Rejunte de textos cuasi biograficos, cuentos, cuentitos, cronicas y divagues varios
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Sunday, July 10, 2016
Spanglish VIII
No se vieron esa misma noche. Al final él no la llamó. Pasaron unos días en los que solo mantuvieron contacto esporádico por Whatsapp. El seguía con su rutina, yendo a la facultad y tratando de hacerse a la idea de que ella había vuelto.
Quedaron en verse en el departamento de ella, unos días mas tarde... a la tardecita, como para tomar unos mates.
El llevó unas facturas de la panadería Futura. No le quedaba de paso, pero esas facturas lo volvían loco. Las facturas que tenían una cereza arriba, tenían una cereza en almíbar de en serio y no esas bolitas de gelatina que la mayoría usaba ahora.
Se sentía festivo. Recorrió las últimas cuadras hasta el edificio de ella casi sonriendo, livianito... Llegó a la puerta del edificio. Tocó el portero. Pasaron unos segundos y ella atendió. Empujó la puerta cuando ella le abrió y atravesó el lobby del edificio. El guardia no estaba. Habían cambiado los cuadros de las paredes.
Se paró frente a los ascensores. Presionó el botón de la derecha. Esperó que el ascensor llegara a la planta baja. Cuando la puerta se abrió, entró rápidamente mirándose en el espejo. Estaba barbudo y tenía cara de cansado, pero seguía sonriendo.
Llegó al piso de ella. Al abrirse la puerta del ascensor, caminó hasta la puerta del departamento y tocó el timbre. Ella abrió la puerta.
- Hola. Pasá, pasá... - le dijo ella, mientras agarraba el paquete de las facturas. - Voy a poner esto en una panera.
- ¿Tenés listo el mate? - alcanzó a preguntar, mientras la veía irse hasta la cocina.
- Si, está listo... ahora lo llevo - Contestó ella desde la cocina. Cebaba unos mates riquísimos. Amargos. Con el agua bien caliente.
Ella volvió de la cocina con una bandeja con el mate y una panera de mimbre con las facturas. Apoyó la bandeja en la mesa ratona. Se sentaron en el sillón de cuero gastado.
Ella preparó el mate en silencio. Cebó un poco de agua en una pequeña tacita, esperando que el agua se enfriara un poco. Ella le había enseñado que el primer mate tenía que cebarse con agua tibia para que la yerba no se lavara tan rápido y el mate durara más.
Se miraron durante unos largos segundos. Y sonrieron. Con los ojos.
- Te extrañé mucho... ¿sabías? - dijo ella sin dejar de mirarlo... cebando el mate con la tacita de agua tibia.
- mmm... no sé... me parece que estuviste muy ocupada viajando y paseando - contestó él.
- Más o menos... no tan ocupada... - dijo ella y tomó el primer mate, tibio.
- Yo también te extrañé - dijo él - es no termino de acostumbrarme a los mensajes, el chat... prefiero charlar, conversar...
- Uh... sonás como mi vieja - dijo ella pasándole un mate con espumita.
El se quedó mirándola mientras tomaba el primer mate. Ella agarró una factura. La forma en que agarró la factura era tan propia de ella, tan característica. Sosteniéndola con la punta de los dedos. La miró masticar. Y después le miró la panza. La panza que empezaba a asomar en medio de la pequeña mujer.
Ella lo miró. Vió la mirada de él clavada en su panza. Esos ojos dulces. La sensación de tranquilidad. Tomó el mate que él había dejado sobre la mesa ratona, distraído. Cebó otro mate.
- ¿Te gusta mi panza? - preguntó mientras acercaba la bombilla a sus labios.
- Si... me gusta mucho tu panza... es redondita... chiquita... - contestó él mientras se acercaba a ella.
- Sentí...tocala... - dijo ella mientras le tomaba la mano y la apoyaba sobre la panza.
El dejó la mano apoyada sobre la panza chiquita y de a poco fue acercando la cara, como si quisiera conversar con la panza. Apoyó una mejilla. Después el oído, como si la panza le fuera a contar un secreto.
Ella sonrío mientras veía como él tocaba despacito la panza a través de la tela de su remera. El acomodó la cabeza en su regazo y se fue quedando quietito, en silencio, sin dejar de oír lo que la panza tenía para decirle.
