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Sunday, September 17, 2017

El torneo de danza

Domingo por la siesta. Sentado en la penumbra, casi al fondo de un gran salón de conciertos. Torneo de danzas. Esperando junto con otros varios cientos de padres que nuestras hijas / hijos bailen su coreografía. Los ganadores de medallas de oro y plata ganan su pase a las finales nacionales en Rosario, el mes próximo.

Adormecido veo / escucho pasar en automático una coreografía tras otra. Algo de reggaetón, el infaltable Despacito, mucha música Pop para niños / adolescentes y un poquito de música clásica. Nenas vestidas con trajes de lo más diverso intentan seguir el ritmo de la música, desarrollando la coreografía que las profes marcan desde el costado del escenario.

Mi hija pintada, peinada como nunca, está sentada a mi lado, en el regazo de su madre. Mira pasar las coreografías con ojos muy grandes. Ojos atentos a eso que pasa en el escenario. Está a medio vestir, con una malla blanca con dos claves de sol bordadas en lentejuelas en el frente. Todavía falta que se ponga la pollera color violeta. Eso va a pasar después, cuando la profe las llame para terminar de vestirlas, pintarlas y presentarlas de camino al escenario.

A la coreografía de mi hija le toco el numero treinta y ocho. Tenemos por lo menos dos horas más de espera por delante. Por un momento, pierdo la cuenta del tiempo. Todo se parece a todo… como en un ciclo que se repite con pequeñas variantes. Esta música ya la escuché… Esa nena gordita ya bailo antes… Esos disfraces como de hada con telas claritas ya los vi… La voz en off de la locutora entusiasta anunciando las coreografías: “Coreografía número siete. Danza Clásica. Categoría Junior B. Profesora Claudia González.”. Así hasta el infinito…

En un intento por mantener a raya la incipiente acidez que se empieza a anunciar desde el centro de mi estómago, tomo un trago de agua fría de la botella térmica que yo mismo puse en la mochila esta mañana. Lo del agua no va a funcionar, me digo a mi mismo en la penumbra.

Se apagan las luces del escenario. Viene otra coreografía. La locutora menciona un nombre que no alcanzo a comprender. Intento buscar el celular con la mano derecha en el bolsillo de la campera. Empieza a sonar una música conocida. Música de violines y piano. Música de propaganda de medicina pre-paga. La mano que alcanzó a tomar el celular se detiene a mitad de camino. Levanto la mirada. En medio del escenario hay un pequeño cubo blanco a modo de escenografía minimalista. Sobre el cubo blanco está sentada una nena flaquita. Desde donde estoy sentado no puedo darme cuenta de la edad de la nena. Pueden ser diez años, pueden ser doce años. La nena tiene unas hojas de papel en sus manos. Es parte de la coreografía. Levanta las hojas hasta ponerlas delante de su rostro. Se para. Deja las hojas sobre el cubo banco con un gesto como de dolor. Comienza a bailar siguiendo la música que aumenta lentamente su intensidad. Mi mano sigue aferrando el celular dentro del bolsillo de la campera, esperando. Y entonces ocurre…  

La nena empieza a recorrer el escenario. Toma carrera y da un salto. Las piernas extendidas marcando un arco por un instante. Otro salto. Rápidos pasos y otro salto más… la belleza suspendida en el aire me golpea de lleno.

La nena sigue bailando. No solo está siguiendo la música. Interpreta una historia. Nos cuenta una historia. Como una Maddie Ziegler cordobesa. Su concentración no es pareja. Por momentos se deja llevar por los pasos marcados por la coreografía y la magia se disuelve un poco y volvemos al salón oscuro. La técnica seguramente no es perfecta. No puedo apartar la vista del escenario.

La música sigue incrementando su ritmo, alcanzando un clímax casi violento liderado por los violines. La nena sigue bailando, saltando como en una pieza de ballet clásico, arrojándose al piso con dolor... Dejando pedacitos de si misma por el aire de todo el lugar. Tomándose el rostro. Moviendo las manos. Contándonos una historia… Hasta que la música finalmente se va acallando y la nena, ahora lentamente, se dirige al cubo y toma las hojas de papel con sus manos temblorosas y la luz se apaga.


Mi mujer me mira. Tengo los ojos brillantes… Me voy recuperando lentamente… Este domingo de torneo no es igual a los demás… Acaba de pasar algo distinto... Por un momento tuvimos un poquito de magia… y solo nos faltan veinte coreografías más.

Sunday, July 10, 2016

Spanglish VIII


No se vieron esa misma noche. Al final él no la llamó. Pasaron unos días en los que solo mantuvieron contacto esporádico por Whatsapp. El seguía con su rutina, yendo a la facultad y tratando de hacerse a la idea de que ella había vuelto.

Quedaron en verse en el departamento de ella, unos días mas tarde... a la tardecita, como para tomar unos mates.

El llevó unas facturas de la panadería Futura. No le quedaba de paso, pero esas facturas lo volvían loco. Las facturas que tenían una cereza arriba, tenían una cereza en almíbar de en serio y no esas bolitas de gelatina que la mayoría usaba ahora.

Se sentía festivo. Recorrió las últimas cuadras hasta el edificio de ella casi sonriendo, livianito... Llegó a la puerta del edificio. Tocó el portero. Pasaron unos segundos y ella atendió. Empujó la puerta cuando ella le abrió y atravesó el lobby del edificio. El guardia no estaba. Habían cambiado los cuadros de las paredes.

Se paró frente a los ascensores. Presionó el botón de la derecha. Esperó que el ascensor llegara a la planta baja. Cuando la puerta se abrió, entró rápidamente mirándose en el espejo. Estaba barbudo y tenía cara de cansado, pero seguía sonriendo.

Llegó al piso de ella. Al abrirse la puerta del ascensor, caminó hasta la puerta del departamento y tocó el timbre. Ella abrió la puerta.

- Hola. Pasá, pasá... - le dijo ella, mientras agarraba el paquete de las facturas. - Voy a poner esto en una panera.
- ¿Tenés listo el mate? - alcanzó a preguntar, mientras la veía irse hasta la cocina.
- Si, está listo... ahora lo llevo - Contestó ella desde la cocina. Cebaba unos mates riquísimos. Amargos. Con el agua bien caliente.

Ella volvió de la cocina con una bandeja con el mate y una panera de mimbre con las facturas. Apoyó la bandeja en la mesa ratona. Se sentaron en el sillón de cuero gastado. 

Ella preparó el mate en silencio. Cebó un poco de agua en una pequeña tacita, esperando que el agua se enfriara un poco. Ella le había enseñado que el primer mate tenía que cebarse con agua tibia para que la yerba no se lavara tan rápido y el mate durara más.

Se miraron durante unos largos segundos. Y sonrieron. Con los ojos.

- Te extrañé mucho... ¿sabías? - dijo ella sin dejar de mirarlo... cebando el mate con la tacita de agua tibia.
- mmm... no sé... me parece que estuviste muy ocupada viajando y paseando - contestó él.
- Más o menos... no tan ocupada... - dijo ella y tomó el primer mate, tibio.
- Yo también te extrañé - dijo él - es no termino de acostumbrarme a los mensajes, el chat... prefiero charlar, conversar...
- Uh... sonás como mi vieja - dijo ella pasándole un mate con espumita.

El se quedó mirándola mientras tomaba el primer mate. Ella agarró una factura. La forma en que agarró la factura era tan propia de ella, tan característica. Sosteniéndola con la punta de los dedos. La miró masticar. Y después le miró la panza. La panza que empezaba a asomar en medio de la pequeña mujer.

Ella lo miró. Vió la mirada de él clavada en su panza. Esos ojos dulces. La sensación de tranquilidad. Tomó el mate que él había dejado sobre la mesa ratona, distraído. Cebó otro mate. 

- ¿Te gusta mi panza? - preguntó mientras acercaba la bombilla a sus labios.
- Si... me gusta mucho tu panza... es redondita... chiquita... - contestó él mientras se acercaba a ella.
- Sentí...tocala... - dijo ella mientras le tomaba la mano y la apoyaba sobre la panza.
El dejó la mano apoyada sobre la panza chiquita y de a poco fue acercando la cara, como si quisiera conversar con la panza. Apoyó una mejilla. Después el oído, como si la panza le fuera a contar un secreto.

Ella sonrío mientras veía como él tocaba despacito la panza a través de la tela de su remera. El acomodó la cabeza en su regazo y se fue quedando quietito, en silencio, sin dejar de oír lo que la panza tenía para decirle.

Así pasaron varios minutos y de a poco el se fue quedando dormido. Solo fue un ratito. Pero en ese ratito, el soñó que la panza le hablaba. La panza iba a ser una nena. Iba a jugar en una plaza. Iba a tener el pelo lacio como su mamá. Y un día lo iba a encontrar y le iba a tomar la mano, con su mano chiquita, igual que como lo hacía su mamá. Y le iba a contar las historias que su mamá le contó de él. Las historias del profe de la mirada mas dulce del mundo.

