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Sunday, August 9, 2015

Spanglish VII

Entró a la facultad en piloto automático. Su mujer lo había dejado a la vuelta como siempre y él recorrió los 150 metros que lo separaban del ingreso caminando como un robot, con la mente absorta tratando de recordar lo último que había soñado esa mañana.

Recorrió el hall de ingreso. Saludó con un gesto a uno de sus alumnos. Empezó a tomar conciencia de lo que pasaba a su alrededor, despertando, empezando a interactuar con el mundo. Caminó por el pasillo buscando su “oficina”, un escritorio al fondo de la habitación que la cátedra tenía asignada al fondo de la planta baja.

Al llegar al final del pasillo, antes de doblar a la derecha, se detuvo delante del transparente de la cátedra, buscando la fotocopia con las fechas de los próximos exámenes. Mientras repasaba mecánicamente el anuncio de una charla con invitados ilustres que había pasado hace como un mes, la vió. La vió con el rabillo del ojo. Parada a su derecha. Giró lentamente la cabeza. Ella lo miraba.

Todo el tiempo que había pasado, todo el olvido que gradualmente se había ido amontonando sobre los dos, se desvanecía, se disolvía…

Ella sonrió. Se acercó. Le dió un beso en la mejilla. El sintió sus labios tibios por un instante. Ella dijo: Hola… despacito, mientras le tomaba la mano.

Él la miró parada a su lado. El pelo largo, recogido a medias. Cara lavada, brillante. Vió / sintió como su mano se extendía para acariciarla, tocar su mejilla. En ese momento se dio cuenta. Recordó a un tío que decía que las mujeres eran más hermosas cuando estaban embarazadas. 
-¿De cuánto estas? – preguntó él con una voz que apenas reconoció como suya.
- De 4 meses… contestó ella, con una sonrisa en la cara, en los ojos.
- Estás… muy linda… - dijo él, mientras veía como su mano derecha abandonaba la mejilla y se apoyaba en el hombro de la pequeña / hermosa mujer.
- Ya sé… que estoy muy linda… - contestó ella sonriendo, brillando - ¿Vos como estas? ¿Me extrañaste?
- Claro… si… te extrañé – contestó él, dándose cuenta que una vez más estaba volviendo a la adolescencia… perdiendo todo rastro de autocontrol. 
- Yo también te extrañé… - dijo ella mirándolo a los ojos, buscando esa mirada que tanta falta le había hecho, que tanto necesitaba - Tenía ganas de verte… de hablar con vos… - continuó ella.
- ¿Cuándo volviste? – preguntó él.
- ¿A qué hora salís? – preguntó ella.
- Termino a las 4 – contestó él mientras finalmente lograba retirar su mano… interrumpiendo el contacto.
- ¿Querés venir a casa? – dijo ella.
- Bueno… - contestó él. Recobró por un instante el control y alcanzó a balbucear - te llamo cuando me desocupe.
- Dale – dijo ella mientras empezaba a alejarse por el pasillo sin dejar de mirarlo, sonriendo.


Y ahí, en ese pasillo de la facultad, él se dio cuenta que también estaba sonriendo.

Saturday, May 2, 2015

Spanglish VI

La vibración del celular sobre la mesa de luz lo terminó de despertar. De alguna manera, el celular se había configurado en un modo en el cual por las noches no sonaba al recibir llamados o mensajes, solo vibraba. De día volvía a la normalidad. Probablemente había sido su hijo el que estuvo jugando con el teléfono y le cambió la configuración. Le gustaba que el celular lo dejara dormir.

Manoteó el celular en la oscuridad, tratando de no tirarlo al piso. Desbloqueó la pantalla. 2 SMS, 2 mensajes de WhatsApp, de 2 conversaciones. Abrió WhatsApp. 1 mensaje del grupo de la Catedra. El otro era de ella: - Hola

Habían pasado varios meses desde la última vez que se vieron. Él se había empezado a dejar llevar por la inercia, la rutina que lo mantenía ocupado, distraído, aplicando gradualmente capas de olvido… Sabía que ella se había ido de viaje. Él no había hecho mucho esfuerzo por mantenerse en contacto. Ella tampoco.

No es que se hubieran dejado. No se había roto nada. Era solo como que esa dinámica de entrar y salir sin aviso de la vida del otro, se hubiera relajado un poco más y de a poco los días sin contacto, sin noticias, se habían ido volviendo semanas… después meses.
Recordó su cara. Su pelo. Se quedó quieto en la oscuridad, tratando de recordar su sonrisa. Las imágenes de los sueños se mezclaban con las visiones de su cuerpo desnudo en la penumbra.

- Hola – respondió por fin en Whatsapp. Ella no estaba en línea.
- Como estás? – continuó, sabiendo que ella no estaba leyendo.
- Por dónde andas? – última pregunta, pensó para sus adentros. Me estoy poniendo “denso”, así hubiera dicho ella.

Dejó el celular sobre la mesa de luz y se dio vuelta. Se volvió a dormir pensando que iba soñar con ella.
________________________________________________________________________

Esa mañana se levantó, se bañó y desayunó con los chicos antes que se fueran al colegio. Su mujer le quemó las tostadas, pero se las comió sin decir nada. Fue a la facultad. Estuvo en reuniones toda la mañana. A eso de las 12 volvió a mirar el celular. La luz parpadeante en el frente le indicaba que tenía mensajes sin leer: 2 mensajes de WhatsApp.

- Hola
- De viaje
- Tengo wifi ratito en el hostel a la mañana. – Nada más. Otra vez estaba off-line.

Se empezó a poner ansioso. Antes que pudiera controlarse ya estaba contestando:

- Estamos desencontrados. -  tipeó con un solo dedo. El corrector ortográfico le quiso corregir el “desencontrados”.
- A la hora que vos lees mis mensajes y me contestas yo estoy desconectado. – completó.

Reconocía esa sensación que comenzaba a darle vueltas adentro, bien adentro. Con un solo mensajito ella había activado un mecanismo de relojería, una invisible máquina de Goldberg que terminaba haciendo que él ya no pudiera dejar de pensar en ella.

- Esto es como en los viejos tiempos que nos escribíamos cartas – Escribió finalmente, sabiendo que ella no iba a contestar hasta el otro día.

Sunday, November 2, 2014

Spanglish V

Sigamos con la historia de estos dos...


Ella abrió los ojos lentamente. La luz del velador se derramaba por la pared iluminando suavemente la pieza. Lo vió sentado al otro lado de la habitación. Sentado en la silla con rueditas del escritorio. La miraba concentrado. Inclinado hacia adelante en una posición que le pareció bastante incomoda. Los codos apoyados en las rodillas y las manos hacia arriba, soportando el mentón con las palmas y envolviendo los costados de la cara con los dedos. Parpadeó varias veces y se frotó los ojos que le ardían un poco, como si los hubiera abierto antes de tiempo.

- ¿Que estás haciendo ahí? - preguntó finalmente. Las palabras brotaron apenas de la garganta que empezaba a picarle un poco.
- Te miro... - contestó él, sin cambiar de posición ni dejar de mirarla.
- ¿Que me mirás? - preguntó ella.
- Te miro todo - dijo el esbozando una sonrisa.
- Te miraba mientras dormías... Cómo tu pecho subía y bajaba despacio, siguiendo el ritmo de tu respiración... - continuó él
- Cómo acomodabas las manos debajo de la almohada... Cómo las sabanas dibujan las curvas de tus caderas - esta última frase quedó flotando en el aire, mientras ella se empezaba a reir...
- Mentira... versero... ¡me estabas mirando las tetas! - dijó ella, riéndose al mismo tiempo que se terminaba de despabilar y se sentaba desnuda en medio de la cama.
- Si, eso también - dijo él mientras se levantaba de la silla y se acercaba a la cama.

El se subió a la cama, le apartó el pelo de la cara y le dió un beso. La volvió a mirar, esta vez directamente a los ojos. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, tranquilo, muy tranquilo.

Se quedaron sentados en silencio. La noche seguía fluyendo fuera de la habitación. Ruido de autos circulando a lo lejos.