Así pasaron varios minutos y de a poco el se fue quedando dormido. Solo fue un ratito. Pero en ese ratito, el soñó que la panza le hablaba. La panza iba a ser una nena. Iba a jugar en una plaza. Iba a tener el pelo lacio como su mamá. Y un día lo iba a encontrar y le iba a tomar la mano, con su mano chiquita, igual que como lo hacía su mamá. Y le iba a contar las historias que su mamá le contó de él. Las historias del profe de la mirada mas dulce del mundo.
Sunday, August 9, 2015
Spanglish VII
Entró a la facultad en piloto automático. Su mujer lo había
dejado a la vuelta como siempre y él recorrió los 150 metros que lo separaban
del ingreso caminando como un robot, con la mente absorta tratando de recordar
lo último que había soñado esa mañana.
Recorrió el hall de ingreso. Saludó con un gesto a uno de sus alumnos. Empezó a tomar conciencia de lo que pasaba a su alrededor, despertando, empezando a interactuar con el mundo. Caminó por el pasillo buscando su “oficina”, un escritorio al fondo de la habitación que la cátedra tenía asignada al fondo de la planta baja.
Al llegar al final del pasillo, antes de doblar a la derecha, se detuvo delante del transparente de la cátedra, buscando la fotocopia con las fechas de los próximos exámenes. Mientras repasaba mecánicamente el anuncio de una charla con invitados ilustres que había pasado hace como un mes, la vió. La vió con el rabillo del ojo. Parada a su derecha. Giró lentamente la cabeza. Ella lo miraba.
Todo el tiempo que había pasado, todo el olvido que gradualmente se había ido amontonando sobre los dos, se desvanecía, se disolvía…
Ella sonrió. Se acercó. Le dió un beso en la mejilla. El sintió sus labios tibios por un instante. Ella dijo: Hola… despacito, mientras le tomaba la mano.
Él la miró parada a su lado. El pelo largo, recogido a medias. Cara lavada, brillante. Vió / sintió como su mano se extendía para acariciarla, tocar su mejilla. En ese momento se dio cuenta. Recordó a un tío que decía que las mujeres eran más hermosas cuando estaban embarazadas.
-¿De cuánto estas? – preguntó él con una voz que apenas reconoció como suya.
- De 4 meses… contestó ella, con una sonrisa en la cara, en los ojos.
- Estás… muy linda… - dijo él, mientras veía como su mano derecha abandonaba la mejilla y se apoyaba en el hombro de la pequeña / hermosa mujer.
- Ya sé… que estoy muy linda… - contestó ella sonriendo, brillando - ¿Vos como estas? ¿Me extrañaste?
- Claro… si… te extrañé – contestó él, dándose cuenta que una vez más estaba volviendo a la adolescencia… perdiendo todo rastro de autocontrol.
- Yo también te extrañé… - dijo ella mirándolo a los ojos, buscando esa mirada que tanta falta le había hecho, que tanto necesitaba - Tenía ganas de verte… de hablar con vos… - continuó ella.
- ¿Cuándo volviste? – preguntó él.
- ¿A qué hora salís? – preguntó ella.
- Termino a las 4 – contestó él mientras finalmente lograba retirar su mano… interrumpiendo el contacto.
- ¿Querés venir a casa? – dijo ella.
- Bueno… - contestó él. Recobró por un instante el control y alcanzó a balbucear - te llamo cuando me desocupe.
- Dale – dijo ella mientras empezaba a alejarse por el pasillo sin dejar de mirarlo, sonriendo.
Y ahí, en ese pasillo de la facultad, él se dio cuenta que
también estaba sonriendo.
Saturday, May 2, 2015
Spanglish VI
La vibración del celular sobre la mesa de luz lo terminó de
despertar. De alguna manera, el celular se había configurado en un modo en el
cual por las noches no sonaba al recibir llamados o mensajes, solo vibraba. De día
volvía a la normalidad. Probablemente había sido su hijo el que estuvo jugando
con el teléfono y le cambió la configuración. Le gustaba que el celular lo
dejara dormir.