Monday, July 4, 2016

Un recuerdo de mi hija desde el futuro


Cuando yo era chica, los fines de semana mi papá solía hacer asado. Le preguntaba a mamá si quería comer asado y después se iba hasta la carnicería Martín en su auto rojo y compraba dos o 3 cortes de carne. Compraba chorizos de cerdo, costillas de vaca que le gustaban a mamá, algún corte de cerdo y a veces alguna achura para mi hermano que se volvía loco por una molleja o un chinchulín. Poquito, igual siempre terminaba sobrando.
Cuando volvía a casa, juntábamos algunas ramitas y palitos y prendíamos el fuego y el se ponía a limpiar el quincho. Barría el deck de madera del quincho con un escobillon y después pasaba un trapo para tratar de limpiar las huellas de los perros, que con las patas llenas de barro iban dejando su marca sobre la madera. Después, limpiaba la mesa del quincho con un trapo, ponía un mantel y colgaba la hamaca paraguaya. Por último, se quedaba parado un ratito al lado del asador, contemplando su obra.

Cuando hacía asado, mi papá escuchaba música. Era el único momento de la semana en que él escuchaba música en casa. Supo tener un equipo de música que se fue rompiendo de a poco, en el cual escuchaba CDs de rock nacional y música brasilera. Cuando el lector de CDs dejo de funcionar, se puso a pasar toda la música que le gustaba a MP3 para poder escucharla en la compu o en algún celular. Al final, terminó usando solo el celular con Spotify, aunque renegaba porque a veces no encontraba la música que tenía ganas de escuchar. Y es que papá escuchaba música que nosotros no conocíamos. No eran temas que uno fuera a escuchar en la radio ni encontrar en las sugerencias de Youtube... Con el tiempo fuí aprendiendo los nombres... Allman Brothers, Alabama Shakes, el Siempreterno, Chet Baker... algunos más conocidos... los Rolling Stones, Eruca Sativa, Gustavo Ceratti, Nina Simone... Nina Simone le gustaba mucho. Yo no entendía lo que decían las canciones, pero me daba cuenta que Nina estaba triste... Un día, papa me mostró unas fotos de Nina Simone y la mujer triste resultó ser una mujer negra con un nombre italiano que vivía en los Estados Unidos.

Papá se recostaba en la hamaca paraguaya y escuchaba Nina Simone y miraba el patio en silencio. De vez en cuando, se acercaba al asador y agregaba un poco de carbón o daba vuelta la carne. Y después volvía a la hamaca... a ese lugar adonde Nina se lo llevaba con su voz.

Sunday, August 9, 2015

Spanglish VII

Entró a la facultad en piloto automático. Su mujer lo había dejado a la vuelta como siempre y él recorrió los 150 metros que lo separaban del ingreso caminando como un robot, con la mente absorta tratando de recordar lo último que había soñado esa mañana.

Recorrió el hall de ingreso. Saludó con un gesto a uno de sus alumnos. Empezó a tomar conciencia de lo que pasaba a su alrededor, despertando, empezando a interactuar con el mundo. Caminó por el pasillo buscando su “oficina”, un escritorio al fondo de la habitación que la cátedra tenía asignada al fondo de la planta baja.

Al llegar al final del pasillo, antes de doblar a la derecha, se detuvo delante del transparente de la cátedra, buscando la fotocopia con las fechas de los próximos exámenes. Mientras repasaba mecánicamente el anuncio de una charla con invitados ilustres que había pasado hace como un mes, la vió. La vió con el rabillo del ojo. Parada a su derecha. Giró lentamente la cabeza. Ella lo miraba.

Todo el tiempo que había pasado, todo el olvido que gradualmente se había ido amontonando sobre los dos, se desvanecía, se disolvía…

Ella sonrió. Se acercó. Le dió un beso en la mejilla. El sintió sus labios tibios por un instante. Ella dijo: Hola… despacito, mientras le tomaba la mano.

Él la miró parada a su lado. El pelo largo, recogido a medias. Cara lavada, brillante. Vió / sintió como su mano se extendía para acariciarla, tocar su mejilla. En ese momento se dio cuenta. Recordó a un tío que decía que las mujeres eran más hermosas cuando estaban embarazadas. 
-¿De cuánto estas? – preguntó él con una voz que apenas reconoció como suya.
- De 4 meses… contestó ella, con una sonrisa en la cara, en los ojos.
- Estás… muy linda… - dijo él, mientras veía como su mano derecha abandonaba la mejilla y se apoyaba en el hombro de la pequeña / hermosa mujer.
- Ya sé… que estoy muy linda… - contestó ella sonriendo, brillando - ¿Vos como estas? ¿Me extrañaste?
- Claro… si… te extrañé – contestó él, dándose cuenta que una vez más estaba volviendo a la adolescencia… perdiendo todo rastro de autocontrol. 
- Yo también te extrañé… - dijo ella mirándolo a los ojos, buscando esa mirada que tanta falta le había hecho, que tanto necesitaba - Tenía ganas de verte… de hablar con vos… - continuó ella.
- ¿Cuándo volviste? – preguntó él.
- ¿A qué hora salís? – preguntó ella.
- Termino a las 4 – contestó él mientras finalmente lograba retirar su mano… interrumpiendo el contacto.
- ¿Querés venir a casa? – dijo ella.
- Bueno… - contestó él. Recobró por un instante el control y alcanzó a balbucear - te llamo cuando me desocupe.
- Dale – dijo ella mientras empezaba a alejarse por el pasillo sin dejar de mirarlo, sonriendo.


Y ahí, en ese pasillo de la facultad, él se dio cuenta que también estaba sonriendo.

Saturday, May 2, 2015

Spanglish VI

La vibración del celular sobre la mesa de luz lo terminó de despertar. De alguna manera, el celular se había configurado en un modo en el cual por las noches no sonaba al recibir llamados o mensajes, solo vibraba. De día volvía a la normalidad. Probablemente había sido su hijo el que estuvo jugando con el teléfono y le cambió la configuración. Le gustaba que el celular lo dejara dormir.

Manoteó el celular en la oscuridad, tratando de no tirarlo al piso. Desbloqueó la pantalla. 2 SMS, 2 mensajes de WhatsApp, de 2 conversaciones. Abrió WhatsApp. 1 mensaje del grupo de la Catedra. El otro era de ella: - Hola

Habían pasado varios meses desde la última vez que se vieron. Él se había empezado a dejar llevar por la inercia, la rutina que lo mantenía ocupado, distraído, aplicando gradualmente capas de olvido… Sabía que ella se había ido de viaje. Él no había hecho mucho esfuerzo por mantenerse en contacto. Ella tampoco.

No es que se hubieran dejado. No se había roto nada. Era solo como que esa dinámica de entrar y salir sin aviso de la vida del otro, se hubiera relajado un poco más y de a poco los días sin contacto, sin noticias, se habían ido volviendo semanas… después meses.
Recordó su cara. Su pelo. Se quedó quieto en la oscuridad, tratando de recordar su sonrisa. Las imágenes de los sueños se mezclaban con las visiones de su cuerpo desnudo en la penumbra.

- Hola – respondió por fin en Whatsapp. Ella no estaba en línea.
- Como estás? – continuó, sabiendo que ella no estaba leyendo.
- Por dónde andas? – última pregunta, pensó para sus adentros. Me estoy poniendo “denso”, así hubiera dicho ella.

Dejó el celular sobre la mesa de luz y se dio vuelta. Se volvió a dormir pensando que iba soñar con ella.
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Esa mañana se levantó, se bañó y desayunó con los chicos antes que se fueran al colegio. Su mujer le quemó las tostadas, pero se las comió sin decir nada. Fue a la facultad. Estuvo en reuniones toda la mañana. A eso de las 12 volvió a mirar el celular. La luz parpadeante en el frente le indicaba que tenía mensajes sin leer: 2 mensajes de WhatsApp.

- Hola
- De viaje
- Tengo wifi ratito en el hostel a la mañana. – Nada más. Otra vez estaba off-line.

Se empezó a poner ansioso. Antes que pudiera controlarse ya estaba contestando:

- Estamos desencontrados. -  tipeó con un solo dedo. El corrector ortográfico le quiso corregir el “desencontrados”.
- A la hora que vos lees mis mensajes y me contestas yo estoy desconectado. – completó.

Reconocía esa sensación que comenzaba a darle vueltas adentro, bien adentro. Con un solo mensajito ella había activado un mecanismo de relojería, una invisible máquina de Goldberg que terminaba haciendo que él ya no pudiera dejar de pensar en ella.

- Esto es como en los viejos tiempos que nos escribíamos cartas – Escribió finalmente, sabiendo que ella no iba a contestar hasta el otro día.

Sunday, November 2, 2014

Spanglish V

Sigamos con la historia de estos dos...