- ¿Pórque me seguís dando pelota? - preguntó él, alejándose un poco de ella.
- ¿Cómo que pórque te sigo dando pelota? - contestó ella, parándose rápido a medio camino entre el enojo y la perplejidad.
Se hizo un breve silencio mientras ambos pensaban una respuesta...
- Vos decís... ¿Pórque estoy con un pelotudo como vos? - respondió ella primero - Pensé que eso lo habíamos dejado claro la primera vez que estuvimos juntos.
- Si, algo así... también me dijiste que te gusta meterte en quilombos - dijo él despacito, como tanteando el terreno.
- mmm... - ella se empezó a dar cuenta por donde venía la mano.
- O sea... lo que quiero saber es si realmente hay algo de mí que te gusta, que de alguna manera te atrae... o... - dijo él, tomando envión para la última oración. 
- ¿O qué, pelotudo? - lo interrumpió ella, apurándolo.
El tomó aire y trató de completar la pregunta: ... o solo estás canalizando tus ganas de hacer quilombo, de llamar la atención... saliendo con un profesor - completó él, atragantándose con las últimas 2 palabras.
No pudo evitar mirarla a los ojos. Los ojos estallaron en llamas. Así durante un instante que a él le parecieron años. Y de pronto, sorprendentemente, en vez de dar paso a una puteada de aquellas, las llamas empezaron a apagarse, dando lugar a una mirada dulce, la más dulce que él le hubiera visto nunca.

- No estoy canalizando nada... hablás como un psicologo - dijo ella mientras estiraba su mano para tomar la mano de él.
- Es solo que me gusta estar con vos - siguió ella lentamente, como buscando las palabras que le hacían falta - Cuando te miro...
- Cuando vos me miras... En tu mirada hay algo que me hace sentir segura... - las palabras seguían brotando despacito.
- Y hace mucho que no me sentía así... así, segura... - siguió ella, completando la frase. 

Hizo una pausa, respiró 2 o 3 veces. Lo volvió a mirar a los ojos. Y después continuó, tranquila...
- Hace mucho que no me sentía así... Siempre estoy como insegura, como con miedo... desde que era chica... - volvió a hacer una pausa.
- ¿De que tenés miedo? - preguntó él, intuyendo la respuesta.
- No sé exactamente... a estar sola... a que me dejen... que me dejen sola - contestó ella despacio, cómo tratando de poner en palabras esa sensación que siempre la acompañaba.

El la abrazó. Ella apoyó la cabeza en el pecho de él.

- Es que... cuando era chica hubo una época que mi viejo nos dejó... a mamá y a mi... - dijo ella, como tratando de explicarse de donde venía el miedo.
- O sea, no es que mi viejo se fué con otra mina... o que no nos quisiera... es solo que... como que necesitó tomarse un tiempo solo... una especie de año sabático... - se dió cuenta que estaba repitiendo palabras de su madre.
- y aunque después volvió con nosotras... a mi como que siempre me quedó la sensación... el miedo... - siguió diciendo ella.
- De que él se volviera a ir... - completó él para sus adentros.

Se quedaron callados. Se abrazaron despacito. Se recostaron y se fueron quedando dormidos, mientras la noche imparable seguía buscando la mañana.

Saturday, October 11, 2014

Spanglish IV

A ver como siguen la alumna y el profe...



Habían quedado en verse esa noche en el departamento de ella. A eso de las diez de la noche,  después de la facultad. El llegó cinco minutos tarde y tocó el portero nervioso, mirando a su alrededor. No sabía si los nervios eran por miedo a que algún conocido lo viera entrando al edificio de ella o por el hecho de volver a verla.

Ella atendió el portero. Su voz sonaba extraña en el pequeño parlante.

El entró atravesando el lobby del edificio, saludando al guardia que apenas hizo un gesto con la cabeza desde atrás de una especie de pequeño mostrador.

Se paró frente a los ascensores. La superficie metálica del panel con los botones le devolvió un reflejo distorsionado. Presionó el  botón de la derecha. Esperó unos treinta segundos hasta que la puerta se abrió y entonces entró al ascensor. Presionó el botón del piso de ella, mientras recordaba la última vez que había estado en ese ascensor.

Llegó al piso. La puerta se abrió. Caminó con pasos rápidos hasta la puerta del departamento. Tocó el timbre. Ella abrió la puerta, sonriendo.
- Hola. Pasá. Ponete cómodo…  – le dijo, mientras le daba un beso en la mejilla, sin dejar de sonreír. Cierta distancia. Cero hostilidad.
- Hola ¿Cómo estás? –contestó él mientras pasaba al pequeño living y veía como ella se iba corriendo descalza para la cocina.
- Bien… ¿Comiste algo? Estoy por descongelar unas milanesas ¿querés? – dijo ella, gritando la última pregunta desde la diminuta cocina.
- Dale. Milanesas está bien ¿Hace falta que baje a comprar algo?- preguntó el casi por Costumbre.
- Mmmm… No… creo que tengo todo. – dijo ella entrando al living.

Estaba muy linda. El pelo todavía húmedo después de la ducha. Una remera gris y jeans gastados. Descalza. Cruzó las piernas breves mientras se sentaba en el otro sillón.

- ¿Cómo estás? – preguntó ella, mirándolo a los ojos.
- Bien… ocupado con los exámenes… estos últimos días estuvimos revisando los planes de la cátedra… - se dio cuenta que estaba respondiendo pelotudeces cuando vió la sonrisa picara de ella.
- ¿Y vos? ¿Cómo estás? – preguntó él, bajando la mirada hacia la mesa ratona y la pila de revistas que había arriba. Desde la tapa de una Rolling Stone, una foto póstuma de Gustavo Cerati lo miraba tranquilo.
- Bien… estuve rindiendo… - hizo una breve pausa - ¿Te acordás que te hablé de un pibe Gustavo?
- Mmmm… más o menos… - claro que se acordaba de Gustavo – Ese pibe que saliste unas veces… pero que tenía novia.
- Ese… ese Gustavo… el que tenía novia – contestó ella y se levantó de un salto.
- Voy a ver las milanesas – dijo ella, mientras corría hacia la cocina.

El volvió a buscar la mirada de Cerati. Manoteó la revista y la empezó a hojear.
-  ¡Van a estar en cinco minutos! – gritó ella desde la cocina – Ayudame a poner la mesa.
-  Dale. Ahí voy – contestó él mientras dejaba de vuelta la revista sobre la mesa ratona y se levantaba del sillón.

Para cuando terminó de poner los cubiertos y los platos las milanesas ya estaban listas. Ella preparó una ensalada con unos tomates y se sentaron a la mesa.

Comieron casi en silencio. Masticaban y se hablaban solo para pasarse la sal o una servilleta. En un momento ella hizo un chiste y él se empezó a reír. Después él hizo un chiste y se rieron los dos. Y empezaron a hablar de viajes y ella le contó que pensaba hacer un viaje sola, por Europa. Y él le preguntó qué países quería conocer y le terminó contando detalles de su viaje a París.

Cuando terminaron de comer, levantaron la mesa. Amontonaron los platos en la pileta de la cocina y volvieron a sentarse en los sillones. Tranquilos.

- Viste que te comenté de Gustavo… - dijo ella mientras se acomodaba en el sillón - Estamos saliendo. Se dejaron con la novia – continuó ella, mirándolo. Tratando de medir la reacción en la cara inexpresiva de él.
-  ¿y vos cómo estás? ¿Estás bien?... digo, con él… estás bien, ahora con él – preguntó él levantando la mirada.
- Si, estoy bien… no tengo claro que va a pasar con nosotros, pero por ahora estamos bien… saliendo nomás y viendo que onda… - contestó ella.
- Bueno, eso es lo más importante… digo, que vos estés bien – dijo él y después se quedó callado, mientras sentía como una sensación de ahogo le empezaba a subir desde el pecho.
Ella también se quedó callada. Silencio. Sensación de incomodidad creciente. Despacito, lentamente, se fueron buscando con la mirada. Hasta que se encontraron. Y ella pudo ver, a través de la mirada de él, por un instante, como un destello, un pequeño derrumbe.
Fue solo un instante. Hasta que él pudo retomar el control. Sintió, recordó algo que le había querido decir varias veces, algo que había entendido después de mucho tiempo. La madurez no significa que crecemos y las cosas ya no nos duelen como cuando somos chicos. Significa que aprendemos a disimular mejor. Solo eso.

