecuencia poco razonable, al menos para alguien de mi edad (es que aunque a veces me sienta de 10 años por fuera parezco de cuarenta). Pero creo que prefiero esa dinámica a volver que tener que esperar semanas por una carta que no se si va a llegar.
También me gusta esa capacidad de reducir las distancias físicas casi a cero. La posibilidad de retomar un contacto casi diario con personas a las que quiero, personas que extraño, que me había acostumbrado a extrañar durante la era asíncrona. De pronto, mi familia, mis amigos pasaron a estar al lado mio, al alcance de mi mano.

Finalmente, lo que no me gusta son ciertas disrupciones, desafortunadas interacciones, fruto de la economía inherente al uso de estas nuevas herramientas de comunicación. Es que no todo podía ser feliz en este mundo virtual. Es que hay gente que aun cuando durante 20 años nunca me llamo por teléfono ni se digno a escribirme una carta, de pronto se “presenta” en Facebook solicitando ser mi amigo. Personas que nunca se tomaron el trabajo de escribir una carta, buscar un sobre, caminar hasta el correo y esperar, ahora pretenden ser mis amigos solamente porque es muy simple, muy fácil hacer 2 clicks y enviar una solicitud de amistad. Para ellos, mi repudio y “Eliminar Solicitud”.

Saturday, October 5, 2013

Los diablos y Angel

El abuelo de Marcos se llamaba Ángel. La abuela de Marcos, en realidad cualquiera que hubiera conocido un poco al abuelo, hubiera dicho que era una locura que se pudiera llamar Ángel un tipo que desde su más tierna edad siempre fue una especie de demonio. Y es que el abuelo siempre fue una persona de esas difíciles de tratar. Un personaje exuberante, loco, desbordado por un montón de diablos que tenía adentro. Un hombre grandote con un montón de diablos que se habían ido escondiendo, ocultos / no tan ocultos en fragmentos / recuerdos de cosas que le habían pasado y que había hecho a lo largo de toda una vida. Diablos que a menudo estallaban incontenibles, arrasándolo todo a su alrededor.
A lo mejor había sido el hecho de criarse guacho. El haber sido separado muy pronto de su madre. La vida dura en el pueblo y el campo, allá lejos en Europa. El hambre que los acorralaba robándoles el sueño a los niños, las esperanzas a los padres. Los castigos de los abuelos que no eran abuelos. El hambre. El hambre. El hambre…
Y después, un periodo oscuro. Alguien, creía que la abuela, alguna vez le hablo de como el abuelo, siendo adolescente se escapo de la casa, de la vida dura, eligiendo su propia vida, mas dura aun. Y como se fue por los caminos de un país que empezaba a estallar para buscar algo que no sabia que era.
Y después de varios años, la guerra. Guerra contra hermanos, tipos que hablaban su mismo idioma. La guerra como una forma estúpida de encontrar eso que seguía buscando. Un montón de anécdotas. Un montón de diablos más. Extrañamente, el abuelo Ángel, que nunca hablaba de su infancia y su adolescencia, si hablaba de la guerra. De la muerte. Los amigos que fueron muriendo. Desapasionadamente, y esto si era extraño en el, relataba como su amigo Mario se desangro a su lado en una noche fría de Noviembre y como el solo se quedo callado, quieto, mientras a su amigo la mirada se le iba perdiendo en la oscuridad.  Y contaba como mato a un hombre, como le disparo con su fusil, hiriéndolo de muerte. Y explicaba como eso no tenia nada de heroico, ni de dramático, como su vida no cambio a partir de ese momento. Era solo un episodio más de una crónica distante.
Y después de la guerra, la derrota. Un campo de concentración. Un pedazo de terreno en medio de la nada, alambres de púa, algunas carpas y gente desparramada aquí y allá, olor a mierda en el aire. Robarle la comida a los más débiles. Golpear, pelear en el barro. Barro y mierda. Más diablos. Alguien, el mismo, haciéndose pasar por loco para zafar. Zafar. Alguien abrió la jaula y el y los diablos salieron corriendo.
Y después el viaje. Cruzando el mar hasta un lugar que quedaba muy lejos. Nunca entendió muy bien como carajo vino a terminar acá. Tan al sur. Tan lejos de todo.
Y los trabajos, trabajos de mierda. Y los viajes recorriendo su nuevo país. Y después el pueblo. Y el taller. El taller que Marcos recordaba de memoria, de cuando todavía se podía pasar los veranos en compañía del abuelo. El taller del pueblo donde se arreglaban los autos, los camiones y los tractores con 2 o 3 herramientas, porque todo se podía reparar con 2 o 3 herramientas. Le dabas a un hombre un martillo, una pinza y un destornillador y podía cambiar el mundo, o al menos tratar de arreglarlo.
Y después conoció a la Abuela. Esa mujer de campo que se le acerco. Esa mujer que lo tomo de las manos y sintió los diablos corriendo dentro de él. Esa mujer que se sometió, en todos los sentidos, a la locura, a los diablos, al amor de ese hombre loco que lo quemaba todo a su alrededor, desgarrando, golpeando, gritando noches enteras.
Y tuvieron 2 hijos. Y los criaron. A la manera de ellos. El con locura, amor y dolor en partes iguales. Ella tranquila, como buscando compensar tanta intensidad arrasadora. Aguantando, aguantando a que los chicos crecieran. Hasta que decidió que ya había sido suficiente y que todavía podía vivir un tiempo más con lo poco que el fuego le había dejado y se fue. Y los dejo a los 3. 
Y la mama de Marcos, que era la hija más chica, termino el secundario y se fue a estudiar a la ciudad y dejo detrás a su padre Ángel, y al fuego y a los diablos. Y el abuelo, solo otra vez, empezó a tratar de sacar a los diablos. Y empezó a escribir. Con manos de mecánico, manos de taller. Y los diablos asomaban la cabeza entre las palabras que los lápices escribían sobre el papel. Y cuando alguien leía las palabras, las poesías desaforadas, los diablos le soplaban fuego y cenizas en los ojos y todos terminaban llorando, apretándose el corazón con las 2 manos.
Y cuando las palabras no fueron suficientes, Ángel empezó a dibujar y a pintar, con las manos de mecánico. En papeles blancos, en las paredes, en telas. Con colores vivos, con blanco y negro, con su sangre. Y los diablos asomaban, ahora de cuerpo entero, por entre las plantas de las selvas que él iba pintando. Selvas llenas de animales imposibles, animales salvajes, hombres locos y los diablos. Y cuando alguien miraba las pinturas, los dibujos, los diablos lo quemaban un poco con sus ojos rojos y todos se alejaban gritando, agarrándose la cabeza con las 2 manos.
Y despues, cuando tambien la pintura no fue suficiente, el abuelo demonio incansable aprendió a tocar la guitarra. Aprendió solo y empezó a cantar a los gritos. Y las canciones que cantaba, eran canciones que todos conocían, pero que cuando el las cantaba eran distintas. Aunque el repetía las letras que había aprendido de tanto escucharlas, las palabras salían cambiadas, cambiadas por los diablos que gritaban, aullaban en la voz de Ángel. Y los que lo escuchaban cantar / gritar en medio de la noche, en medio de la siesta, quedaban como tontos tomándose los oídos, incrédulos.