Ella abrió los ojos lentamente. La luz del velador se derramaba por la pared iluminando suavemente la pieza. Lo vió sentado al otro lado de la habitación. Sentado en la silla con rueditas del escritorio. La miraba concentrado. Inclinado hacia adelante en una posición que le pareció bastante incomoda. Los codos apoyados en las rodillas y las manos hacia arriba, soportando el mentón con las palmas y envolviendo los costados de la cara con los dedos. Parpadeó varias veces y se frotó los ojos que le ardían un poco, como si los hubiera abierto antes de tiempo.

- ¿Que estás haciendo ahí? - preguntó finalmente. Las palabras brotaron apenas de la garganta que empezaba a picarle un poco.
- Te miro... - contestó él, sin cambiar de posición ni dejar de mirarla.
- ¿Que me mirás? - preguntó ella.
- Te miro todo - dijo el esbozando una sonrisa.
- Te miraba mientras dormías... Cómo tu pecho subía y bajaba despacio, siguiendo el ritmo de tu respiración... - continuó él
- Cómo acomodabas las manos debajo de la almohada... Cómo las sabanas dibujan las curvas de tus caderas - esta última frase quedó flotando en el aire, mientras ella se empezaba a reir...
- Mentira... versero... ¡me estabas mirando las tetas! - dijó ella, riéndose al mismo tiempo que se terminaba de despabilar y se sentaba desnuda en medio de la cama.
- Si, eso también - dijo él mientras se levantaba de la silla y se acercaba a la cama.

El se subió a la cama, le apartó el pelo de la cara y le dió un beso. La volvió a mirar, esta vez directamente a los ojos. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, tranquilo, muy tranquilo.

Se quedaron sentados en silencio. La noche seguía fluyendo fuera de la habitación. Ruido de autos circulando a lo lejos.

- ¿Pórque me seguís dando pelota? - preguntó él, alejándose un poco de ella.
- ¿Cómo que pórque te sigo dando pelota? - contestó ella, parándose rápido a medio camino entre el enojo y la perplejidad.
Se hizo un breve silencio mientras ambos pensaban una respuesta...
- Vos decís... ¿Pórque estoy con un pelotudo como vos? - respondió ella primero - Pensé que eso lo habíamos dejado claro la primera vez que estuvimos juntos.
- Si, algo así... también me dijiste que te gusta meterte en quilombos - dijo él despacito, como tanteando el terreno.
- mmm... - ella se empezó a dar cuenta por donde venía la mano.
- O sea... lo que quiero saber es si realmente hay algo de mí que te gusta, que de alguna manera te atrae... o... - dijo él, tomando envión para la última oración. 
- ¿O qué, pelotudo? - lo interrumpió ella, apurándolo.
El tomó aire y trató de completar la pregunta: ... o solo estás canalizando tus ganas de hacer quilombo, de llamar la atención... saliendo con un profesor - completó él, atragantándose con las últimas 2 palabras.
No pudo evitar mirarla a los ojos. Los ojos estallaron en llamas. Así durante un instante que a él le parecieron años. Y de pronto, sorprendentemente, en vez de dar paso a una puteada de aquellas, las llamas empezaron a apagarse, dando lugar a una mirada dulce, la más dulce que él le hubiera visto nunca.

- No estoy canalizando nada... hablás como un psicologo - dijo ella mientras estiraba su mano para tomar la mano de él.
- Es solo que me gusta estar con vos - siguió ella lentamente, como buscando las palabras que le hacían falta - Cuando te miro...
- Cuando vos me miras... En tu mirada hay algo que me hace sentir segura... - las palabras seguían brotando despacito.
- Y hace mucho que no me sentía así... así, segura... - siguió ella, completando la frase. 

Hizo una pausa, respiró 2 o 3 veces. Lo volvió a mirar a los ojos. Y después continuó, tranquila...
- Hace mucho que no me sentía así... Siempre estoy como insegura, como con miedo... desde que era chica... - volvió a hacer una pausa.
- ¿De que tenés miedo? - preguntó él, intuyendo la respuesta.
- No sé exactamente... a estar sola... a que me dejen... que me dejen sola - contestó ella despacio, cómo tratando de poner en palabras esa sensación que siempre la acompañaba.

El la abrazó. Ella apoyó la cabeza en el pecho de él.

- Es que... cuando era chica hubo una época que mi viejo nos dejó... a mamá y a mi... - dijo ella, como tratando de explicarse de donde venía el miedo.
- O sea, no es que mi viejo se fué con otra mina... o que no nos quisiera... es solo que... como que necesitó tomarse un tiempo solo... una especie de año sabático... - se dió cuenta que estaba repitiendo palabras de su madre.
- y aunque después volvió con nosotras... a mi como que siempre me quedó la sensación... el miedo... - siguió diciendo ella.
- De que él se volviera a ir... - completó él para sus adentros.

Se quedaron callados. Se abrazaron despacito. Se recostaron y se fueron quedando dormidos, mientras la noche imparable seguía buscando la mañana.

Saturday, October 11, 2014

Spanglish IV

A ver como siguen la alumna y el profe...



Habían quedado en verse esa noche en el departamento de ella. A eso de las diez de la noche,  después de la facultad. El llegó cinco minutos tarde y tocó el portero nervioso, mirando a su alrededor. No sabía si los nervios eran por miedo a que algún conocido lo viera entrando al edificio de ella o por el hecho de volver a verla.

Ella atendió el portero. Su voz sonaba extraña en el pequeño parlante.

El entró atravesando el lobby del edificio, saludando al guardia que apenas hizo un gesto con la cabeza desde atrás de una especie de pequeño mostrador.

Se paró frente a los ascensores. La superficie metálica del panel con los botones le devolvió un reflejo distorsionado. Presionó el  botón de la derecha. Esperó unos treinta segundos hasta que la puerta se abrió y entonces entró al ascensor. Presionó el botón del piso de ella, mientras recordaba la última vez que había estado en ese ascensor.

Llegó al piso. La puerta se abrió. Caminó con pasos rápidos hasta la puerta del departamento. Tocó el timbre. Ella abrió la puerta, sonriendo.
- Hola. Pasá. Ponete cómodo…  – le dijo, mientras le daba un beso en la mejilla, sin dejar de sonreír. Cierta distancia. Cero hostilidad.
- Hola ¿Cómo estás? –contestó él mientras pasaba al pequeño living y veía como ella se iba corriendo descalza para la cocina.
- Bien… ¿Comiste algo? Estoy por descongelar unas milanesas ¿querés? – dijo ella, gritando la última pregunta desde la diminuta cocina.
- Dale. Milanesas está bien ¿Hace falta que baje a comprar algo?- preguntó el casi por Costumbre.
- Mmmm… No… creo que tengo todo. – dijo ella entrando al living.

Estaba muy linda. El pelo todavía húmedo después de la ducha. Una remera gris y jeans gastados. Descalza. Cruzó las piernas breves mientras se sentaba en el otro sillón.

- ¿Cómo estás? – preguntó ella, mirándolo a los ojos.
- Bien… ocupado con los exámenes… estos últimos días estuvimos revisando los planes de la cátedra… - se dio cuenta que estaba respondiendo pelotudeces cuando vió la sonrisa picara de ella.
- ¿Y vos? ¿Cómo estás? – preguntó él, bajando la mirada hacia la mesa ratona y la pila de revistas que había arriba. Desde la tapa de una Rolling Stone, una foto póstuma de Gustavo Cerati lo miraba tranquilo.
- Bien… estuve rindiendo… - hizo una breve pausa - ¿Te acordás que te hablé de un pibe Gustavo?
- Mmmm… más o menos… - claro que se acordaba de Gustavo – Ese pibe que saliste unas veces… pero que tenía novia.
- Ese… ese Gustavo… el que tenía novia – contestó ella y se levantó de un salto.
- Voy a ver las milanesas – dijo ella, mientras corría hacia la cocina.

El volvió a buscar la mirada de Cerati. Manoteó la revista y la empezó a hojear.
-  ¡Van a estar en cinco minutos! – gritó ella desde la cocina – Ayudame a poner la mesa.
-  Dale. Ahí voy – contestó él mientras dejaba de vuelta la revista sobre la mesa ratona y se levantaba del sillón.

Para cuando terminó de poner los cubiertos y los platos las milanesas ya estaban listas. Ella preparó una ensalada con unos tomates y se sentaron a la mesa.

Comieron casi en silencio. Masticaban y se hablaban solo para pasarse la sal o una servilleta. En un momento ella hizo un chiste y él se empezó a reír. Después él hizo un chiste y se rieron los dos. Y empezaron a hablar de viajes y ella le contó que pensaba hacer un viaje sola, por Europa. Y él le preguntó qué países quería conocer y le terminó contando detalles de su viaje a París.