Ella se levantó y se fue a sentar al lado de él. Le tomó la mano
- ¿Te molesta? Digo, lo de Gustavo – preguntó ella.
- Está bien… no hay problema… - contestó el – es solo que… yo pensé que… no importa – y se volvió a quedar callado.

Decidió que ya era hora de irse. Sin decir nada se levantó y encaró para la puerta. Al llegar a la puerta, se dió vuelta para despedirse y entonces la vió, parada detrás de él. Encontró su mirada. Por un instante todo volvió a ser como la primera vez.

- Me tengo que ir – dijo mientras se acercaba para darle un beso.

- ¿y si te quedas un rato más? – dijo ella, mientras le tomaba la mano y el universo se empezaba a ir al carajo una vez mas.

Saturday, September 13, 2014

Anecdota: la del viejo cuento de ciencia ficcion

Versión revisada, adaptada para caber en aproximadamente 600 palabras...


A veces, cuando me siento lejos, lejos de casa, o cuando aun estando en mi casa, me siento lejos, suelo recordar un cuento que leí hace mucho. Se trata de un cuento de ciencia ficción de James Tiptree Jr. que se titula "El hombre que volvió".

Lo leí por primera vez en un número de la revista de ciencia ficción El Péndulo, siendo aún un adolescente, hace muchos años, en la ciudad de Posadas, Misiones, en una época en que todavía creía que iba a poder viajar a las estrellas. El cuento es hermoso, triste, me deja siempre una sensación de melancolía en el medio del pecho. Es un relato que de alguna forma comienza y termina en un mismo punto del tiempo y el espacio, saltando entre 2 hilos narrativos, conjugando siglos de futura historia post-apocalíptica, con flashes del desgarrador viaje temporal del protagonista. Un viaje imposible, contra toda probabilidad, a lo largo de 50.000 años, tratando de volver a su casa, a su familia, ya inexistentes, vaporizados, disueltos al momento mismo del inicio de su viaje.

De alguna manera, salvando las distancias, creo que a lo largo de los años siempre me sentí identificado con el astronauta protagonista del cuento. Yo nunca pude viajar por el tiempo y el espacio. No soy el causante de una explosión que casi termina destruyendo a la humanidad. Es solo que siento que yo también estoy siempre viajando, alejándome, sintiendo esa desesperante necesidad de volver. Volver a un lugar que probablemente ya no existe. Como nos pasa a veces cuando queremos volver a un lugar de la infancia que hace mucho no vemos y cuando logramos llegar ya no es como lo recordábamos.

Y así es como a lo largo de los años, de vez en cuando, en esos momentos en que me asalta la melancolía, siempre vuelvo a buscar el cuento y a su protagonista. Hasta esta semana. Y es que esta semana, estando muy lejos de mi casa por un viaje de trabajo, tuve unos de esos momentos en que quise recordar el cuento. Lo busqué en Internet. Re-descubrí que James Tiptree Jr. en realidad era una señora, psicóloga ella, que trabajó durante un tiempo en la CIA, que se llamaba Alice Sheldon. Encontré el cuento en una versión en castellano bastante decente publicada en un ignoto blog y lo volví a leer. Y me volví a emocionar con la historia de John Delgano, el astronauta imposible, el monstruo, el hombre que volvió. Y esta vez descubrí algo que no podía recordar y que ya no voy a poder olvidar: el accidente del cuento, el experimento fallido que da inicio al viaje temporal y al apocalipsis nuclear que casi destruye la civilización, ocurre en los laboratorios de investigación que están situados geográficamente en el condado de Bonneville, en el estado de Idaho, Estados Unidos.

Casualidad. Destino. Probabilidad.


Durante estas 2 últimas semanas, al momento de releer el cuento, en este instante, mientras escribo estas palabras, yo mismo estoy en Idaho, en el condado de Bonneville, a pocos kilómetros de los laboratorios citados por Tiptree... tratando de volver.

Thursday, July 31, 2014

Casualidades... El hombre que volvio

A veces, cuando me siento lejos, lejos de mi casa, o cuando aún estando en mi casa, me siento lejos, suelo recordar un cuento que leí hace mucho. Se trata de un cuento de ciencia ficción de James Tiptree Jr. que se titula "El hombre que volvió". Lo leí por primera vez, aún adolescente, en un número de la revista El Pendulo. El cuento es hermoso, triste, enloquecedor; un relato que conjuga siglos de historia post-apocalíptica con flashes del atroz, desesperado viaje de regreso del protagonista. Viaje imposible, contra toda probabilidad, tratando de recorrer la senda más larga de todas para volver.
Esta semana tuve unos de esos momentos, estando lejos, muy lejos de mi casa, en que quise recordar el cuento. Lo busque en Internet. Lo encontré y lo volví a leer. Y me volví a emocionar con la historia de John Delgano, el astronauta imposible, el monstruo, el hombre que volvió. Y descubrí algo que no podía recordar y que no deja de sorprenderme: el relato está situado geográficamente en el estado de Idaho, el condado de Bonneville, Estados Unidos de Norteamérica.
Al momento de releer el cuento, en este instante, mientras escribo estas palabras, yo mismo estoy en Idaho, en el condado de Bonneville, a pocos kilómetros de los laboratorios citados por Tiptree... tratando de volver.

Thursday, May 8, 2014

Desorden

Mi relación con el orden y el desorden es un poco complicada. Todos los días despierto manoteando el celular mientras volteo algunos de los objetos amontonados encima de la mesa de luz. La última Orsai, un libro de crónicas, un libro de Juan Villoro, la cámara de fotos, un radio reloj que hace por lo menos un año esta sin pilas, un velador que me regaló mi suegra, dos o tres piedras viajeras que mis hijos trajeron de las últimas vacaciones...¿o fueron las ante-ultimas?..  el celular que hace las veces de despertador. 

A veces, las menos de las veces, después de apagar la alarma del celular, me levanto inmediatamente. Otras veces, me vuelvo a quedar dormido. Cuando finalmente me decido a salir de la cama, medio dormido y en cuatro patas busco los zapatos y / o zapatillas que están desparramados por el piso, alrededor y debajo de la cama. 

Encaro para el baño. En el medio del baño hay una silla. Arriba de la silla hay ropa. Ropa que no necesariamente esta limpia. Ropa mía. Ropa de los chicos. Ropa de distintas eras.

Me miro en el espejo. Hay un tipo con cara de dormido que me mira del otro lado. Barba de varios días. Incipientes ojeras. Tomo mi cepillo de dientes, separándolo de la colección familiar de cepillos. Se supone que el cepillo de dientes debería cambiarse cada 2 o 3 meses. El mío ciertamente superó ese período de uso hace rato. Las cerdas gastadas han perdido su prolija alineación y me miran como diciendo ¿cuando iremos a descansar de este tipo y sus dientes torcidos?

Finalmente el cepillo vuelve con sus congéneres y yo sigo mi recorrido que desemboca en la cocina. A buscar mi taza naranja. Si tengo suerte, la taza va a estar limpia. Si tengo aún mas suerte, la cafetera va a tener café. Busco la leche en la heladera. El interior de la heladera es un pequeño universo en sí mismo. Siempre hay dos o tres tuppers con distintas comidas descomponiéndose en su interior. Una o dos cremas de leche en distinto grado de decadencia. No alcanzan, no sirven las fechas de vencimiento. Es necesario, indispensable, valerse del olfato.

Vuelvo a mi habitación, esquivando una tabla de planchar que no usé y varias pilas de ropa. Me visto con la ropa menos arrugada que encuentro. En el proceso, arrojo la remera que usé para dormir en algún lugar que no voy a poder recordar. El principal desafío es poder encontrar dos medias iguales en mi cajón de las medias. Es como si las medias estuvieran vivas y por las noches, mientras no las miro, decidieran entremezclarse, escaparse abandonando a sus parejas.

Salgo corriendo para la oficina. Mientras abro el portón para sacar el auto miro una vez más hacia los vestigios de los materiales de una obra que terminamos hace años, apilados detrás del muro del jardín. Me vuelvo a repetir que algún día los voy a sacar de allí, desarmando ese pequeño recordatorio de mi propia naturaleza.