Manoteó el celular en la oscuridad, tratando de no tirarlo
al piso. Desbloqueó la pantalla. 2 SMS, 2 mensajes de WhatsApp, de 2
conversaciones. Abrió WhatsApp. 1 mensaje del grupo de la Catedra. El otro era
de ella: - Hola
Habían pasado varios meses desde la última vez que se
vieron. Él se había empezado a dejar llevar por la inercia, la rutina que lo
mantenía ocupado, distraído, aplicando gradualmente capas de olvido… Sabía que
ella se había ido de viaje. Él no había hecho mucho esfuerzo por mantenerse en
contacto. Ella tampoco.
No es que se hubieran dejado. No se había roto nada. Era solo
como que esa dinámica de entrar y salir sin aviso de la vida del otro, se
hubiera relajado un poco más y de a poco los días sin contacto, sin noticias,
se habían ido volviendo semanas… después meses.
Recordó su cara. Su pelo. Se quedó quieto en la oscuridad,
tratando de recordar su sonrisa. Las imágenes de los sueños se mezclaban con
las visiones de su cuerpo desnudo en la penumbra.
- Hola – respondió por fin en Whatsapp. Ella no estaba en línea.
- Como estás? – continuó, sabiendo que ella no estaba leyendo.
- Por dónde andas? – última pregunta, pensó para sus adentros.
Me estoy poniendo “denso”, así hubiera dicho ella.
Dejó el celular sobre la mesa de luz y se dio vuelta. Se
volvió a dormir pensando que iba soñar con ella.
________________________________________________________________________
Esa mañana se levantó, se bañó y desayunó con los chicos
antes que se fueran al colegio. Su mujer le quemó las tostadas, pero se las
comió sin decir nada. Fue a la facultad. Estuvo en reuniones toda la mañana. A
eso de las 12 volvió a mirar el celular. La luz parpadeante en el frente le
indicaba que tenía mensajes sin leer: 2 mensajes de WhatsApp.
- Hola
- De viaje
- Tengo wifi ratito en el hostel a la mañana. – Nada más. Otra
vez estaba off-line.
Se empezó a poner ansioso. Antes que pudiera controlarse ya
estaba contestando:
- Estamos desencontrados. - tipeó con un solo dedo. El corrector ortográfico
le quiso corregir el “desencontrados”.
- A la hora que vos lees mis mensajes y me contestas yo estoy
desconectado. – completó.
Reconocía esa sensación que comenzaba a darle vueltas
adentro, bien adentro. Con un solo mensajito ella había activado un mecanismo de
relojería, una invisible máquina de Goldberg que terminaba haciendo que él ya
no pudiera dejar de pensar en ella.
- Esto es como en los viejos tiempos que nos escribíamos cartas
– Escribió finalmente, sabiendo que ella no iba a contestar hasta el otro día.
Sunday, November 2, 2014
Spanglish V
Sigamos con la historia de estos dos...
Ella abrió los ojos lentamente. La luz del velador se derramaba por la pared iluminando suavemente la pieza. Lo vió sentado al otro lado de la habitación. Sentado en la silla con rueditas del escritorio. La miraba concentrado. Inclinado hacia adelante en una posición que le pareció bastante incomoda. Los codos apoyados en las rodillas y las manos hacia arriba, soportando el mentón con las palmas y envolviendo los costados de la cara con los dedos. Parpadeó varias veces y se frotó los ojos que le ardían un poco, como si los hubiera abierto antes de tiempo.
- ¿Que estás haciendo ahí? - preguntó finalmente. Las palabras brotaron apenas de la garganta que empezaba a picarle un poco.
- Te miro... - contestó él, sin cambiar de posición ni dejar de mirarla.
- ¿Que me mirás? - preguntó ella.
- Te miro todo - dijo el esbozando una sonrisa.
- Te miraba mientras dormías... Cómo tu pecho subía y bajaba despacio, siguiendo el ritmo de tu respiración... - continuó él
- Cómo acomodabas las manos debajo de la almohada... Cómo las sabanas dibujan las curvas de tus caderas - esta última frase quedó flotando en el aire, mientras ella se empezaba a reir...
- Mentira... versero... ¡me estabas mirando las tetas! - dijó ella, riéndose al mismo tiempo que se terminaba de despabilar y se sentaba desnuda en medio de la cama.