Cuando terminaron de comer, levantaron la mesa. Amontonaron los platos en la pileta de la cocina y volvieron a sentarse en los sillones. Tranquilos.

- Viste que te comenté de Gustavo… - dijo ella mientras se acomodaba en el sillón - Estamos saliendo. Se dejaron con la novia – continuó ella, mirándolo. Tratando de medir la reacción en la cara inexpresiva de él.
-  ¿y vos cómo estás? ¿Estás bien?... digo, con él… estás bien, ahora con él – preguntó él levantando la mirada.
- Si, estoy bien… no tengo claro que va a pasar con nosotros, pero por ahora estamos bien… saliendo nomás y viendo que onda… - contestó ella.
- Bueno, eso es lo más importante… digo, que vos estés bien – dijo él y después se quedó callado, mientras sentía como una sensación de ahogo le empezaba a subir desde el pecho.
Ella también se quedó callada. Silencio. Sensación de incomodidad creciente. Despacito, lentamente, se fueron buscando con la mirada. Hasta que se encontraron. Y ella pudo ver, a través de la mirada de él, por un instante, como un destello, un pequeño derrumbe.
Fue solo un instante. Hasta que él pudo retomar el control. Sintió, recordó algo que le había querido decir varias veces, algo que había entendido después de mucho tiempo. La madurez no significa que crecemos y las cosas ya no nos duelen como cuando somos chicos. Significa que aprendemos a disimular mejor. Solo eso.

Ella se levantó y se fue a sentar al lado de él. Le tomó la mano
- ¿Te molesta? Digo, lo de Gustavo – preguntó ella.
- Está bien… no hay problema… - contestó el – es solo que… yo pensé que… no importa – y se volvió a quedar callado.

Decidió que ya era hora de irse. Sin decir nada se levantó y encaró para la puerta. Al llegar a la puerta, se dió vuelta para despedirse y entonces la vió, parada detrás de él. Encontró su mirada. Por un instante todo volvió a ser como la primera vez.

- Me tengo que ir – dijo mientras se acercaba para darle un beso.

- ¿y si te quedas un rato más? – dijo ella, mientras le tomaba la mano y el universo se empezaba a ir al carajo una vez mas.

Sunday, August 24, 2014

24 horas

En 24 horas uno puede...
1) leer varios capítulos de la biografía de Steve Jobs, viendo la famosa foto del muchacho en cuestión, tocándose la barbilla y mirándote a la cara cada vez que depositas el libro sobre la mesa de luz... el hippie hiper-millonario... me da gracia el uso que hace el biografo de la palabra "contracultura"
2) hacer un asado con restos de carnes diversas sacados del freezer... como la Era del Hielo, pero no tan gracioso
3) hablar por teléfono con mi madre... tratando de recordar su cara, mientras su voz en el teléfono me dice que nos quiere y que el fin de semana que viene va a viajar a visitar a mi hermano que cumple años en estos días
4) dormir la siesta... soñar que estoy viajando por Estados Unidos... otra vez... una sucesión de aeropuertos, todos parecidos... oficiales de migraciones haciendo 3 preguntas una y otra vez: ¿Cuál es el motivo de su viaje? ¿Cuanto tiempo piensa quedarse en nuestro país? ¿viaja con alguien más?
5) tomar mate... mate amargo cebado en un mate de caldén que me mira extrañado... hace cuanto tiempo que no me llenan con yerba y agua caliente 
6) mirar el comienzo del programa de Jorge Lanata... la historia de los chicos Mbya de Misiones que ganaron una medalla de oro por un trabajo sobre plantas medicinales y a veces no pueden ir al colegio porque se les rompe la única zapatilla que comparten entre 2 hermanos... lo veo en la tele, es como un documental que pasa lejos, pero de alguna manera algo adentro mío se rompe... como ruido de vidrios a lo lejos...
7) escuchar las últimas canciones de Miguel Mateos que suenan en la tele... un guerrero de la música que nos acompaña desde la adolescencia... esta viejo Miguel... nosotros también

Sunday, May 4, 2014

Incapacidades...

El otro día leí un texto de Juan Villoro, en el cual el escritor mexicano relataba / relacionaba dos hechos de su infancia: la llegada del hombre a la luna y su incapacidad para silbar fuerte. Aparentemente, el niño Villoro no era capaz de silbar lo suficientemente fuerte como para poder llamar desde la calle a una chica, que vivía en un cuarto piso, de la cual estaba enamorado.

Yo tampoco podía silbar fuerte cuando era chico. Podía silbar suavecito acompañando una canción, pero no podía lograr un silbido que fuera lo suficientemente fuerte como para llamar la atención de alguien en la calle, o para usarlo en la cancha, chiflando al referí. Al día de hoy, sigo sin poder silbar fuerte.

Hay otras debilidades / incapacidades que me acompañan desde chico. Por ejemplo, nunca aprendí a atarme correctamente los cordones de los zapatos. Recuerdo de chico estar sentado en el piso, en una colonia de vacaciones, los demás nenes formándose en filas. Yo estoy llorando. No puedo atar los cordones de mis zapatillas Flecha. Mi hermana se acerca y me rescata, atándome los cordones. 

Mi mujer, bastante diplomática, dice que me ato los cordones de una manera extraña. Miro los canales de programas infantiles y cuando aparece algún programa educativo donde enseñan a los niños a atarse los cordones haciendo dos orejitas me pongo a practicar junto con mi hija de tres años. Lo de las dos orejitas me funciona mas o menos. Generalmente una de las orejitas se me desarma a mitad del proceso y termino estirando uno de los cordones, pellizcándolo a través del lazo que alcancé a formar con la otra orejita. Mi hija me mira, me muestra sus propios cordones y me pregunta: ¿Papi, están bien mis cordones?. Afortunadamente, aún no se da cuenta que su padre no tiene la autoridad moral para juzgar la terminación de sus nudos.

Monday, March 3, 2014

El vaso del Picante

Ayer me desperté a eso de las 9:30hs. Llovía. Hacía varios días que llovía sin parar. Me levante tratando de no hacer ruido para que no se despierte mi hija. Una mancha de humedad en el techo del baño me mostraba cómo la lluvia había ido penetrando lentamente las distintas capas de nuestro techo.

Fui a la cocina para prepararme el desayuno. Miré el patio mojado por la lluvia por el ventanal de la cocina. Los jazmines amarillos al fondo del terreno formaban una cascada de verdes hojas y gotas cayendo hasta el césped. El cielo gris recortado por la copa de los arboles.
Prendí una hornalla y puse la plancha para hacer tostadas. Mire hacia la cafetera sin demasiadas esperanzas. Obviamente no había café hecho. Puse una servilleta de papel a modo de filtro. Busqué el frasco de café y cargué a ojo el equivalente a 3 o 4 pocillos. Busqué algún recipiente para cargar el agua y al mirar hacia mi izquierda vi el vaso de plástico celeste. Llené el vaso con agua de la canilla y cargué la cafetera. La encendí. En ese momento, todavía medio dormido, me di cuenta que no podía reconocer el vaso de plástico que sostenía en mi mano izquierda. Es decir, el vaso en cuestión, no era parte reconocible de la amorfa y diversa colección de vasos de plástico que mis hijos colectan y tunean con calcomanías sacadas de envases de yogur. Vasos de princesa. Vasos de Halloween. Vasos de la muñeca descerebrada de piernas largas y cintura diminuta. Vasos de algún superhéroe o personaje de dibujos animados.

Acerqué el vaso, mecánicamente. Lo puse frente a mí.  Era grande, alto. El típico vaso de cadena de cines, que permite a un niño servirse casi medio litro de gaseosa de una sola vez. Me llamó la atención el color celeste del plástico.  El lado que tenía hacia mí era liso, no tenía dibujos o inscripciones. Lo di vuelta lentamente y entonces lo vi, mirándome. El Picante Pereyra. El Picante repetido en fotos blanco y negro. El Picante saludando con el brazo derecho en alto. El Picante festejando un gol. El Picante tirando una chilena como solo él puede hacerlo. Debajo dos inscripciones: “Picante” y más abajo “por la camiseta”, “por el carnaval”.

¡Un vaso Pirata! ¡Un vaso de Belgrano de Córdoba! Como si dos neuronas hubieran hecho contacto de pronto en medio de mi cabeza, recordé que mi suegra había comentado durante la semana que el diario traía de regalo cada domingo un vaso dedicado a cada uno de los cuatro clubes de futbol de Córdoba. El vaso en cuestión debía ser uno de los vasos futbolísticos del diario. Siendo el único hincha de Belgrano de la familia, era lógico que el vaso terminara en casa.

Volví a mirar el vaso, con orgullo. Si me pudiera ver el Pelado, pensé. Le daría envidia. Se lo podría regalar. Después de todo él es el responsable, el culpable mejor dicho, que yo sea hincha de Belgrano. No de Talleres. No de Instituto. No de Racing de Nueva Italia. Hincha del Club Atlético Belgrano de Córdoba. El pirata cordobés. El celeste de Alberdi.