Guardo la mochila en el baúl del auto. Dentro del baúl esta la rueda de auxilio toda embarrada que prometí colocar en su soporte al volver del último viaje. El auto arranca sin inconvenientes. La tierra que lo cubre, principalmente por fuera, no impide que el motor funcione perfectamente. Al mirar hacia atrás, mientras maniobro para sacarlo de la cochera, alcanzo a divisar una media sucia de mi hija tirada sobre el asiento y un vaso de cartón en el piso. Hija de tigre. Al volver la vista al frente, re-descubro la pila de papeles, facturas y tickets amontonada sobre la guantera. Por las dudas, ni siquiera intento abrir la guantera.

Recorro el mismo camino todos los días. Al llegar a la oficina, los papeles desparramados están ahí, sobre el escritorio, donde estaban ayer, y antes de ayer y antes de antes de ayer. Hay un post-it color rosa pegado en el monitor. En el post-it está escrito un número de teléfono que no puedo recordar de quien es.

Saco la notebook de la mochila y miro de reojo a la informe masa de papeles que sigue allí dentro, oculta de la vista de los demás mortales. Recibos, facturas, boletas de luz, boletas de teléfono, revistas del cable se amontonan en plácida anarquía.

Trabajo durante todo el día. Anoto cosas en el pequeño pizarrón de mi escritorio. Hago listas en las cuales trato de priorizar lo que tengo que hacer, lo que no debo olvidar. La superficie blanca de a poco se va cubriendo de anotaciones, flechas, símbolos... gradualmente el desorden aflora, reinando también allí. 

Al volver a casa por la tarde, descubro que el desorden me siguió esperando pacientemente durante todo el día, allí donde lo dejé al irme a trabajar. Lo poco que mi mujer pudo haber acomodado por la mañana, se vuelve a desordenar en escasos minutos, como si nunca nadie hubiera intentado alterar esa capa consistente de caos que cubre la mayoría de las superficies de nuestro hogar. 

Después de cenar, mientras miro en la tele algún programa infantil con mis hijos, observo detenidamente los rastros del desorden. La mesa del comedor cubierta de papeles y útiles de mis hijos. Las bibliotecas con los libros cubiertos de más papeles. Los respaldos de las sillas cubiertos con ropas, toallas y repasadores.

Finalmente, como todas las noches, mientras me voy quedando dormido mirando el techo acostado en la cama, imagino que mañana voy a despertar y todo va a estar ordenado y yo voy a ser yo, pero un yo más prolijo.

Monday, March 3, 2014

El vaso del Picante

Ayer me desperté a eso de las 9:30hs. Llovía. Hacía varios días que llovía sin parar. Me levante tratando de no hacer ruido para que no se despierte mi hija. Una mancha de humedad en el techo del baño me mostraba cómo la lluvia había ido penetrando lentamente las distintas capas de nuestro techo.

Fui a la cocina para prepararme el desayuno. Miré el patio mojado por la lluvia por el ventanal de la cocina. Los jazmines amarillos al fondo del terreno formaban una cascada de verdes hojas y gotas cayendo hasta el césped. El cielo gris recortado por la copa de los arboles.
Prendí una hornalla y puse la plancha para hacer tostadas. Mire hacia la cafetera sin demasiadas esperanzas. Obviamente no había café hecho. Puse una servilleta de papel a modo de filtro. Busqué el frasco de café y cargué a ojo el equivalente a 3 o 4 pocillos. Busqué algún recipiente para cargar el agua y al mirar hacia mi izquierda vi el vaso de plástico celeste. Llené el vaso con agua de la canilla y cargué la cafetera. La encendí. En ese momento, todavía medio dormido, me di cuenta que no podía reconocer el vaso de plástico que sostenía en mi mano izquierda. Es decir, el vaso en cuestión, no era parte reconocible de la amorfa y diversa colección de vasos de plástico que mis hijos colectan y tunean con calcomanías sacadas de envases de yogur. Vasos de princesa. Vasos de Halloween. Vasos de la muñeca descerebrada de piernas largas y cintura diminuta. Vasos de algún superhéroe o personaje de dibujos animados.

Acerqué el vaso, mecánicamente. Lo puse frente a mí.  Era grande, alto. El típico vaso de cadena de cines, que permite a un niño servirse casi medio litro de gaseosa de una sola vez. Me llamó la atención el color celeste del plástico.  El lado que tenía hacia mí era liso, no tenía dibujos o inscripciones. Lo di vuelta lentamente y entonces lo vi, mirándome. El Picante Pereyra. El Picante repetido en fotos blanco y negro. El Picante saludando con el brazo derecho en alto. El Picante festejando un gol. El Picante tirando una chilena como solo él puede hacerlo. Debajo dos inscripciones: “Picante” y más abajo “por la camiseta”, “por el carnaval”.

¡Un vaso Pirata! ¡Un vaso de Belgrano de Córdoba! Como si dos neuronas hubieran hecho contacto de pronto en medio de mi cabeza, recordé que mi suegra había comentado durante la semana que el diario traía de regalo cada domingo un vaso dedicado a cada uno de los cuatro clubes de futbol de Córdoba. El vaso en cuestión debía ser uno de los vasos futbolísticos del diario. Siendo el único hincha de Belgrano de la familia, era lógico que el vaso terminara en casa.

Volví a mirar el vaso, con orgullo. Si me pudiera ver el Pelado, pensé. Le daría envidia. Se lo podría regalar. Después de todo él es el responsable, el culpable mejor dicho, que yo sea hincha de Belgrano. No de Talleres. No de Instituto. No de Racing de Nueva Italia. Hincha del Club Atlético Belgrano de Córdoba. El pirata cordobés. El celeste de Alberdi.

Originalmente, antes de venir a estudiar a Córdoba, yo había sabido ser, por mandato familiar, por herencia de mi abuela materna y mi tía, un hincha de Boca más. Era natural que viviendo en una provincia donde los clubes locales apenas podían aspirar a participar de algún campeonato regional o a lo sumo el Nacional B, uno se terminara haciendo hincha de alguno de los clubes grandes porteños. En este país claramente unitario en lo que a pasiones futbolísticas se refiere, uno terminaba encontrando hinchas de Boca, River o San Lorenzo en lugares alejados de la Capital, dispersos en la geografía nacional. Así podían encontrarse hinchas de River en la lejanía de La Quiaca, hinchas de Boca en lo profundo de La Pampa o hinchas de San Lorenzo o Independiente en la húmeda provincia de Misiones. En la mayoría de los casos, extrañamente, estos hinchas remotos, nunca habían pisado la cancha del club de sus amores. Era algo así como ser hincha a la distancia del Barcelona, el Real Madrid o la Juventus. Había casos extraños, merecedores de algún estudio sociológico, como el de mi propio padre o el padre del Pelado, quienes viviendo en Misiones y desafiando las generales de la ley, eran hinchas confesos de Estudiantes de La Plata. Previsiblemente, con el tiempo, el Pelado mismo resulto ser a su vez hincha de Estudiantes.

Cuando nos vinimos a estudiar a Córdoba, el Pelado, que de fútbol siempre entendió mucho más que yo, se hizo hincha de Belgrano. O sea, no es que dejo de ser hincha de Estudiantes, pero se las arreglo para hacerle lugar a la pasión por el pirata cordobés. De a poco, como por imitación, yo que no era un hincha muy fanático de Boca, me fui haciendo también hincha de Belgrano. Y mientras empezábamos nuestras carreras universitarias y aprendíamos a vivir solos en una ciudad nueva, íbamos aprendiendo también quien había sido la Chacha Villagra, donde quedaba el Gigante de Alberdi y cuantos clásicos con Talleres había ganado el celeste. 

Pasaron unos pocos años. De alguna forma avanzábamos en nuestras carreras universitarias. Nos habíamos acostumbrado a estar lejos de casa. Nos íbamos volviendo cordobeses. Tan cordobeses como un misionero pudiera ser. Los fines de semana jugábamos al fútbol. Los fines de semana escuchábamos fútbol en la radio. Y así pasábamos la vida. Hasta que un día, un puto día triste, el Pelado tuvo que volverse a Misiones. Y yo me quedé.