Y finalmente, un día el abuelo Ángel se murió. Y Marcos, cuando se entero, la miro a su mama, la hija más chica y le pregunto: ¿Que va a pasar con los diablos del abuelo? ¿Quien los va a cuidar ahora?

Sunday, September 29, 2013

Spanglish

- ¿Porque me pediste que viniera acá? - pregunto ella mientras se sentaba enfrente de él y colgaba la cartera diminuta del respaldo de la silla. Estaba hermosa. El bar estaba lleno de gente a esa hora. Esa franja horaria de happy hour entre el final de la tarde y el anochecer de la ciudad garantizaba un entorno completamente superpoblado de conversaciones y ruido ambiente casi ensordecedor dentro de cada uno de los bares y cafés del centro.
- Quería verte - contesto él. A veces las respuestas cortas y sinceras eran las mejores.
- Pero como... ¿no era que no teníamos que vernos más fuera de la facultad? - dijo ella, mientras se empezaba a enojar, a calentar como una pava...
- Si, ya sé que dije que no teníamos que vernos más... pero tenía ganas de verte... y...
Y ella lo miro en silencio. Lo miro furiosa. Y sus ojos decían: "y a mí que mierda me importa... me dijiste que no nos teníamos que ver... y ahora me venís con que tenes ganas de verme... ¿qué te crees, pelotudo, que somos adolescentes histeriqueando en un boliche?"
- ¿Soy un pelotudo, no? – tiro rápido él, adelantándose una jugada.
- y Si. Sos un pelotudo – Ella había superado la etapa del respeto a las investiduras / los roles hacía mucho tiempo, el mismo día que por primera vez el se había referido a sí mismo como al “imbécil del Jefe de Cátedra”, en un guiño cómplice que los invitaba a ellos, a sus alumnos, a faltarle un poco el respeto.
- Vos fuiste el que me explico que aunque soy tu favorita, no estaba bien que nos viéramos fuera de la facultad… también te acordas que te explique que no entendía muy bien porque me decías eso…si entre nosotros no pasaba nada… - dijo ella, repasando / reviviendo la conversación que había formalizado el blanqueo de este juego que los dos venían jugando desde hacía varios meses.
- Si, me acuerdo… después te dije que nosotros no debíamos, no podíamos ser como los personajes de la película “Spanglish” – Costumbre pelotuda esa de siempre buscar referencias cinematográficas.
- Y yo te conteste que no había visto la película – dijo ella, riéndose de nuevo como la primera vez que había mencionado esas palabras.
- Me cagaste toda mi preparada alocución… como siempre – dijo él, mientras una sonrisa empezaba a asomarse a su cara.
- Desgraciada… Te tuve que contar parte de la película…perdí todo el “momentum” tratando de describir los personajes del Chef, la empleada mexicana y la esposa del Chef…las relaciones entre ellos…
- Sabes que finalmente nunca la vi… a la película… - dijo ella, mientras se seguía riendo, gozando de la impunidad que le daban su juventud y su egoísmo a flor de piel.
- ¡Obvio que no la vas ver! Es como pedirme a mí que escuche la música que escucha mi hijo mayor. Peor, como pedirme que me guste la música que escuchan mis hijos. – Dijo él, riendo y agarrándose la cabeza con las manos.
- Pero me acuerdo de la escena de ellos dos… recuerdo tu relato de la escena de ellos dos en el restaurante de él… Los dos solos, finalmente solos, arrastrados por el devenir de la noche hasta un sillón… Ella mirándolo en silencio mientras él le dice que en cuanto toquen el suelo, el suelo se los va a tragar, devolviéndolos a la realidad – las palabras salieron despacito, cada vez más despacito de la boca de ella, que de a poco había dejado de reír.