- Si, eso también - dijo él mientras se levantaba de la silla y se acercaba a la cama.
El se subió a la cama, le apartó el pelo de la cara y le dió un beso. La volvió a mirar, esta vez directamente a los ojos. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, tranquilo, muy tranquilo.
Se quedaron sentados en silencio. La noche seguía fluyendo fuera de la habitación. Ruido de autos circulando a lo lejos.
- ¿Pórque me seguís dando pelota? - preguntó él, alejándose un poco de ella.
- ¿Cómo que pórque te sigo dando pelota? - contestó ella, parándose rápido a medio camino entre el enojo y la perplejidad.
Se hizo un breve silencio mientras ambos pensaban una respuesta...
- Vos decís... ¿Pórque estoy con un pelotudo como vos? - respondió ella primero - Pensé que eso lo habíamos dejado claro la primera vez que estuvimos juntos.
- Si, algo así... también me dijiste que te gusta meterte en quilombos - dijo él despacito, como tanteando el terreno.
- mmm... - ella se empezó a dar cuenta por donde venía la mano.
- O sea... lo que quiero saber es si realmente hay algo de mí que te gusta, que de alguna manera te atrae... o... - dijo él, tomando envión para la última oración.
- ¿O qué, pelotudo? - lo interrumpió ella, apurándolo.
El tomó aire y trató de completar la pregunta: ... o solo estás canalizando tus ganas de hacer quilombo, de llamar la atención... saliendo con un profesor - completó él, atragantándose con las últimas 2 palabras.
No pudo evitar mirarla a los ojos. Los ojos estallaron en llamas. Así durante un instante que a él le parecieron años. Y de pronto, sorprendentemente, en vez de dar paso a una puteada de aquellas, las llamas empezaron a apagarse, dando lugar a una mirada dulce, la más dulce que él le hubiera visto nunca.
- No estoy canalizando nada... hablás como un psicologo - dijo ella mientras estiraba su mano para tomar la mano de él.
- Es solo que me gusta estar con vos - siguió ella lentamente, como buscando las palabras que le hacían falta - Cuando te miro...
- Cuando vos me miras... En tu mirada hay algo que me hace sentir segura... - las palabras seguían brotando despacito.
- Y hace mucho que no me sentía así... así, segura... - siguió ella, completando la frase.
Hizo una pausa, respiró 2 o 3 veces. Lo volvió a mirar a los ojos. Y después continuó, tranquila...
- Hace mucho que no me sentía así... Siempre estoy como insegura, como con miedo... desde que era chica... - volvió a hacer una pausa.
- ¿De que tenés miedo? - preguntó él, intuyendo la respuesta.
- No sé exactamente... a estar sola... a que me dejen... que me dejen sola - contestó ella despacio, cómo tratando de poner en palabras esa sensación que siempre la acompañaba.
El la abrazó. Ella apoyó la cabeza en el pecho de él.
- Es que... cuando era chica hubo una época que mi viejo nos dejó... a mamá y a mi... - dijo ella, como tratando de explicarse de donde venía el miedo.
- O sea, no es que mi viejo se fué con otra mina... o que no nos quisiera... es solo que... como que necesitó tomarse un tiempo solo... una especie de año sabático... - se dió cuenta que estaba repitiendo palabras de su madre.
- y aunque después volvió con nosotras... a mi como que siempre me quedó la sensación... el miedo... - siguió diciendo ella.
- De que él se volviera a ir... - completó él para sus adentros.
Se quedaron callados. Se abrazaron despacito. Se recostaron y se fueron quedando dormidos, mientras la noche imparable seguía buscando la mañana.
Saturday, October 11, 2014
Spanglish IV
A ver como siguen la alumna y el profe...
Habían quedado en verse esa noche en el departamento de
ella. A eso de las diez de la noche, después
de la facultad. El llegó cinco minutos tarde y tocó el portero nervioso,
mirando a su alrededor. No sabía si los nervios eran por miedo a que algún
conocido lo viera entrando al edificio de ella o por el hecho de volver a
verla.
Ella atendió el portero. Su voz sonaba extraña en el pequeño parlante.