Pasaron varios años mas. Con el tiempo, empecé a ir de vez en cuando a la cancha. Vi al pirata jugar en Alberdi. Lo pude escupir a Graciani jugando para Argentino Juniors a través del alambrado de la popular. Estuve en el Chateau, en medio de los papelitos, el día que ascendimos contra Aldosivi. Vi jugar a Belgrano por la tele quinientas veces, renegando, puteando. Descendimos. Ascendimos.¡Vi a Belgrano descender a River en el Monumental! Y siempre, todo ese tiempo, cada vez que lo veía jugar al celeste, en algún lugar adentro mío, me acordaba del Pelado, mi amigo que me hizo ser hincha pirata y me lo dejo de regalo, naturalmente, como si hubiera nacido en Alberdi, cerca de la cancha...


El gorgoteo de la cafetera terminando de preparar el café me trae de vuelta. El Picante me sigue mirando con el brazo en alto. Definitivamente, cuando lo vuelva a ver al Pelado tengo que regalarle este vaso.

Thursday, February 27, 2014

Spanglish III

A ver... sigamos con la historia del profe y la alumna... unos días despues


Estaba leyendo el diario por Internet cuando vio la noticia: “Whatsapp fue comprado por Facebook”. Automáticamente se acordó de ella. Había demorado todo lo posible el reencuentro, el siguiente contacto. La época de exámenes había ayudado un poco. Hubiera sido bastante incomodo, al menos para él, encontrarla de nuevo en la facultad, después de aquella noche. Además, sabía que ella lo iba a fulminar con la mirada en cuanto lo viera. La conocía lo suficiente como para saber que no le había hecho gracia su huida furtiva en la madrugada. No es que fuera una mina romántica que esperaba que la despertaran llevándole el desayuno a la cama. Aunque sea podría haberse despedido.

Decidió llamarla. De todas formas tenían que volver a verse. Quería volver a verla. Una parte de él había pasado los últimos días pensando en ella. Su imagen estaba ahí, flotando todo el tiempo en su mirada, como interfiriendo en su visión del mundo. Busco el celular en el bolsillo del saco. Lo tomo con la mano derecha y dibujo el patrón de desbloqueo. Abrió la lista de contactos y busco su nombre. Su contacto solo tenía cargado el teléfono, sin foto ni mail. Presiono el botón verde de llamar mientras se llevaba el teléfono al oído. Después de unos segundos escucho el tono de llamado. Uno, dos, tres, cuatro tonos y después el mensaje impersonal del contestador: “tres, cinco, uno, dos…”. Corto antes de llegar al “…no está disponible…”.

Estaba seguro que ella no lo iba a llamar. Y él tenía ganas de volver a llamarla. Una y otra vez. Hasta que pudiera volver a escuchar su voz del otro lado de la línea. Y quería volver a verla. Y mirar sus ojos y sus piernas delgadas. Y sus manos con esos anillos que a él le gustaban tanto.

Sabía que ponerse cargoso, después de varios días de no verla, de esquivarla, no era la mejor idea. Se sentía un adolescente pelotudo corriendo detrás de la minita que le gusta. Corrección, se sentía como era él cuando adolescente y una minita le gustaba. Los adolescentes de ahora ya no hacían esas cosas. El interés en una persona, una relación, es de pronto efímero, volátil. Como si no pudieran mantener la atención en algo que no fuera un teléfono celular por más de 5 minutos. El los veía llegar en los primeros años de la facultad, prendidos a sus móviles, chateando sin levantar la cabeza, conectados entre sí en alguna de las redes sociales de turno. Y trataba de acercarse a ellos. Remover barreras. Establecer contacto. Entender ese mundo de ansiedad permanente. Solo hoy. Todo ya. Hay que viajar ya. Conocer gente ya. Encontrar alguien que te gusta ya.

Y un día llego ella. Él la vio y lo primero que pensó fue que era la típica nena de papa. Malcriada. Intuyó que ella iba a buscar siempre y a cualquier precio ser el centro de atención. Podía recordar su pelo largo suelto. Su suéter azul casi eléctrico. Jeans gastados. Botas marrones. Flaca. La vio caminando rápido por un pasillo, viniendo hacia él y en ese momento alguien, otro de sus alumnos, la llamo y se acerco para presentarlos.

Después empezaron a verse en clase y resulto que ella no solo era linda, con esa lindura imperfecta tan propia de ella, sino que además era muy inteligente. Y tenía un sentido del humor bastante ácido. Y de a poco el se fue encariñando con ella. Y paso a ser su favorita en la clase. Y afuera de la clase. Y cuando se cruzaban en un pasillo  de la facultad, el se detenía y se quedaban charlando, de cualquier cosa. Y si él pasaba por la puerta del bar de la esquina de la facultad y la veía sentada adentro, automáticamente entraba, pedía un café y se sentaba a mirarla.

De alguna manera, ella se dio cuenta. En algún momento sus miradas se cruzaron y ella se dio cuenta. Y contra todo pronóstico, en vez de rechazarlo, de a poquito le empezó a dar señales, tibias, vagas. Y él la siguió mirando, buscando. Y se empezaron a encontrar fuera de la facultad. Una vez. Varias veces. Y él le hablaba de cine y de libros. Y ella le hablaba de los viajes que había hecho y los que quería hacer. Y aunque casi no tenían nada en común, podían pasar horas hablando, simplemente mirándose.

En algún momento a él se le había disparado una alarma interior que le decía que eso que estaba empezando a pasar cuando estaba con ella, cuando la miraba, estaba mal. El ya conocía esa alarma. No era la primera vez que le pasaba. Podía recordar otras alumnas que habían causado cuadros similares en el pasado. Una parte de él decidió ignorar la alarma. Otra parte empezó a sentir culpa. Y para esa época fue que empezó a soñar con ella.

La vibración del teléfono en el bolsillo lo trajo de vuelta. Era ella, devolviéndole la llamada.

Friday, February 14, 2014

Día de San Valentín

14 de Febrero. Día de San Valentín. Día de los enamorados. Para muchos una fecha más en el calendario de días festivos creados / publicitados / masificados a instancias de diversas ramas del comercio que ven en este festejo una oportunidad más de vender chocolates, flores, tarjetas y cualquier otra mercadería que se les ocurra que puede representar el amor que una persona siente por otra.

En mi caso particular, el día de San Valentín tiene una connotación bastante especial. Para nosotros, el 14 de Febrero no es solo el día de los enamorados. Para nosotros, también es el día en  que nació nuestra perra Valentina, hace varios años; como un pequeño milagro, saliendo de la panza de su mama un día más tarde que el resto de sus hermanos cachorros. Y también es el día en que me di cuenta, también varios años atrás, que estaba enamorado.

No sucedió en un boliche, mientras descubría el tatuaje en su hombro o sus largas piernas bajo la minifalda. No fue en una playa paradisíaca caminando bajo el sol agarrados de la mano. No tuve una revelación al despertar, después de pasar la noche juntos.

Lo mío ocurrió en un sanatorio. Específicamente en el pasillo de un sanatorio. Un lugar de mierda para pasar el día de San Valentín, o cualquier otro día. Mientras la despedía soltándole la mano para que la camilla se la llevara al quirófano, me di cuenta ahí, de golpe, que me estaba quedando solo. Solo en ese pasillo. Solo en el mundo.

Habíamos pasado la noche anterior dando vueltas entre la guardia del sanatorio y una habitación donde la internaron, preparándola para una eventual operación de urgencia. Los médicos de la guardia con cara de cagazo nos mandaban a hacer un estudio atrás de otro, ecografías, análisis; tratando de acertar un diagnostico que explicara que hacíamos ahí, en la guardia de un sanatorio, rodeados por accidentados y gente descompuesta, mientras el resto del mundo festejaba su amor. Y el diagnostico de los médicos iba cambiando, variando, mutando, hasta que se fue definiendo en una frase que incluía palabras como “ectópico” y “hemorragia”.

Y todo el tiempo yo la acompañaba. La acompañé. Tomándole la mano. Tratando de mantener la calma. Tratando  de mostrarme calmo. Perdiendo la noción del tiempo a lo largo de esa noche larga. Aferrándome a su mano, como si al soltarla el que pudiera perderse fuera yo. Yendo y viniendo por los pisos y pasillos del sanatorio.