- Y ella lo mira y salta al suelo, justo a tiempo… justo antes que alguno de los dos cruce la línea que los separa… todas las líneas que los separan… – termino de decir ella, mientras los ojos le empezaban a brillar, nítidos, fijos en los ojos de él, que también se iba dando cuenta que ella finalmente entendió, ahí en ese preciso momento, lo que esa escena quería contar. Lo que él le había querido contar.
- ¿Entendes? ¿Ahora entendes? – Pregunto él, después de varios segundos de silencio.
- Nosotros no podemos vernos. No tenemos que vernos porque nuestras vidas son como las de los personajes de la película. – dijo él, atragantado con las ultimas silabas, tratando de apurar el final de la conversación, del encuentro.
Ella lo miraba en silencio. Ahora esto si se parecía a la escena de la película. Ella estaba mirándolo, hermosa. Hermosa como era ella para él. O sea, cuando estaba con ella la miraba y la miraba y no la encontraba tan atractiva. Hasta le parecía demasiado flaca. Pero cuando realmente entendía su belleza era cuando dejaba de verla y se pasaba las noches y los fines de semana pensando en ella, en sus manos, en su pelo, en su cuerpo joven que imaginaba desnudo bajo las ropas ajustadas.
-Además, vos realmente no te fijarías en alguien como yo. O sea, a veces creo que esto es solo una especie de estúpida paranoia mía. Un poco de típico histeriqueo alumno / profesor fuera de lugar – dijo él, empezando con la estrategia defensiva que tantas veces había ensayado para escapar de esa situación.
- A ver… ¿Por qué decís eso?... Vos que la tenes tan clara… - dijo ella, rompiendo su silencio, adelantándose en la silla.
- Porque vos sos hermosa… y te gustan los tipos lindos… pendejos lindos…- dijo él, mientras pensaba como mierda salía de esta…
- Claro… soy una pendeja superficial y pelotuda que solo se fija en la apariencia de la gente, de sus parejas – De vuelta enculada.
- No quise decir eso… es solo que las parejas que te conozco, al menos de la Facultad, son más bien “bonitos” – No había forma de arreglarla. Se dio cuenta al mismo tiempo que terminaba de pronunciar “bonitos”.
- ¡Y vos que mierda sabes de mis parejas!… ¿acaso me estuviste espiando?... ¿Estuviste preguntando por los pasillos de la Facultad? De donde carajo sacas esas  ideas de mí, de lo que soy… de lo que me gusta… de lo que quiero… - termino ella, bajando un poco el tono al final.
- ¿Eso es lo que pensas de mi? – las palabras salieron apenas de sus labios.
- Perdón… sabes que lo último que quisiera es lastimarte… - dijo él, mientras miraba como sus manos se empezaban a mover lentamente por sobre la mesa.
Intento detener el movimiento de sus manos. Pero ellas ya no le obedecieron y terminaron tocando las manos de ella. Y ella lo miro. En llamas, los ojos incendiarios.
- Perdón… perdón… - repitió ella, imitándolo.
- que pelotudo habías resultado ser… Así que una mina como yo no se puede fijar en un pelotudo como vos… - continúo ella, después de una breve pausa.
- Y si… ¿Cómo te podes realmente fijar en mi?... no hay posibilidades… dijo él, titubeando.
- Eso lo vamos a ver… dijo ella mientras se levantaba de la silla y agarraba la cartera.
- ¿Cómo?... – alcanzo a preguntar él, mientras algo dentro suyo se empezaba a dar cuenta que sí, que a lo mejor ella finalmente si podía fijarse en alguien como él. Pese a la diferencia de edad, pese a que se suponía que estaba mal. Pese a todo el universo de quilombos que se estaba empezando a despertar en ese mismo instante.
- Dale, veni… veni conmigo – dijo ella mientras le estiraba la mano y empezaba a sonreír, desvergonzada, feliz. Feliz de haberlo sorprendido, de haberse sorprendido. Y él se levanto y le tomo la mano y también se sintió feliz. Estúpido y feliz.
- Sera que me gusta meterme en quilombos – le dijo ella finalmente al oído mientras salían del bar. 