El entró atravesando el lobby del edificio, saludando al guardia que apenas hizo un gesto con la cabeza desde atrás de una especie de pequeño mostrador.
Se paró frente a los ascensores. La superficie metálica del panel con los botones le devolvió un reflejo distorsionado. Presionó el botón de la derecha. Esperó unos treinta segundos hasta que la puerta se abrió y entonces entró al ascensor. Presionó el botón del piso de ella, mientras recordaba la última vez que había estado en ese ascensor.
Llegó al piso. La puerta se abrió. Caminó con pasos rápidos hasta la puerta del departamento. Tocó el timbre. Ella abrió la puerta, sonriendo.
- Hola. Pasá. Ponete cómodo… – le dijo, mientras le daba un beso en la mejilla, sin dejar de sonreír. Cierta distancia. Cero hostilidad.
- Hola ¿Cómo estás? –contestó él mientras pasaba al pequeño living y veía como ella se iba corriendo descalza para la cocina.
- Bien… ¿Comiste algo? Estoy por descongelar unas milanesas ¿querés? – dijo ella, gritando la última pregunta desde la diminuta cocina.
- Dale. Milanesas está bien ¿Hace falta que baje a comprar algo?- preguntó el casi por Costumbre.
- Mmmm… No… creo que tengo todo. – dijo ella entrando al living.
Estaba muy linda. El pelo todavía húmedo después de la ducha. Una remera gris y jeans gastados. Descalza. Cruzó las piernas breves mientras se sentaba en el otro sillón.
- ¿Cómo estás? – preguntó ella, mirándolo a los ojos.
- Bien… ocupado con los exámenes… estos últimos días estuvimos revisando los planes de la cátedra… - se dio cuenta que estaba respondiendo pelotudeces cuando vió la sonrisa picara de ella.
- ¿Y vos? ¿Cómo estás? – preguntó él, bajando la mirada hacia la mesa ratona y la pila de revistas que había arriba. Desde la tapa de una Rolling Stone, una foto póstuma de Gustavo Cerati lo miraba tranquilo.
- Bien… estuve rindiendo… - hizo una breve pausa - ¿Te acordás que te hablé de un pibe Gustavo?
- Mmmm… más o menos… - claro que se acordaba de Gustavo – Ese pibe que saliste unas veces… pero que tenía novia.
- Ese… ese Gustavo… el que tenía novia – contestó ella y se levantó de un salto.
- Voy a ver las milanesas – dijo ella, mientras corría hacia la cocina.
El volvió a buscar la mirada de Cerati. Manoteó la revista y la empezó a hojear.
- ¡Van a estar en cinco minutos! – gritó ella desde la cocina – Ayudame a poner la mesa.
- Dale. Ahí voy – contestó él mientras dejaba de vuelta la revista sobre la mesa ratona y se levantaba del sillón.
Para cuando terminó de poner los cubiertos y los platos las milanesas ya estaban listas. Ella preparó una ensalada con unos tomates y se sentaron a la mesa.
Comieron casi en silencio. Masticaban y se hablaban solo para pasarse la sal o una servilleta. En un momento ella hizo un chiste y él se empezó a reír. Después él hizo un chiste y se rieron los dos. Y empezaron a hablar de viajes y ella le contó que pensaba hacer un viaje sola, por Europa. Y él le preguntó qué países quería conocer y le terminó contando detalles de su viaje a París.
Cuando terminaron de comer, levantaron la mesa. Amontonaron los platos en la pileta de la cocina y volvieron a sentarse en los sillones. Tranquilos.
- Viste que te comenté de Gustavo… - dijo ella mientras se acomodaba en el sillón - Estamos saliendo. Se dejaron con la novia – continuó ella, mirándolo. Tratando de medir la reacción en la cara inexpresiva de él.
- ¿y vos cómo estás? ¿Estás bien?... digo, con él… estás bien, ahora con él – preguntó él levantando la mirada.
- Si, estoy bien… no tengo claro que va a pasar con nosotros, pero por ahora estamos bien… saliendo nomás y viendo que onda… - contestó ella.
- Bueno, eso es lo más importante… digo, que vos estés bien – dijo él y después se quedó callado, mientras sentía como una sensación de ahogo le empezaba a subir desde el pecho.