Y terminamos en la habitación. Y llegó la mañana. Y la luz. Y vino un médico que se presento como el médico que la iba a operar. Y yo lo saludé y escuché como un autómata lo que nos explicaba. Y era como que estaba muy lejos, como si estuviera viendo / escuchando al médico a miles de kilómetros, a través de una transmisión vía satélite.

Y después vino una enfermera y me pidió que saliera de la habitación para que pudiera preparar a mi mujer para la operación. Y yo salí de la habitación. Y me encontré con mi suegro. Y mi suegro tenía una cara de calma / cagazo igual a la mía. Y los dos nos quedamos quietos, callados, mirando el piso del pasillo. Y después vino la camilla. Y se la empezó a llevar para el quirófano. Y la acompañamos. La acompañé hasta una puerta donde me dejaron despedirme. Y ahí le dí un beso y la miré, la carita bajo la cofia blanca que le habían puesto y le solté la mano, despidiéndome. Y ahí, en ese momento, como recordando de golpe algo que siempre había sabido, me di cuenta que estaba enamorado de esa mujer que hacia años tenía a mi lado.



Hoy es 14 de Febrero otra vez y este texto es mi regalo para ella. Sé que en algún momento lo va a leer y no me va a decir nada. Al menos no inmediatamente. Quizás más adelante. En algún momento vamos a hablar como al pasar de las cosas que escribo y ahí tal vez si se anime a decirme si le gustó.

Thursday, January 23, 2014

Tuesday, January 14, 2014

La niña que dibujaba

Breve texto inspirado en mi hermana pequeña...



Ella dibujaba desde que tenia memoria. Sus primeros recuerdos borrosos de infante tenían como protagonistas a los monigotes, palotes, animales y familiares que dibujaba con sus pequeñas manos. Dibujaba, pintaba con las manos, con crayones de colores, con marcadores, en las paredes, en el piso, en alguna hoja de papel. Dibujaba y comía. Dibujaba y jugaba. Dibujaba y soñaba que de su corazón salían animalitos y duendes redondos que cobraban vida y le hablaban y la dibujaban a ella también.

Cuando le toco ir al colegio, siguió dibujando y los dibujos se volvieron mas variados y mas hermosos. Aunque Matemáticas, Lengua, Geografía y todas las demás materias que no eran Plástica, no le costaban demasiado, tampoco lograban distraer su atención de los dibujos. Y es que en sus cuadernos siempre había dibujos; tigres azules y elefantes grises entremezclados entre oraciones, sujetos y predicados, una familia de esquimales entre sumas y restas, un castillo encantado de muchos colores medio escondido en un mapa.

Al empezar la secundaria pareció que su interés por los dibujos comenzaba a mermar. Su atención de adolescente era disputada por temas tales como la moda, que vestido ponerse, los chicos, el amor, las amigas, la música, los bailes, el boliche. Pero de alguna forma, de a poquito, en ocasiones especiales, los dibujos seguían surgiendo de sus manos, de su cabeza, de su corazón. Y esperaban. Esperaban que ella volviera a ser / dibujar como antes.

Y cuando se fue de su casa a estudiar una carrera universitaria, siguiendo el mandato materno, naturalmente eligió Bellas Artes. Y ahí si, los dibujos y ella supieron que nada, pero nada, la iba a volver a distraer. Y siguió dibujando. Y los dibujos se volvieron mas complejos, aun mas hermosos. Y cuando termino la carrera y se recibió, se dio cuenta que había gente que estaba dispuesta a pagarle por dibujar. Y aunque muchos de los dibujos e ilustraciones que tenia que hacer en las agencias y estudios no eran realmente de su agrado, no dejaban de ser dibujos y pasaban a través de sus manos y sus ojos casi con naturalidad, como si hubieran surgido de su propio ser.

Y llego un momento en que decidió dibujar solo lo que ella quisiera. Y empezó a hacer experimentos como dibujar lo que la música, que un grupo de amigos tocaba en vivo, le iba sugiriendo. Y se animo a presentar sus dibujos como obras de arte. Y cuando alguien le pregunto un día en una exposición que escuela seguía y cual era la base conceptual de su arte, ella solo atino a contestar con una sonrisa tímida: "no se, yo solo dibujo desde que era muy chica... creo que desde siempre". Y es que ya para esas alturas claramente se había dado cuenta que para ella dibujar era como respirar. Y volvió a dibujar y comer. Dibujar y jugar. Dibujar y dormir. Y un día me confeso que cuando dormía también seguía dibujando. Dibujando en sueños sin sus manos, sin sus ojos, solo con su corazón, como cuando era niña.

Saturday, December 14, 2013

Spanglish II

Me había quedado pensando en como les fue a la pareja del Jefe de Cátedra y su alumna cuando salieron del bar (Spanglish)...


Abrió los ojos lentamente. Intento reconocer el lugar en la oscuridad. Esta no era su cama. El cuerpo a su lado no era el de su mujer. Reconoció las curvas de la cadera bajo la sabana. Se acerco lentamente a ella y sintió su olor. La mezcla del aroma de su piel con el perfume que él había empezado a reconocer en los pasillos de la facultad varios meses atrás.
Se dio cuenta que estaba despierto cuando el sentimiento de culpa le broto del pecho hasta la boca. Una parte de él quería gritar, aullar en la oscuridad que esto estaba mal. Estaba mal, el no tenía que estar ahí, en esa cama con ella. El universo acechando otra vez.

Se quedo mirando el techo mientras pensaba. Pensaba en que esto no podía estar pasando. No podía ser que la alumna brillante de su clase que podía tener cualquier pendejo que quisiera pudiera haberse enganchado con él. “Enganchado”. Definitivamente estaba encarando la cosa desde el punto de vista incorrecto. Solo habían coqueteado / histeriqueado un poco en la facultad, un poco mas fuera de la facultad y habían tenido sexo una vez, esa noche. No significaba nada. O si. Para el sí. Para el significaba algo, mucho. Ella era realmente tan hermosa / desnuda como la había imaginado. Perfecta / Imperfecta.

La volvió a mirar en la oscuridad. Ese cuerpo dormido representaba cierta especie de revancha. El final de años de quedarse con las ganas. Salir de su refugio de intelectual reservado. ¡Cagón! le hubiera gritado ella si estuviera despierta y pudiera leerle la mente. Por un instante, imaginó que  a partir de su aventura con ella, muchas otras minas, pendejas, lo empezaban a acosar. Como si fuera un Bukowski sub-desarrollado que a mitad de camino deja de ser solo el jefe de una cátedra para volverse un tipo interesante, una especie de curioso juguete que hay probar.

Imagino el lugar común de sus ex novias cruzándolo en la calle, saliendo de un bar con ella de la mano. Sus caras diciendo ¡Que hijo de puta! - Era tan aburrido, tan poca cosa cuando estaba con nosotras.

La culpa lo volvió a traer al presente, a la real realidad de esa habitación de un departamento que no era el suyo.

Se levanto despacito. Busco la ropa desparramada por el suelo y se vistió tratando de no hacer mucho ruido. Encaro para la puerta mientras pensaba qué carajo le iba a decir a ella la siguiente vez que la viera y salió al pasillo en silencio, buscando la madrugada.



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Se despertó con el acto reflejo de manotear el celular. Un mensaje entrante. Whatsapp probablemente. Ya era de día. La luz filtrándose intensa por los bordes de la cortina de blackout, recortando el rectángulo de la ventana. La cama revuelta. Los recuerdos que se empezaban a filtrar a través del sueño y una leve resaca. No se dio cuenta cuando él se fue. Hijo de puta, no se despidió. Se escapo en medio de la noche mientras ella dormía como una morsa. Su papa siempre le había dicho así cuando ella era chica, que dormía como una morsa, como fuera que durmieran las morsas.