Sunday, September 22, 2013

Héroes... Super héroes

El primer super héroe que recuerdo es Astroboy. En realidad no se exactamente si se lo podría calificar de super héroe, pero el pequeño robot con cohetes en los pies y armas en el traste es uno de primeros recuerdos que tengo de dibujos y programas de televisión, en blanco y negro en este caso. Astroboy volaba y destruía a los robots malos con su increíble fuerza, pero en el fondo no dejaba de ser un niño, el niño al cual su creador trato de reemplazar, luego de perderlo en un accidente. Tragedia griega / japonesa para la hora de la siesta.
También tengo algunos recuerdos de Meteoro, el joven adolescente que conducía un hermoso auto blanco de carreras y mediante maniobras imposibles superaba a todos sus competidores para ganar una carrera tras otra. De ese dibujo me acuerdo particularmente de un artefacto peligroso consistente en unas puntas de metal que salían de las llantas de las ruedas de los autos de los malos, pero no mucho mas.
Después me hice adicto al Hombre Araña. El hermoso perdedor de Peter Parker picado por una araña mutante que desarrollaba poderes arácnidos y debía hacerse cargo de la responsabilidad de salvar al mundo, especialmente a Mary Jane Watson, de los villanos de turno, Dr Octopuss, el Duende Verde, etc. Como uno de los hijos dilectos de Stan Lee, y esto es algo que aprendí y entendí mucho pero mucho mas tarde, Peter Parker no podía, no debía, tener semejantes poderes y al mismo tiempo algo siquiera parecido a la felicidad. A lo sumo podía aspirar a la compañía de su tía por las noches, que lo esperaba con la sopa caliente, mientras el miraba como Mary Jane se iba de joda con algún tipo fachero sin tantas responsabilidades. "Poor Peter Parker" / "Pobre Peter Parker", como le han dicho los malos en la cara en mas de una oportunidad.
Durante un breve lapso, tuve algún coqueteo con los 4 Fantásticos. El tipo que se convertía permanentemente en un coloso de piedra a consecuencia de una tormenta de radiación espacial me generaba simpatía, pero el otro, el Hombre Elástico, medio que me parecía un nabo.
Después vinieron las películas de Superman, las de Christopher Reeve, y me enganche por un tiempo con el muchacho de la capa roja y el traje azul. Recuerdo particularmente las escenas iniciales de la primera película de la serie, con el personaje de Jor- El, el padre de Superman, protagonizado por un decadente Marlon Brando, despidiendo a su pequeño hijo, mientras su mundo colapsaba y desaparecía en medio de una explosión gigantesca. Así, Superman no dejaba de ser un naufrago, el ultimo de su especie, adoptado por un planeta tierra, cuyos habitantes no terminaban de entender muy bien si era realmente tan bueno como parecía ser o era en el fondo una amenaza latente. Eso si, nunca termine de entender como Lois Lane no lo reconocía cuando se ponía los anteojos chotos de Clark Kent. Y ademas, el tipo era demasiado bueno, "buenudo", con poderes que lo tornaban demasiado invencible, así que medio que aburría un poco y terminaron inventando la "Kryptonita" como para ponerle un poco de chispa a la cosa.
La Guerra de las Galaxias merece un capitulo aparte. Esas naves atacando la Estrella de la Muerte nunca, pero nunca, pero nunca se van a terminar de borrar de mi memoria. No tengo claro si Luke Skywalker era un super héroe hecho y derecho, pero el manejo de la "fuerza" y sus habilidades como piloto y Jedi me hacían querer imitarlo, aunque fuera peleando con palos a lo "sable laser". Después vinieron las otras películas de la saga y las complicaciones familiares y amorosas a lo culebrón mexicano terminaron de cagar una hermosa película de aventuras, situada en una galaxia lejana.