Ella también se quedó callada. Silencio. Sensación de incomodidad creciente. Despacito, lentamente, se fueron buscando con la mirada. Hasta que se encontraron. Y ella pudo ver, a través de la mirada de él, por un instante, como un destello, un pequeño derrumbe.
Fue solo un instante. Hasta que él pudo retomar el control. Sintió, recordó algo que le había querido decir varias veces, algo que había entendido después de mucho tiempo. La madurez no significa que crecemos y las cosas ya no nos duelen como cuando somos chicos. Significa que aprendemos a disimular mejor. Solo eso.
Ella se levantó y se fue a sentar al lado de él. Le tomó la mano
- ¿Te molesta? Digo, lo de Gustavo – preguntó ella.
- Está bien… no hay problema… - contestó el – es solo que… yo pensé que… no importa – y se volvió a quedar callado.
Decidió que ya era hora de irse. Sin decir nada se levantó y encaró para la puerta. Al llegar a la puerta, se dió vuelta para despedirse y entonces la vió, parada detrás de él. Encontró su mirada. Por un instante todo volvió a ser como la primera vez.
- Me tengo que ir – dijo mientras se acercaba para darle un beso.
- ¿y si te quedas un rato más? – dijo ella, mientras le tomaba la mano y el universo se empezaba a ir al carajo una vez mas.
Ella atendió el portero. Su voz sonaba extraña en el pequeño parlante.
El entró atravesando el lobby del edificio, saludando al guardia que apenas hizo un gesto con la cabeza desde atrás de una especie de pequeño mostrador.
Se paró frente a los ascensores. La superficie metálica del panel con los botones le devolvió un reflejo distorsionado. Presionó el botón de la derecha. Esperó unos treinta segundos hasta que la puerta se abrió y entonces entró al ascensor. Presionó el botón del piso de ella, mientras recordaba la última vez que había estado en ese ascensor.
Llegó al piso. La puerta se abrió. Caminó con pasos rápidos hasta la puerta del departamento. Tocó el timbre. Ella abrió la puerta, sonriendo.
- Hola. Pasá. Ponete cómodo… – le dijo, mientras le daba un beso en la mejilla, sin dejar de sonreír. Cierta distancia. Cero hostilidad.
- Hola ¿Cómo estás? –contestó él mientras pasaba al pequeño living y veía como ella se iba corriendo descalza para la cocina.
- Bien… ¿Comiste algo? Estoy por descongelar unas milanesas ¿querés? – dijo ella, gritando la última pregunta desde la diminuta cocina.
- Dale. Milanesas está bien ¿Hace falta que baje a comprar algo?- preguntó el casi por Costumbre.
- Mmmm… No… creo que tengo todo. – dijo ella entrando al living.
Estaba muy linda. El pelo todavía húmedo después de la ducha. Una remera gris y jeans gastados. Descalza. Cruzó las piernas breves mientras se sentaba en el otro sillón.
- ¿Cómo estás? – preguntó ella, mirándolo a los ojos.
- Bien… ocupado con los exámenes… estos últimos días estuvimos revisando los planes de la cátedra… - se dio cuenta que estaba respondiendo pelotudeces cuando vió la sonrisa picara de ella.
- ¿Y vos? ¿Cómo estás? – preguntó él, bajando la mirada hacia la mesa ratona y la pila de revistas que había arriba. Desde la tapa de una Rolling Stone, una foto póstuma de Gustavo Cerati lo miraba tranquilo.
- Bien… estuve rindiendo… - hizo una breve pausa - ¿Te acordás que te hablé de un pibe Gustavo?
- Mmmm… más o menos… - claro que se acordaba de Gustavo – Ese pibe que saliste unas veces… pero que tenía novia.
- Ese… ese Gustavo… el que tenía novia – contestó ella y se levantó de un salto.
- Voy a ver las milanesas – dijo ella, mientras corría hacia la cocina.
El volvió a buscar la mirada de Cerati. Manoteó la revista y la empezó a hojear.
- ¡Van a estar en cinco minutos! – gritó ella desde la cocina – Ayudame a poner la mesa.
- Dale. Ahí voy – contestó él mientras dejaba de vuelta la revista sobre la mesa ratona y se levantaba del sillón.