Se froto un poco los ojos y miro la pantalla del celular. Mensaje de Whatsapp. El grupo de compañeros de la facultad. Joda esta noche en lo de Mariela. Otro mensaje. Mensaje privado de Facebook. Gustavo te quiere ver. ¿Qué le pasa a este pibe? Que tuviera novia no le molestaba. Era más bien esa indefinición permanente. En la cama la pasaban bárbaro, pero es como que a ella eso le estaba empezando a resultar insuficiente y cuando lo encaro para hacerle la clásica pregunta ¿nosotros que somos?, el vago se fue en rodeos y terminaron peleados por unos días. ¿Qué le pasaba a ella con este pibe? Normalmente lo hubiera mandado a cagar a la primera, pero por alguna razón que no entendía muy bien, seguía aguantando esa situación chota que la ponía en un lugar incomodo. 

Pensó que hubiera dicho el profe al respecto. El profe le hubiera hecho una pregunta, la hubiera mirado con esos ojos con que la miraba siempre y le hubiera dado una explicación que seguramente no le iba a gustar, pero que estaba segura que era racional / correcta. Eso le gustaba del profe, no lo de la respuesta correcta, fundada en su conocimiento de los libros y la vida, sino lo de la forma de mirarla. La primera vez que se dio cuenta de cómo él la miraba, fue una vez que estaban conversando con otros compañeros en el bar de la facultad y en un momento, mientras discutían sobre el uso político del discurso o algo por el estilo, cuando ella fue a buscar la mirada de él, descubrió que él miraba sus piernas, disimuladamente. Y volvió a buscar esa mirada puesta en ella, una y otra vez. Y de a poco ella también fue dando algunas señales, y juntos fueron dejando un rastro de miguitas que los llevo de una u otra forma hasta la noche anterior. Y recordó la mirada de él mientras hacían el amor. Y recordó el sueño que él le contó después.

Había soñado que la encontraba desnuda en el pasillo de la facultad y todos estaban alrededor, compañeros, profes, señalándola, riéndose, sacándole fotos con sus celulares. Y el se abría paso entre todos y la cubría, protegiéndola, apartándola de las miradas. Y el sueño terminaba cuando él la miraba a los ojos y se daba cuenta que ella sonreía, disfrutando ser el centro de las miradas.

Otro mensaje. ¿El profe? El profe no usaba el celular. No como ella. Eso también le gustaba.

Sunday, November 24, 2013

El ultimo partido del Norte contra el Sur

Esa noche hacia frío, mucho frío. Creo que termino siendo la noche más fría del año. A nosotros se nos ocurrió jugar el clásico partido de los jueves en una cancha que quedaba lejos, bien lejos, pasando la circunvalación, como saliendo para Río Cuarto.

Llegar a la cancha desde la oficina me termino llevando casi una hora. Cuando baje del auto para abrir el baúl y sacar el bolso me di cuenta del frío. No era un frío polar de película, de esos que te congelan la punta de la nariz, o las orejas. Era un frío de vaporcito saliendo de la boca, mucha humedad, se podía ver el rocío cubriendo el pasto de la cancha.

No había vestuario o algo parecido que estuviera abierto en las precarias instalaciones que se veían al fondo. A cambiarse al auto. Un poco más de frío subiendo por las piernas mientras me sacaba el pantalón y me ponía el short de fútbol. Me puse una camiseta azul y roja de mangas largas de algodón y un polar azul encima. Medias blancas y los botines, medio baqueteados por varios años de picados semanales. Algo así como una lejana estampa de futbolista. El típico oficinista que de vez en cuando siente que puede pararse frente a un tiro libre con las manos en la cintura, mirando al arco y a la pelota como si realmente pudiera pegarle y ponerla donde quiere. Cuestión de actitud.

Similares atuendos y actitudes se repetían a medida que los vagos bajaban de los autos y se acercaban caminando lentamente. Caras de “¿cómo mierda se nos ocurrió venir a jugar hoy acá?”. Intercambiamos saludos mientras amontonábamos los bolsos a un costado de la cancha. De poco nos fuimos metiendo  en la cancha y empezamos a trotar en grupos de 2 o 3.

Importante precalentar adecuadamente, sobre todo en mi caso que hacía varios meses que no jugaba al fútbol más que en la Playstation de mi hijo. Algo así como mi regreso a las canchas. Dimos 2 o 3 vueltas a la cancha bajo el garrotillo que empezaba a caer despiadado sobre nuestras cabezas. Elongar, estirar bien los músculos de las piernas, tratando de evitar el tirón traicionero al tratar de llegar a una pelota dividida o al pegarle furiosamente al arco. El recuerdo en el cuerpo de tantos entrenamientos cuando pendejo, corriendo en noches como esta, mojándote al caer al piso, golpeándote y sintiendo el cansancio en cada respiración.

Unos piques finales y a pegarle un poco a la pelota. El Seba me la paso despacito, rastrona y le pegue por primera vez en mucho tiempo. La pelota voló hacia el arco vacío y termino dormida en la red. Buen comienzo. No me desgarre en ese primer contacto. El Santi busco la pelota dentro del arco y después de pegarle un puntazo dijo: está muy liviana, parece un globito… Algunos asintieron con la cabeza. A mi se me escapo una sonrisa. Nunca pude darme cuenta cuando la pelota estaba adecuadamente inflada.

Empezamos a acercarnos al círculo central, que en este caso era imaginario porque las marcas de cal, si es que alguna vez las hubo, ya no estaban allí.
-      - ¿Cómo jugamos? – pregunto Emiliano.
-      - Norte  contra Sur, como siempre – respondimos varios.
-      - Y… si se la bancan… – dijo el Seba, empezando a cagarse de risa.

Y es que era para cagarse de risa. Los del edificio Norte éramos más viejos y más chotos. Secretamente creíamos que podíamos dar el batacazo, pero generalmente terminábamos perdiendo ante el buen juego del Seba y los demás pendejos del edificio Sur. El Seba era lo más parecido a un jugador profesional que teníamos en la empresa. La leyenda contaba que el mismo se había comprado el pase en la época que jugaba en el equipo de la Universidad, en Buenos Aires.

Nos repartimos 11 para cada lado. Norte y Sur. Buscando la posición más adecuada para cada uno y su estilo de juego. Acordando con los compañeros como y donde íbamos a jugar cada uno. Yo me pare de lateral izquierdo. En otro momento me hubiera parado en la mitad de cancha, tirado a la derecha como un 8 de los de antes. Pero preferí jugar abajo, como para tratar de disimular mi  falta de estado y evitar tantos estragos en el rendimiento general del equipo. Y es que ya con el precalentamiento me había dado cuenta que iba a ser prácticamente imposible completar decorosamente la hora entera de partido.

Empezó el partido. Movieron ellos. A mí me toco marcarlo a Emiliano. El petiso corría como un animal. A los 5 minutos, en la primera pelota que le tiraron a mi punta, se la alcance a tocar de pedo, mandándola al corner, justo cuando ya se me iba solito. Esa primera corrida bajo la noche fría me dejo completamente sin aire. Era como que con el vaporcito que me salía de la boca se me iba yendo no solo el aire sino también la vida.

Despejamos el corner y la reventamos para arriba. A correr a mitad de cancha. Matías y un amigo que había invitado para que pudiéramos completar los 11 la empezaron a llevar para el arco de ellos. Iban tocando y triangulando hasta que chocaron de frente con los marcadores centrales.

El partido siguió parejo, raro. Inexplicablemente no nos pudieron hacer un gol hasta pasada la media hora. Creo que fue el Seba de cabeza el que abrió el marcador.

Seguimos aguantando. Seguí aguantando en mi porción de la cancha, viendo como el partido se desarrollaba lejos, mayormente en mitad de cancha. Hasta que en una jugada Matías y su amigo volvieron a intentar una pared frente a los defensores del Sur y esta vez la pelota si paso limpia en el último pase y Matías la clavo solo frente al arquero. Breve festejo  con escasos abrazos y a aguantar otra vez.

Mientras volvíamos para nuestro lado de la cancha nos miramos entre todos. A esas alturas, para nosotros, en esa noche helada, un empate era como ganar el mundial.

Seguimos aguantando. El equipo entero marcando y mordiendo, tratando de anticipar en cada jugada, porque cuando estas tan falto de fútbol, si te pasan ya no hay recuperación posible. Los 11 aguantando como equipo y yo tratando, de mi lado de la cancha, que no se me escapara Emiliano y que no me diera un bobazo.