Robotech estaba buenísima, las naves que se transformaban en robots a lo Transformer eran espectaculares y la trama era interesante, pero Rick Hunter no era un super héroe, sino mas bien un piloto de avión con mucha suerte que no terminaba de resolver una historia de histeriqueo con la tarada de la cantante cuyo nombre, por suerte, no puedo recordar. Igual fueron muchas tardes de volver rápido del colegio, de las clases de gimnasia, para ver los capítulos de ese dibujo japones, que oh maravilla! transcurrían en el espacio, entre las estrellas, mientras nos comíamos medio pan francés untado con manteca.
Después, con el tiempo y la edad, es como que llego un momento en que me aleje un poco de los comics, las aventuras y los Super héroes. No estoy muy seguro de haber perdido contacto del todo, pero me doy cuenta que otros intereses fueron ocupando el lugar de privilegio de estos personajes, relegándolos a un segundo plano. Esta claro que salvo que uno sea un nerd confeso, amante de los mangas y los comics, capaz de recitar de memoria pasajes de la Guerra de las Galaxias o el Señor de los Anillos, cosa que sobre todo últimamente se ha vuelto "cool" en ciertos ámbitos, en general no esta bien visto, sobre todo por las minas, que un tipo medianamente normal mencione su predilección por el Hombre Araña o el Increíble Hulk.
Y fue así que durante muchos años reduje mi exposicion a los super heroes, alejandome de las historias de aventuras, de los héroes que me acompañaban de chico, de la ciencia ficción consumida en cantidades industriales durante la adolescencia, y me empece a dedicar a lecturas mas elevadas y complejas.
Hasta que volví a ver el Increible Hulk. La película de Ang Lee me hizo recordar la serie que veía de chico, protagonizada por Bill Bixby y Lou Ferrigno. Esa serie que había quedado oculta en algún recoveco de la memoria, relegada por vaya a saber que algoritmo de búsqueda. La serie donde al final de cada capitulo, el Dr Bruce Banner se retiraba caminando solo, buscando un nuevo destino adonde nadie podía acompañarlo. Un hermoso perdedor solitario.
La película me gusto, me gusto mucho. No tanto por el manejo de los cuadros superpuestos, simulando la estética del comic, sino por la historia que cuenta, por el personaje de Betty Ross, protagonizado por Jennifer Connelly, de quien estoy profundamente enamorado, por la furia y la fuerza inconmesurable / desmedida / exagerada de Hulk, quien aplasta aviones y tanques presa de una incorrección política poco frecuente en los super héroes americanos, y por sobre todo por la relación entre Bruce y su padre. Esa relación padre hijo totalmente desquiciada, alterada por las increíbles circunstancias. "Mi hijo es especial" dice el Dr Banner padre en un escena de flashback, poniendo en evidencia su conocimiento de los poderes latentes del pequeño, aun antes que ningún otro, incluido el propio Bruce, pudiera darse cuenta. Genial Nick Nolte. Genial la secuencia de escenas del final. Padre e hijo luchando, transformándose, absorviendose, golpeándose uno a otro. La energía / furia de Hulk creciendo imparable, inconmensurable, hasta la escena final de la bomba gamma y la imagen del padre despidiendo a su hijo, como cuando lo hacia dormir de niño. No puedo olvidar esa escena. Por suerte, no puedo olvidar esa escena. Y por suerte, volví a creer que si algún día, alguien o algo me hace enojar / enfurecer lo suficiente, puedo dejar salir al Hulk que secretamente llevo dentro, como para que rompa un poco todo lo que me viene jodiendo la vida.