Originalmente, antes de venir a estudiar a Córdoba, yo había sabido ser, por mandato familiar, por herencia de mi abuela materna y mi tía, un hincha de Boca más. Era natural que viviendo en una provincia donde los clubes locales apenas podían aspirar a participar de algún campeonato regional o a lo sumo el Nacional B, uno se terminara haciendo hincha de alguno de los clubes grandes porteños. En este país claramente unitario en lo que a pasiones futbolísticas se refiere, uno terminaba encontrando hinchas de Boca, River o San Lorenzo en lugares alejados de la Capital, dispersos en la geografía nacional. Así podían encontrarse hinchas de River en la lejanía de La Quiaca, hinchas de Boca en lo profundo de La Pampa o hinchas de San Lorenzo o Independiente en la húmeda provincia de Misiones. En la mayoría de los casos, extrañamente, estos hinchas remotos, nunca habían pisado la cancha del club de sus amores. Era algo así como ser hincha a la distancia del Barcelona, el Real Madrid o la Juventus. Había casos extraños, merecedores de algún estudio sociológico, como el de mi propio padre o el padre del Pelado, quienes viviendo en Misiones y desafiando las generales de la ley, eran hinchas confesos de Estudiantes de La Plata. Previsiblemente, con el tiempo, el Pelado mismo resulto ser a su vez hincha de Estudiantes.

Cuando nos vinimos a estudiar a Córdoba, el Pelado, que de fútbol siempre entendió mucho más que yo, se hizo hincha de Belgrano. O sea, no es que dejo de ser hincha de Estudiantes, pero se las arreglo para hacerle lugar a la pasión por el pirata cordobés. De a poco, como por imitación, yo que no era un hincha muy fanático de Boca, me fui haciendo también hincha de Belgrano. Y mientras empezábamos nuestras carreras universitarias y aprendíamos a vivir solos en una ciudad nueva, íbamos aprendiendo también quien había sido la Chacha Villagra, donde quedaba el Gigante de Alberdi y cuantos clásicos con Talleres había ganado el celeste. 

Pasaron unos pocos años. De alguna forma avanzábamos en nuestras carreras universitarias. Nos habíamos acostumbrado a estar lejos de casa. Nos íbamos volviendo cordobeses. Tan cordobeses como un misionero pudiera ser. Los fines de semana jugábamos al fútbol. Los fines de semana escuchábamos fútbol en la radio. Y así pasábamos la vida. Hasta que un día, un puto día triste, el Pelado tuvo que volverse a Misiones. Y yo me quedé.

Pasaron varios años mas. Con el tiempo, empecé a ir de vez en cuando a la cancha. Vi al pirata jugar en Alberdi. Lo pude escupir a Graciani jugando para Argentino Juniors a través del alambrado de la popular. Estuve en el Chateau, en medio de los papelitos, el día que ascendimos contra Aldosivi. Vi jugar a Belgrano por la tele quinientas veces, renegando, puteando. Descendimos. Ascendimos.¡Vi a Belgrano descender a River en el Monumental! Y siempre, todo ese tiempo, cada vez que lo veía jugar al celeste, en algún lugar adentro mío, me acordaba del Pelado, mi amigo que me hizo ser hincha pirata y me lo dejo de regalo, naturalmente, como si hubiera nacido en Alberdi, cerca de la cancha...


El gorgoteo de la cafetera terminando de preparar el café me trae de vuelta. El Picante me sigue mirando con el brazo en alto. Definitivamente, cuando lo vuelva a ver al Pelado tengo que regalarle este vaso.

Thursday, February 27, 2014

Spanglish III

A ver... sigamos con la historia del profe y la alumna... unos días despues


Estaba leyendo el diario por Internet cuando vio la noticia: “Whatsapp fue comprado por Facebook”. Automáticamente se acordó de ella. Había demorado todo lo posible el reencuentro, el siguiente contacto. La época de exámenes había ayudado un poco. Hubiera sido bastante incomodo, al menos para él, encontrarla de nuevo en la facultad, después de aquella noche. Además, sabía que ella lo iba a fulminar con la mirada en cuanto lo viera. La conocía lo suficiente como para saber que no le había hecho gracia su huida furtiva en la madrugada. No es que fuera una mina romántica que esperaba que la despertaran llevándole el desayuno a la cama. Aunque sea podría haberse despedido.

Decidió llamarla. De todas formas tenían que volver a verse. Quería volver a verla. Una parte de él había pasado los últimos días pensando en ella. Su imagen estaba ahí, flotando todo el tiempo en su mirada, como interfiriendo en su visión del mundo. Busco el celular en el bolsillo del saco. Lo tomo con la mano derecha y dibujo el patrón de desbloqueo. Abrió la lista de contactos y busco su nombre. Su contacto solo tenía cargado el teléfono, sin foto ni mail. Presiono el botón verde de llamar mientras se llevaba el teléfono al oído. Después de unos segundos escucho el tono de llamado. Uno, dos, tres, cuatro tonos y después el mensaje impersonal del contestador: “tres, cinco, uno, dos…”. Corto antes de llegar al “…no está disponible…”.

Estaba seguro que ella no lo iba a llamar. Y él tenía ganas de volver a llamarla. Una y otra vez. Hasta que pudiera volver a escuchar su voz del otro lado de la línea. Y quería volver a verla. Y mirar sus ojos y sus piernas delgadas. Y sus manos con esos anillos que a él le gustaban tanto.

Sabía que ponerse cargoso, después de varios días de no verla, de esquivarla, no era la mejor idea. Se sentía un adolescente pelotudo corriendo detrás de la minita que le gusta. Corrección, se sentía como era él cuando adolescente y una minita le gustaba. Los adolescentes de ahora ya no hacían esas cosas. El interés en una persona, una relación, es de pronto efímero, volátil. Como si no pudieran mantener la atención en algo que no fuera un teléfono celular por más de 5 minutos. El los veía llegar en los primeros años de la facultad, prendidos a sus móviles, chateando sin levantar la cabeza, conectados entre sí en alguna de las redes sociales de turno. Y trataba de acercarse a ellos. Remover barreras. Establecer contacto. Entender ese mundo de ansiedad permanente. Solo hoy. Todo ya. Hay que viajar ya. Conocer gente ya. Encontrar alguien que te gusta ya.

Y un día llego ella. Él la vio y lo primero que pensó fue que era la típica nena de papa. Malcriada. Intuyó que ella iba a buscar siempre y a cualquier precio ser el centro de atención. Podía recordar su pelo largo suelto. Su suéter azul casi eléctrico. Jeans gastados. Botas marrones. Flaca. La vio caminando rápido por un pasillo, viniendo hacia él y en ese momento alguien, otro de sus alumnos, la llamo y se acerco para presentarlos.

Después empezaron a verse en clase y resulto que ella no solo era linda, con esa lindura imperfecta tan propia de ella, sino que además era muy inteligente. Y tenía un sentido del humor bastante ácido. Y de a poco el se fue encariñando con ella. Y paso a ser su favorita en la clase. Y afuera de la clase. Y cuando se cruzaban en un pasillo  de la facultad, el se detenía y se quedaban charlando, de cualquier cosa. Y si él pasaba por la puerta del bar de la esquina de la facultad y la veía sentada adentro, automáticamente entraba, pedía un café y se sentaba a mirarla.

De alguna manera, ella se dio cuenta. En algún momento sus miradas se cruzaron y ella se dio cuenta. Y contra todo pronóstico, en vez de rechazarlo, de a poquito le empezó a dar señales, tibias, vagas. Y él la siguió mirando, buscando. Y se empezaron a encontrar fuera de la facultad. Una vez. Varias veces. Y él le hablaba de cine y de libros. Y ella le hablaba de los viajes que había hecho y los que quería hacer. Y aunque casi no tenían nada en común, podían pasar horas hablando, simplemente mirándose.

En algún momento a él se le había disparado una alarma interior que le decía que eso que estaba empezando a pasar cuando estaba con ella, cuando la miraba, estaba mal. El ya conocía esa alarma. No era la primera vez que le pasaba. Podía recordar otras alumnas que habían causado cuadros similares en el pasado. Una parte de él decidió ignorar la alarma. Otra parte empezó a sentir culpa. Y para esa época fue que empezó a soñar con ella.

La vibración del teléfono en el bolsillo lo trajo de vuelta. Era ella, devolviéndole la llamada.

Friday, February 14, 2014

Día de San Valentín

14 de Febrero. Día de San Valentín. Día de los enamorados. Para muchos una fecha más en el calendario de días festivos creados / publicitados / masificados a instancias de diversas ramas del comercio que ven en este festejo una oportunidad más de vender chocolates, flores, tarjetas y cualquier otra mercadería que se les ocurra que puede representar el amor que una persona siente por otra.