Y cuando ya faltaban solo 10 minutos, hicimos otro gol. Creo que fue de cabeza. No puedo recordar exactamente quien hizo el gol. Debió haber sido por el cansancio ya insoportable a esas alturas o a lo mejor por la falta de oxigeno.

Y terminamos aguantando el 2 a 1, cagados de frío, y cuando el encargado de la cancha vino a decirnos que se termino, que se había cumplido la hora, nos miramos y festejamos. Festejamos de golpe, a los gritos, como si hubiéramos ganado un campeonato. Festejamos porque habíamos ganado uno de esos partidos que si lo volvíamos a jugar 50 veces lo perdíamos las 50. Festejamos mirándonos cómplices, porque cuando uno esta tan hecho mierda, tan alejado del fútbol, sabe lo que vale aguantar un partido entero contra pendejos a los que les llevas 15 años de edad. Festejamos porque sabíamos que los íbamos a gozar por lo menos hasta fin de año. Y no les íbamos a dar revancha. Iba a ser el ultimo. Y festejamos porque en esa noche fría y húmeda, íbamos a volver a casa y le íbamos a poder contar a nuestras familias como fue que ganamos el partido contra los del Sur, aguantando hasta el final.

Saturday, November 16, 2013

Cuando nos encontramos...

Afuera sonaban las cacerolas. Adentro nosotros nos acurrucábamos abrazados, llorando despacito sin entender porque. Las torres habían caído hacia 3 meses mientras nosotros empezábamos nuestra historia de amor.
Como entender todo lo que pasaba alrededor mientras nosotros mismos todavía no terminábamos de entender, de procesar la alegría, la emoción inmensa que nos provocaba el habernos encontrado. Como si hasta ese momento hubiéramos sido 2 náufragos flotando en un mar de gente sin poder encontrarnos. Hasta que nos encontramos. Y nos miramos. Y el mundo exploto a nuestro alrededor. Y siguió explotando. En colores. En blanco y negro. Muy rápido. Muy despacio. Con nosotros dos abrazados en el centro, llorando despacito.

Saturday, October 5, 2013

Los diablos y Angel

El abuelo de Marcos se llamaba Ángel. La abuela de Marcos, en realidad cualquiera que hubiera conocido un poco al abuelo, hubiera dicho que era una locura que se pudiera llamar Ángel un tipo que desde su más tierna edad siempre fue una especie de demonio. Y es que el abuelo siempre fue una persona de esas difíciles de tratar. Un personaje exuberante, loco, desbordado por un montón de diablos que tenía adentro. Un hombre grandote con un montón de diablos que se habían ido escondiendo, ocultos / no tan ocultos en fragmentos / recuerdos de cosas que le habían pasado y que había hecho a lo largo de toda una vida. Diablos que a menudo estallaban incontenibles, arrasándolo todo a su alrededor.
A lo mejor había sido el hecho de criarse guacho. El haber sido separado muy pronto de su madre. La vida dura en el pueblo y el campo, allá lejos en Europa. El hambre que los acorralaba robándoles el sueño a los niños, las esperanzas a los padres. Los castigos de los abuelos que no eran abuelos. El hambre. El hambre. El hambre…
Y después, un periodo oscuro. Alguien, creía que la abuela, alguna vez le hablo de como el abuelo, siendo adolescente se escapo de la casa, de la vida dura, eligiendo su propia vida, mas dura aun. Y como se fue por los caminos de un país que empezaba a estallar para buscar algo que no sabia que era.
Y después de varios años, la guerra. Guerra contra hermanos, tipos que hablaban su mismo idioma. La guerra como una forma estúpida de encontrar eso que seguía buscando. Un montón de anécdotas. Un montón de diablos más. Extrañamente, el abuelo Ángel, que nunca hablaba de su infancia y su adolescencia, si hablaba de la guerra. De la muerte. Los amigos que fueron muriendo. Desapasionadamente, y esto si era extraño en el, relataba como su amigo Mario se desangro a su lado en una noche fría de Noviembre y como el solo se quedo callado, quieto, mientras a su amigo la mirada se le iba perdiendo en la oscuridad.  Y contaba como mato a un hombre, como le disparo con su fusil, hiriéndolo de muerte. Y explicaba como eso no tenia nada de heroico, ni de dramático, como su vida no cambio a partir de ese momento. Era solo un episodio más de una crónica distante.
Y después de la guerra, la derrota. Un campo de concentración. Un pedazo de terreno en medio de la nada, alambres de púa, algunas carpas y gente desparramada aquí y allá, olor a mierda en el aire. Robarle la comida a los más débiles. Golpear, pelear en el barro. Barro y mierda. Más diablos. Alguien, el mismo, haciéndose pasar por loco para zafar. Zafar. Alguien abrió la jaula y el y los diablos salieron corriendo.
Y después el viaje. Cruzando el mar hasta un lugar que quedaba muy lejos. Nunca entendió muy bien como carajo vino a terminar acá. Tan al sur. Tan lejos de todo.
Y los trabajos, trabajos de mierda. Y los viajes recorriendo su nuevo país. Y después el pueblo. Y el taller. El taller que Marcos recordaba de memoria, de cuando todavía se podía pasar los veranos en compañía del abuelo. El taller del pueblo donde se arreglaban los autos, los camiones y los tractores con 2 o 3 herramientas, porque todo se podía reparar con 2 o 3 herramientas. Le dabas a un hombre un martillo, una pinza y un destornillador y podía cambiar el mundo, o al menos tratar de arreglarlo.
Y después conoció a la Abuela. Esa mujer de campo que se le acerco. Esa mujer que lo tomo de las manos y sintió los diablos corriendo dentro de él. Esa mujer que se sometió, en todos los sentidos, a la locura, a los diablos, al amor de ese hombre loco que lo quemaba todo a su alrededor, desgarrando, golpeando, gritando noches enteras.
Y tuvieron 2 hijos. Y los criaron. A la manera de ellos. El con locura, amor y dolor en partes iguales. Ella tranquila, como buscando compensar tanta intensidad arrasadora. Aguantando, aguantando a que los chicos crecieran. Hasta que decidió que ya había sido suficiente y que todavía podía vivir un tiempo más con lo poco que el fuego le había dejado y se fue. Y los dejo a los 3. 
Y la mama de Marcos, que era la hija más chica, termino el secundario y se fue a estudiar a la ciudad y dejo detrás a su padre Ángel, y al fuego y a los diablos. Y el abuelo, solo otra vez, empezó a tratar de sacar a los diablos. Y empezó a escribir. Con manos de mecánico, manos de taller. Y los diablos asomaban la cabeza entre las palabras que los lápices escribían sobre el papel. Y cuando alguien leía las palabras, las poesías desaforadas, los diablos le soplaban fuego y cenizas en los ojos y todos terminaban llorando, apretándose el corazón con las 2 manos.
Y cuando las palabras no fueron suficientes, Ángel empezó a dibujar y a pintar, con las manos de mecánico. En papeles blancos, en las paredes, en telas. Con colores vivos, con blanco y negro, con su sangre. Y los diablos asomaban, ahora de cuerpo entero, por entre las plantas de las selvas que él iba pintando. Selvas llenas de animales imposibles, animales salvajes, hombres locos y los diablos. Y cuando alguien miraba las pinturas, los dibujos, los diablos lo quemaban un poco con sus ojos rojos y todos se alejaban gritando, agarrándose la cabeza con las 2 manos.
Y despues, cuando tambien la pintura no fue suficiente, el abuelo demonio incansable aprendió a tocar la guitarra. Aprendió solo y empezó a cantar a los gritos. Y las canciones que cantaba, eran canciones que todos conocían, pero que cuando el las cantaba eran distintas. Aunque el repetía las letras que había aprendido de tanto escucharlas, las palabras salían cambiadas, cambiadas por los diablos que gritaban, aullaban en la voz de Ángel. Y los que lo escuchaban cantar / gritar en medio de la noche, en medio de la siesta, quedaban como tontos tomándose los oídos, incrédulos.

Y finalmente, un día el abuelo Ángel se murió. Y Marcos, cuando se entero, la miro a su mama, la hija más chica y le pregunto: ¿Que va a pasar con los diablos del abuelo? ¿Quien los va a cuidar ahora?