Para cuando terminó de poner los cubiertos y los platos las milanesas ya estaban listas. Ella preparó una ensalada con unos tomates y se sentaron a la mesa.
Comieron casi en silencio. Masticaban y se hablaban solo para pasarse la sal o una servilleta. En un momento ella hizo un chiste y él se empezó a reír. Después él hizo un chiste y se rieron los dos. Y empezaron a hablar de viajes y ella le contó que pensaba hacer un viaje sola, por Europa. Y él le preguntó qué países quería conocer y le terminó contando detalles de su viaje a París.
Cuando terminaron de comer, levantaron la mesa. Amontonaron los platos en la pileta de la cocina y volvieron a sentarse en los sillones. Tranquilos.
- Viste que te comenté de Gustavo… - dijo ella mientras se acomodaba en el sillón - Estamos saliendo. Se dejaron con la novia – continuó ella, mirándolo. Tratando de medir la reacción en la cara inexpresiva de él.
- ¿y vos cómo estás? ¿Estás bien?... digo, con él… estás bien, ahora con él – preguntó él levantando la mirada.
- Si, estoy bien… no tengo claro que va a pasar con nosotros, pero por ahora estamos bien… saliendo nomás y viendo que onda… - contestó ella.
- Bueno, eso es lo más importante… digo, que vos estés bien – dijo él y después se quedó callado, mientras sentía como una sensación de ahogo le empezaba a subir desde el pecho.
Ella también se quedó callada. Silencio. Sensación de incomodidad creciente. Despacito, lentamente, se fueron buscando con la mirada. Hasta que se encontraron. Y ella pudo ver, a través de la mirada de él, por un instante, como un destello, un pequeño derrumbe.
Fue solo un instante. Hasta que él pudo retomar el control. Sintió, recordó algo que le había querido decir varias veces, algo que había entendido después de mucho tiempo. La madurez no significa que crecemos y las cosas ya no nos duelen como cuando somos chicos. Significa que aprendemos a disimular mejor. Solo eso.
Ella se levantó y se fue a sentar al lado de él. Le tomó la mano
- ¿Te molesta? Digo, lo de Gustavo – preguntó ella.
- Está bien… no hay problema… - contestó el – es solo que… yo pensé que… no importa – y se volvió a quedar callado.
Decidió que ya era hora de irse. Sin decir nada se levantó y encaró para la puerta. Al llegar a la puerta, se dió vuelta para despedirse y entonces la vió, parada detrás de él. Encontró su mirada. Por un instante todo volvió a ser como la primera vez.
- Me tengo que ir – dijo mientras se acercaba para darle un beso.
- ¿y si te quedas un rato más? – dijo ella, mientras le tomaba la mano y el universo se empezaba a ir al carajo una vez mas.
Thursday, February 27, 2014
Spanglish III
A ver... sigamos con la historia del profe y la alumna... unos días despues
Estaba leyendo el diario por Internet cuando vio la noticia:
“Whatsapp fue comprado por Facebook”. Automáticamente se acordó de ella. Había
demorado todo lo posible el reencuentro, el siguiente contacto. La época de
exámenes había ayudado un poco. Hubiera sido bastante incomodo, al menos para
él, encontrarla de nuevo en la facultad, después de aquella noche. Además,
sabía que ella lo iba a fulminar con la mirada en cuanto lo viera. La conocía
lo suficiente como para saber que no le había hecho gracia su huida furtiva en
la madrugada. No es que fuera una mina romántica que esperaba que la despertaran
llevándole el desayuno a la cama. Aunque sea podría haberse despedido.
Decidió llamarla. De todas formas tenían que volver a verse.
Quería volver a verla. Una parte de él había pasado los últimos días pensando
en ella. Su imagen estaba ahí, flotando todo el tiempo en su mirada, como
interfiriendo en su visión del mundo. Busco el celular en el bolsillo del saco.
Lo tomo con la mano derecha y dibujo el patrón de desbloqueo. Abrió la lista de
contactos y busco su nombre. Su contacto solo tenía cargado el teléfono, sin
foto ni mail. Presiono el botón verde de llamar mientras se llevaba el teléfono
al oído. Después de unos segundos escucho el tono de llamado. Uno, dos, tres,
cuatro tonos y después el mensaje impersonal del contestador: “tres, cinco,
uno, dos…”. Corto antes de llegar al “…no está disponible…”.