En mi caso particular, el día de San Valentín tiene una connotación bastante especial. Para nosotros, el 14 de Febrero no es solo el día de los enamorados. Para nosotros, también es el día en  que nació nuestra perra Valentina, hace varios años; como un pequeño milagro, saliendo de la panza de su mama un día más tarde que el resto de sus hermanos cachorros. Y también es el día en que me di cuenta, también varios años atrás, que estaba enamorado.

No sucedió en un boliche, mientras descubría el tatuaje en su hombro o sus largas piernas bajo la minifalda. No fue en una playa paradisíaca caminando bajo el sol agarrados de la mano. No tuve una revelación al despertar, después de pasar la noche juntos.

Lo mío ocurrió en un sanatorio. Específicamente en el pasillo de un sanatorio. Un lugar de mierda para pasar el día de San Valentín, o cualquier otro día. Mientras la despedía soltándole la mano para que la camilla se la llevara al quirófano, me di cuenta ahí, de golpe, que me estaba quedando solo. Solo en ese pasillo. Solo en el mundo.

Habíamos pasado la noche anterior dando vueltas entre la guardia del sanatorio y una habitación donde la internaron, preparándola para una eventual operación de urgencia. Los médicos de la guardia con cara de cagazo nos mandaban a hacer un estudio atrás de otro, ecografías, análisis; tratando de acertar un diagnostico que explicara que hacíamos ahí, en la guardia de un sanatorio, rodeados por accidentados y gente descompuesta, mientras el resto del mundo festejaba su amor. Y el diagnostico de los médicos iba cambiando, variando, mutando, hasta que se fue definiendo en una frase que incluía palabras como “ectópico” y “hemorragia”.

Y todo el tiempo yo la acompañaba. La acompañé. Tomándole la mano. Tratando de mantener la calma. Tratando  de mostrarme calmo. Perdiendo la noción del tiempo a lo largo de esa noche larga. Aferrándome a su mano, como si al soltarla el que pudiera perderse fuera yo. Yendo y viniendo por los pisos y pasillos del sanatorio.

Y terminamos en la habitación. Y llegó la mañana. Y la luz. Y vino un médico que se presento como el médico que la iba a operar. Y yo lo saludé y escuché como un autómata lo que nos explicaba. Y era como que estaba muy lejos, como si estuviera viendo / escuchando al médico a miles de kilómetros, a través de una transmisión vía satélite.

Y después vino una enfermera y me pidió que saliera de la habitación para que pudiera preparar a mi mujer para la operación. Y yo salí de la habitación. Y me encontré con mi suegro. Y mi suegro tenía una cara de calma / cagazo igual a la mía. Y los dos nos quedamos quietos, callados, mirando el piso del pasillo. Y después vino la camilla. Y se la empezó a llevar para el quirófano. Y la acompañamos. La acompañé hasta una puerta donde me dejaron despedirme. Y ahí le dí un beso y la miré, la carita bajo la cofia blanca que le habían puesto y le solté la mano, despidiéndome. Y ahí, en ese momento, como recordando de golpe algo que siempre había sabido, me di cuenta que estaba enamorado de esa mujer que hacia años tenía a mi lado.



Hoy es 14 de Febrero otra vez y este texto es mi regalo para ella. Sé que en algún momento lo va a leer y no me va a decir nada. Al menos no inmediatamente. Quizás más adelante. En algún momento vamos a hablar como al pasar de las cosas que escribo y ahí tal vez si se anime a decirme si le gustó.

Monday, January 20, 2014

Los ojos de mi viejo

El 15 de Mayo de 2010, Gustavo Cerati, quien se encontraba en Venezuela presentando su álbum Fuerza Natural, era internado por una descompensación. Tres días más tarde, confirmando los trascendidos que hablaban de un ACV, el parte médico oficial mencionaba “un evento vascular isquémico con afasia de expresión”. Gradualmente, con el paso de los días, y luego de su traslado a la Argentina, todos fuimos aceptando no solo que Cerati no volvería a ser el mismo, sino que probablemente no volvería a despertar del coma en que el ataque lo había sumido.

En algún momento de ese mismo año, creo que durante el mes de Febrero, mi padre había sufrido un ACV isquémico que le terminaría afectando principalmente las funciones de procesamiento visual del cerebro. Calculo que alguna parte del hemisferio derecho. Una de las veces que conversamos acerca del episodio, me contó que al comienzo, pasadas pocas horas del ataque, veía luces y cosas que él sabía que no podían estar ahí, donde él creía verlas. Los espacios y ambientes de su casa, de pronto le resultaban desconocidos, irreconocibles. Con los días, su cuadro se fue estabilizando y simplemente ocurrió que algunas zonas de su campo visual se fueron “apagando”, dejándole una visión parcial y facetada del mundo.

Es extraño, pero puedo recordar mas detalles del ACV de Cerati que del de mi padre. Es como si una parte de mi se hubiera empeñado en ignorar / minimizar / olvidar todo lo relacionado con el ataque de mi viejo. La primera persona que me llamo la atención al respecto, sorprendida por la tranquilidad / distancia con que relataba el hecho en una charla casual de oficina a los pocos días de haberme enterado, fue mi jefa. Me dijo algo como: ¡Qué haces que no te tomas un avión YA y te vas a ver a tu Papa!!!. De alguna manera le hice caso. Llame a mi viejo y sin dar demasiadas vueltas le dije que lo quería y él me contesto: “Yo también te quiero, hijo” y ahí me quede duro y me di cuenta que hacía muchos años que no nos decíamos que nos queríamos, que no usábamos esas palabras. Y ahí mismo, en mi interior, empecé a planificar un viaje para verlo.

El cumpleaños de mi viejo era a los pocos días. Con mis hermanos decidimos darle una sorpresa y reunirnos todos en La Plata para festejarlo con él. Decidí invitar a mi hijo al viaje y le pregunte si quería viajar en colectivo o en avión. Previsiblemente, mi hijo eligió el avión, así que sacamos los pasajes y nos empezamos a preparar en secreto para encontrarnos con nuestro padre / abuelo.

Cuando llego el día del viaje, bien temprano, agarramos una mochila negra que me acompañaba desde hacía muchos años, metimos en ella lo mínimo para una estadía de 2 o 3 días: calzoncillos limpios, 2 o 3 remeras y un pequeño estuche con los cepillos de dientes, un dentífrico y un desodorante y llamamos a un taxi que después de unos minutos de espera, nos llevo hasta el aeropuerto.

El vuelo de una hora hasta Aeroparque fue bastante tranquilo, solo interrumpido por las expresiones de sorpresa / alegría de mi hijo que creía que ese era su primer viaje en avión y festejaba la velocidad, la aceleración durante el despegue, la vista de las nubes desde arriba, la aparición de las azafatas con su carrito de bebidas…

Al llegar a Aeroparque tomamos otro taxi hasta Retiro. Recorrimos la ciudad por autopista, siguiendo ese paseo bizarro que va bordeando la villa 31 y las montañas de containers del puerto de Buenos Aires hasta llegar a la terminal de ómnibus después de pasar por el frente del edificio de Gendarmería, edificio Centinela creo que se llama. Una vez dentro de la terminal, llamamos por teléfono a mis hermanos avisando que ya estábamos en Capital,  buscamos la boletería de los colectivos que iban hasta La Plata y sacamos 2 pasajes.

El viaje hasta La Plata por autopista nos llevo aproximadamente una hora. Al llegar a la terminal de La Plata, tomamos otro taxi que finalmente nos llevo hasta la casa de mi hermana, donde nos íbamos a juntar a festejar el cumpleaños de mi viejo, comiendo un asado. Mi viejo todavía no había llegado, pero mis hermanos ya habían prendido el fuego y nos estaban esperando en el patio. Entramos. Abrazos, besos… la sorpresa de mi hijo ante la aparición de la gata desmesuradamente gorda de mi hermana… unos mates… el ambiente se iba cargando de emoción a medida que pasaban los minutos y se acercaba el momento en que íbamos a volver a verlo.

Y finalmente mi viejo llegó. Tocaron el timbre y mi hermana abrió la puerta y mi viejo entró y empezó a saludarnos a todos. No sé cuál era la imagen que yo esperaba ver de mi viejo, que secuelas esperaba encontrar… pero él estaba ahí, perfecto, caminando hacia nosotros, sonriendo emocionado, abrazando a sus hijos y sus nietos. Y era como si nunca le hubiera pasado nada, como si no hubiera habido ACV. Y cuando llego hasta mi hijo se sorprendió; al fin de cuentas nosotros no debíamos estar ahí, y después de abrazarlo, me miró. Me miró con sus ojos grises que yo conozco de memoria, de tanto verme reflejado en ellos a lo largo de los años. Y finalmente me abrazó. Y yo lo abracé. Y después de unos segundos, nos separamos un poco y nos volvimos a mirar, llorando de alegría. Y yo quería decir algo y no podía. Y volví al punto donde todo había empezado. Ese instante donde había empezado a extrañarlo, hacia tantos años, sin poder decírselo. Y después volví lentamente al presente, a ese presente donde mi viejo me estaba abrazando y volví a respirar y a mirarme en sus ojos. Esos ojos que siempre habían estado ahí siguiéndome, acompañándome en la distancia.