Monday, September 16, 2013

Temor... la no memoria

Normalmente no solía pensar en cuales son las cosas a las que le tenía miedo. Debía ser en parte por falta de tiempo, la excusa que esgrimía aproximadamente el 90% de las veces cuando alguien o el mismo le / se reclamaba que no había hecho algo; debía ser en parte por alguna especie de mecanismo de autoprotección que intentaba evitar que piense en cosas tan preocupantes o al menos poco agradables. Como si no dedicarle tiempo a la interrogación de uno mismo pudiera de alguna forma evitar los miedos, que uno tuviera miedo o pudiera incluso mitigar las causas de dichos miedos / temores.
De alguna manera, los últimos días había logrado encontrar un tiempo para concentrarse en el tema de sus miedos, un beneficio inesperado del insomnio. Pensando, dialogando consigo mismo, mirando el techo en medio de la noche, llego a varias conclusiones interesantes. Se dio cuenta que a diferencia de lo que uno podía esperar, no le tenía miedo a la muerte. Aun el hecho de tener una familia a cargo y algunas responsabilidades, no lograba hacer que le tuviera miedo a la muerte. Esa no-vida que en su caso personal no se correspondía con túneles de luz, vida en el mas allá, cielo con nubes, purgatorio o algún otro tipo de paso a otro plano / realidad / mundo. Se lo imaginaba más bien como quedarse dormido. Oscuridad. Punto. No le preocupaba que su familia fuera a quedarse desvalida, sola, sin el padre de familia a cargo. Sabia, de alguna manera, que ellos se la iban a arreglar para continuar sin el. Incluso su hija chiquita iba a terminar encontrando alguna explicación a la muerte, su muerte, esa partida a un viaje interminable. Su mujer encontraría un compañero, o no. Eso tampoco importaba. El ya no iba a estar allí para verlo.
Lo que si lo atemorizaba era perder la memoria. Alzheimer. Ese tipo de enfermedad que lo pudiera degradar, erosionar, hacerlo dependiente. No recordar quien era, quienes lo rodeaban. El desvarío intermitente. La memoria yendo y viniendo caprichosamente. La conciencia de a ratos de estar hecho mierda, de a ratos no poder recordar / reconocer quien carajo es esa persona que esta a tu lado. 
Se dio cuenta que a veces pensaba, a un nivel casi inconsciente, que el deterioro ya había empezado. No podía recordar, por ejemplo, los nombres de sus compañeros de secundaria. En público explicaba que era porque él vivía lejos y no se habían mantenido en contacto. Cuando su hijo le había mostrado como tocaba en la flauta las canciones que la maestra de música le había enseñado, se dio cuenta que no podía recordar a sus propias maestras de música. En realidad era como que nunca hubiera tenido clases de música. Tomo conciencia que las partituras que su hijo leía con fluidez, para el eran inescrutables. Excepto por la clave de sol, a esa si podía reconocerla.

Y después recordó el día del nacimiento de su hijo. Después de haber acompañado toda la noche a su mujer hasta el momento que dio a luz, había salido de la sala de parto y mientras las enfermeras terminaban de limpiar y vestir por primera vez su hijo, el camino hasta el pasillo de la clínica y se quedo esperando. Concentrándose, enfocándose, pidiéndole desesperadamente a cada una de sus neuronas que por favor, por favor, por favor, grabaran en su memoria la cara de su hijo recién nacido y nunca, nunca, pero nunca, le permitieran olvidar ese momento. Los ojos de su hijo hermoso, ese pequeño duende, mirándolo por primera vez. Esa imagen que no quería olvidar, que quería retener para siempre en su interior, como presagiando, adivinando que un temor que todavía no había aflorado, se iba a presentar más tarde, tomando forma / existencia. La forma de la no memoria, la forma del no ser.