Saturday, December 14, 2013

Spanglish II

Me había quedado pensando en como les fue a la pareja del Jefe de Cátedra y su alumna cuando salieron del bar (Spanglish)...


Abrió los ojos lentamente. Intento reconocer el lugar en la oscuridad. Esta no era su cama. El cuerpo a su lado no era el de su mujer. Reconoció las curvas de la cadera bajo la sabana. Se acerco lentamente a ella y sintió su olor. La mezcla del aroma de su piel con el perfume que él había empezado a reconocer en los pasillos de la facultad varios meses atrás.
Se dio cuenta que estaba despierto cuando el sentimiento de culpa le broto del pecho hasta la boca. Una parte de él quería gritar, aullar en la oscuridad que esto estaba mal. Estaba mal, el no tenía que estar ahí, en esa cama con ella. El universo acechando otra vez.

Se quedo mirando el techo mientras pensaba. Pensaba en que esto no podía estar pasando. No podía ser que la alumna brillante de su clase que podía tener cualquier pendejo que quisiera pudiera haberse enganchado con él. “Enganchado”. Definitivamente estaba encarando la cosa desde el punto de vista incorrecto. Solo habían coqueteado / histeriqueado un poco en la facultad, un poco mas fuera de la facultad y habían tenido sexo una vez, esa noche. No significaba nada. O si. Para el sí. Para el significaba algo, mucho. Ella era realmente tan hermosa / desnuda como la había imaginado. Perfecta / Imperfecta.

La volvió a mirar en la oscuridad. Ese cuerpo dormido representaba cierta especie de revancha. El final de años de quedarse con las ganas. Salir de su refugio de intelectual reservado. ¡Cagón! le hubiera gritado ella si estuviera despierta y pudiera leerle la mente. Por un instante, imaginó que  a partir de su aventura con ella, muchas otras minas, pendejas, lo empezaban a acosar. Como si fuera un Bukowski sub-desarrollado que a mitad de camino deja de ser solo el jefe de una cátedra para volverse un tipo interesante, una especie de curioso juguete que hay probar.

Imagino el lugar común de sus ex novias cruzándolo en la calle, saliendo de un bar con ella de la mano. Sus caras diciendo ¡Que hijo de puta! - Era tan aburrido, tan poca cosa cuando estaba con nosotras.

La culpa lo volvió a traer al presente, a la real realidad de esa habitación de un departamento que no era el suyo.

Se levanto despacito. Busco la ropa desparramada por el suelo y se vistió tratando de no hacer mucho ruido. Encaro para la puerta mientras pensaba qué carajo le iba a decir a ella la siguiente vez que la viera y salió al pasillo en silencio, buscando la madrugada.



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Se despertó con el acto reflejo de manotear el celular. Un mensaje entrante. Whatsapp probablemente. Ya era de día. La luz filtrándose intensa por los bordes de la cortina de blackout, recortando el rectángulo de la ventana. La cama revuelta. Los recuerdos que se empezaban a filtrar a través del sueño y una leve resaca. No se dio cuenta cuando él se fue. Hijo de puta, no se despidió. Se escapo en medio de la noche mientras ella dormía como una morsa. Su papa siempre le había dicho así cuando ella era chica, que dormía como una morsa, como fuera que durmieran las morsas.

Se froto un poco los ojos y miro la pantalla del celular. Mensaje de Whatsapp. El grupo de compañeros de la facultad. Joda esta noche en lo de Mariela. Otro mensaje. Mensaje privado de Facebook. Gustavo te quiere ver. ¿Qué le pasa a este pibe? Que tuviera novia no le molestaba. Era más bien esa indefinición permanente. En la cama la pasaban bárbaro, pero es como que a ella eso le estaba empezando a resultar insuficiente y cuando lo encaro para hacerle la clásica pregunta ¿nosotros que somos?, el vago se fue en rodeos y terminaron peleados por unos días. ¿Qué le pasaba a ella con este pibe? Normalmente lo hubiera mandado a cagar a la primera, pero por alguna razón que no entendía muy bien, seguía aguantando esa situación chota que la ponía en un lugar incomodo. 

Pensó que hubiera dicho el profe al respecto. El profe le hubiera hecho una pregunta, la hubiera mirado con esos ojos con que la miraba siempre y le hubiera dado una explicación que seguramente no le iba a gustar, pero que estaba segura que era racional / correcta. Eso le gustaba del profe, no lo de la respuesta correcta, fundada en su conocimiento de los libros y la vida, sino lo de la forma de mirarla. La primera vez que se dio cuenta de cómo él la miraba, fue una vez que estaban conversando con otros compañeros en el bar de la facultad y en un momento, mientras discutían sobre el uso político del discurso o algo por el estilo, cuando ella fue a buscar la mirada de él, descubrió que él miraba sus piernas, disimuladamente. Y volvió a buscar esa mirada puesta en ella, una y otra vez. Y de a poco ella también fue dando algunas señales, y juntos fueron dejando un rastro de miguitas que los llevo de una u otra forma hasta la noche anterior. Y recordó la mirada de él mientras hacían el amor. Y recordó el sueño que él le contó después.

Había soñado que la encontraba desnuda en el pasillo de la facultad y todos estaban alrededor, compañeros, profes, señalándola, riéndose, sacándole fotos con sus celulares. Y el se abría paso entre todos y la cubría, protegiéndola, apartándola de las miradas. Y el sueño terminaba cuando él la miraba a los ojos y se daba cuenta que ella sonreía, disfrutando ser el centro de las miradas.

Otro mensaje. ¿El profe? El profe no usaba el celular. No como ella. Eso también le gustaba.

La cancion mas triste de la semana

Esta semana hice un pico de tristeza… Mientras sentía como el bajón me iba embargando, manotee el celular como para buscar algo que me hiciera sentir mejor y termine abriendo el video de la canción “Blower’s Daughter” de Damien Rice. Es una de las canciones más tristes que conozco. Por algún motivo extraño es el único video que tengo bajado al celular. La canción pertenece a la banda de sonido de la película “Closer”. La película me gusto mucho. Es una de esas películas que de alguna forma logran conmoverme, activando algún mecanismo de auto reconocimiento, identificación con lo que pasa en la pantalla. Es como dice Daniel Salzano, Hollywood pone un pequeño porcentaje de la historia y los personajes y uno completa el resto. Y es que uno también estuvo alguna vez en una esquina esperando a alguien que nunca iba a llegar. Uno también fue alguna vez como Alice, el personaje de Natalie Portman. Una persona con un nombre inventado, con un pasado inventado a medida del interlocutor de turno.



Saturday, October 26, 2013

Postal urbana: pareja de estudiantes

Iba bajando para el Boulevard San Juan, apurado porque mi hijo estaba a punto de salir del colegio y no le gusta quedarse esperando. Era una de esas mañanas de primavera donde el sol empieza a colarse entre los edificios y de alguna manera parece,  aun en medio de la ciudad, que el aire es puro, fresco. Todavía no había demasiada gente dando vueltas en la calle. El naranjita que se ofreció a cuidarme el auto tenía cara de dormido. La misma cara de dormido que supongo yo mismo debía tener aun. Cara de “que noche la de anoche!”, aunque en mi caso la cara se debía al cansancio acumulado durante la semana y un poco de insomnio.
No puedo recordar que iba pensando mientras me acercaba caminando rápido al Boulevard. Recuerdo que al acercarme a la esquina, levante la vista y los vi, terminando de cruzar la calle en dirección contraria a la mía. Ella tenía unas sandalias con algo de plataforma que la hacían ver más alta, más flaca. Me pareció que tenía lindos pies. Arriba de los pies, pantalones de jean ajustados, un poco gastados, le marcaban la forma de las piernas. Largas piernas. Las caderas. La cintura. Y arriba una remera oscura con un dibujo que no puedo recordar si tenia alguna inscripción o leyenda o solamente el dibujo. Una cartera pequeña cruzada en bandolera y el pelo castaño suelto, ondulado y largo hasta los hombros, apenas agitado por el movimiento al caminar. La cara lavada, sin maquillaje. Ojos oscuros sin lentes y una sonrisa apenas asomando de unos labios finitos debajo de la nariz. Como un par de detalles de terminación finales, alcance a identificar un par de lunares y algunas pecas.
El venia arrastrando una valija oscura, gastada, con rueditas. Esas rueditas pequeñas que claramente no están pensadas para circular por las veredas y calles de la ciudad y hacen que uno golpee la valija contra todos los pequeños escalones que inexplicablemente se van presentando y en especial contra los cordones de las veredas. La valija me hizo recordar por un instante que yo también estuve ahí, en la misma situación, volviendo / yendo de viaje, arrastrando una valija una y otra vez, a lo largo de varios años, mientras estudiaba en la facultad. Pude verme de nuevo despidiéndome de mi familia, mis amigos y subiendo a un colectivo. La sensación de tristeza. Empezar a extrañar mientras el colectivo encaraba la ruta.  
Él tenía zapatillas oscuras de lona, bastante limpias. Pantalones de jean no tan ajustados, bastante nuevos. Las piernas alcanzaban a dibujarse chuecas debajo de la tela de los pantalones, como dándole cierta estampa de deportista. La remera holgada era de color verde oscuro, lisa, sin inscripciones. El pelo corto coronaba una cara con cierto cansancio dibujado en los ojos. Detrás del cansancio, los ojos tenían cierto brillo especial. Tarde un instante, pero logre reconocer el brillo, el origen del brillo, en el momento en que finalmente pude ver sus manos entrelazadas, como completando el cuadro. Recordé que yo también estuve ahí, tomando de la mano a mi amor, caminando por las mismas calles, brillando hermoso, invencible, con toda la vida delante mio.


Me hice a un costado mientras ellos pasaban a mi lado mirándose y continúe caminando hacia el colegio de mi hijo, empezando a olvidarlos lentamente.

Sunday, September 29, 2013

Spanglish

- ¿Porque me pediste que viniera acá? - pregunto ella mientras se sentaba enfrente de él y colgaba la cartera diminuta del respaldo de la silla. Estaba hermosa. El bar estaba lleno de gente a esa hora. Esa franja horaria de happy hour entre el final de la tarde y el anochecer de la ciudad garantizaba un entorno completamente superpoblado de conversaciones y ruido ambiente casi ensordecedor dentro de cada uno de los bares y cafés del centro.
- Quería verte - contesto él. A veces las respuestas cortas y sinceras eran las mejores.
- Pero como... ¿no era que no teníamos que vernos más fuera de la facultad? - dijo ella, mientras se empezaba a enojar, a calentar como una pava...
- Si, ya sé que dije que no teníamos que vernos más... pero tenía ganas de verte... y...
Y ella lo miro en silencio. Lo miro furiosa. Y sus ojos decían: "y a mí que mierda me importa... me dijiste que no nos teníamos que ver... y ahora me venís con que tenes ganas de verme... ¿qué te crees, pelotudo, que somos adolescentes histeriqueando en un boliche?"
- ¿Soy un pelotudo, no? – tiro rápido él, adelantándose una jugada.
- y Si. Sos un pelotudo – Ella había superado la etapa del respeto a las investiduras / los roles hacía mucho tiempo, el mismo día que por primera vez el se había referido a sí mismo como al “imbécil del Jefe de Cátedra”, en un guiño cómplice que los invitaba a ellos, a sus alumnos, a faltarle un poco el respeto.
- Vos fuiste el que me explico que aunque soy tu favorita, no estaba bien que nos viéramos fuera de la facultad… también te acordas que te explique que no entendía muy bien porque me decías eso…si entre nosotros no pasaba nada… - dijo ella, repasando / reviviendo la conversación que había formalizado el blanqueo de este juego que los dos venían jugando desde hacía varios meses.
- Si, me acuerdo… después te dije que nosotros no debíamos, no podíamos ser como los personajes de la película “Spanglish” – Costumbre pelotuda esa de siempre buscar referencias cinematográficas.
- Y yo te conteste que no había visto la película – dijo ella, riéndose de nuevo como la primera vez que había mencionado esas palabras.
- Me cagaste toda mi preparada alocución… como siempre – dijo él, mientras una sonrisa empezaba a asomarse a su cara.
- Desgraciada… Te tuve que contar parte de la película…perdí todo el “momentum” tratando de describir los personajes del Chef, la empleada mexicana y la esposa del Chef…las relaciones entre ellos…
- Sabes que finalmente nunca la vi… a la película… - dijo ella, mientras se seguía riendo, gozando de la impunidad que le daban su juventud y su egoísmo a flor de piel.
- ¡Obvio que no la vas ver! Es como pedirme a mí que escuche la música que escucha mi hijo mayor. Peor, como pedirme que me guste la música que escuchan mis hijos. – Dijo él, riendo y agarrándose la cabeza con las manos.
- Pero me acuerdo de la escena de ellos dos… recuerdo tu relato de la escena de ellos dos en el restaurante de él… Los dos solos, finalmente solos, arrastrados por el devenir de la noche hasta un sillón… Ella mirándolo en silencio mientras él le dice que en cuanto toquen el suelo, el suelo se los va a tragar, devolviéndolos a la realidad – las palabras salieron despacito, cada vez más despacito de la boca de ella, que de a poco había dejado de reír.
- Y ella lo mira y salta al suelo, justo a tiempo… justo antes que alguno de los dos cruce la línea que los separa… todas las líneas que los separan… – termino de decir ella, mientras los ojos le empezaban a brillar, nítidos, fijos en los ojos de él, que también se iba dando cuenta que ella finalmente entendió, ahí en ese preciso momento, lo que esa escena quería contar. Lo que él le había querido contar.
- ¿Entendes? ¿Ahora entendes? – Pregunto él, después de varios segundos de silencio.
- Nosotros no podemos vernos. No tenemos que vernos porque nuestras vidas son como las de los personajes de la película. – dijo él, atragantado con las ultimas silabas, tratando de apurar el final de la conversación, del encuentro.
Ella lo miraba en silencio. Ahora esto si se parecía a la escena de la película. Ella estaba mirándolo, hermosa. Hermosa como era ella para él. O sea, cuando estaba con ella la miraba y la miraba y no la encontraba tan atractiva. Hasta le parecía demasiado flaca. Pero cuando realmente entendía su belleza era cuando dejaba de verla y se pasaba las noches y los fines de semana pensando en ella, en sus manos, en su pelo, en su cuerpo joven que imaginaba desnudo bajo las ropas ajustadas.
-Además, vos realmente no te fijarías en alguien como yo. O sea, a veces creo que esto es solo una especie de estúpida paranoia mía. Un poco de típico histeriqueo alumno / profesor fuera de lugar – dijo él, empezando con la estrategia defensiva que tantas veces había ensayado para escapar de esa situación.
- A ver… ¿Por qué decís eso?... Vos que la tenes tan clara… - dijo ella, rompiendo su silencio, adelantándose en la silla.
- Porque vos sos hermosa… y te gustan los tipos lindos… pendejos lindos…- dijo él, mientras pensaba como mierda salía de esta…
- Claro… soy una pendeja superficial y pelotuda que solo se fija en la apariencia de la gente, de sus parejas – De vuelta enculada.
- No quise decir eso… es solo que las parejas que te conozco, al menos de la Facultad, son más bien “bonitos” – No había forma de arreglarla. Se dio cuenta al mismo tiempo que terminaba de pronunciar “bonitos”.
- ¡Y vos que mierda sabes de mis parejas!… ¿acaso me estuviste espiando?... ¿Estuviste preguntando por los pasillos de la Facultad? De donde carajo sacas esas  ideas de mí, de lo que soy… de lo que me gusta… de lo que quiero… - termino ella, bajando un poco el tono al final.
- ¿Eso es lo que pensas de mi? – las palabras salieron apenas de sus labios.
- Perdón… sabes que lo último que quisiera es lastimarte… - dijo él, mientras miraba como sus manos se empezaban a mover lentamente por sobre la mesa.
Intento detener el movimiento de sus manos. Pero ellas ya no le obedecieron y terminaron tocando las manos de ella. Y ella lo miro. En llamas, los ojos incendiarios.
- Perdón… perdón… - repitió ella, imitándolo.
- que pelotudo habías resultado ser… Así que una mina como yo no se puede fijar en un pelotudo como vos… - continúo ella, después de una breve pausa.
- Y si… ¿Cómo te podes realmente fijar en mi?... no hay posibilidades… dijo él, titubeando.
- Eso lo vamos a ver… dijo ella mientras se levantaba de la silla y agarraba la cartera.
- ¿Cómo?... – alcanzo a preguntar él, mientras algo dentro suyo se empezaba a dar cuenta que sí, que a lo mejor ella finalmente si podía fijarse en alguien como él. Pese a la diferencia de edad, pese a que se suponía que estaba mal. Pese a todo el universo de quilombos que se estaba empezando a despertar en ese mismo instante.
- Dale, veni… veni conmigo – dijo ella mientras le estiraba la mano y empezaba a sonreír, desvergonzada, feliz. Feliz de haberlo sorprendido, de haberse sorprendido. Y él se levanto y le tomo la mano y también se sintió feliz. Estúpido y feliz.
- Sera que me gusta meterme en quilombos – le dijo ella finalmente al oído mientras salían del bar.