Estaba seguro que ella no lo iba a llamar. Y él tenía ganas
de volver a llamarla. Una y otra vez. Hasta que pudiera volver a escuchar su
voz del otro lado de la línea. Y quería volver a verla. Y mirar sus ojos y sus
piernas delgadas. Y sus manos con esos anillos que a él le gustaban tanto.
Sabía que ponerse cargoso, después de varios días de no verla,
de esquivarla, no era la mejor idea. Se sentía un adolescente pelotudo
corriendo detrás de la minita que le gusta. Corrección, se sentía como era él
cuando adolescente y una minita le gustaba. Los adolescentes de ahora ya no
hacían esas cosas. El interés en una persona, una relación, es de pronto efímero,
volátil. Como si no pudieran mantener la atención en algo que no fuera un teléfono
celular por más de 5 minutos. El los veía llegar en los primeros años de la
facultad, prendidos a sus móviles, chateando sin levantar la cabeza, conectados
entre sí en alguna de las redes sociales de turno. Y trataba de acercarse a
ellos. Remover barreras. Establecer contacto. Entender ese mundo de ansiedad permanente. Solo hoy.
Todo ya. Hay que viajar ya. Conocer gente ya. Encontrar alguien que te gusta
ya.
Y un día llego ella. Él la vio y lo primero que pensó fue
que era la típica nena de papa. Malcriada. Intuyó que ella iba a buscar siempre
y a cualquier precio ser el centro de atención. Podía recordar su pelo largo
suelto. Su suéter azul casi eléctrico. Jeans gastados. Botas marrones. Flaca. La
vio caminando rápido por un pasillo, viniendo hacia él y en ese momento
alguien, otro de sus alumnos, la llamo y se acerco para presentarlos.
Después empezaron a verse en clase y resulto que ella no
solo era linda, con esa lindura imperfecta tan propia de ella, sino que además
era muy inteligente. Y tenía un sentido del humor bastante ácido. Y de a poco
el se fue encariñando con ella. Y paso a ser su favorita en la clase. Y afuera
de la clase. Y cuando se cruzaban en un pasillo de la facultad, el se detenía y se quedaban
charlando, de cualquier cosa. Y si él pasaba por la puerta del bar de la
esquina de la facultad y la veía sentada adentro, automáticamente entraba, pedía
un café y se sentaba a mirarla.
De alguna manera, ella se dio cuenta. En algún momento sus
miradas se cruzaron y ella se dio cuenta. Y contra todo pronóstico, en vez de
rechazarlo, de a poquito le empezó a dar señales, tibias, vagas. Y él la siguió
mirando, buscando. Y se empezaron a encontrar fuera de la facultad. Una vez. Varias
veces. Y él le hablaba de cine y de libros. Y ella le hablaba de los viajes que
había hecho y los que quería hacer. Y aunque casi no tenían nada en común, podían
pasar horas hablando, simplemente mirándose.
En algún momento a él se le había disparado una alarma interior
que le decía que eso que estaba empezando a pasar cuando estaba con ella,
cuando la miraba, estaba mal. El ya conocía esa alarma. No era la primera vez
que le pasaba. Podía recordar otras alumnas que habían causado cuadros
similares en el pasado. Una parte de él decidió ignorar la alarma. Otra parte empezó
a sentir culpa. Y para esa época fue que empezó a soñar con ella.
La vibración del teléfono en el bolsillo lo trajo de vuelta.
Era ella, devolviéndole la llamada.
Saturday, December 14, 2013
Spanglish II
Me había quedado pensando en como les fue a la pareja del Jefe de Cátedra y su alumna cuando salieron del bar (Spanglish)...
Abrió los ojos lentamente. Intento reconocer el lugar en la
oscuridad. Esta no era su cama. El cuerpo a su lado no era el de su mujer. Reconoció
las curvas de la cadera bajo la sabana. Se acerco lentamente a ella y sintió su
olor. La mezcla del aroma de su piel con el perfume que él había empezado a reconocer
en los pasillos de la facultad varios meses atrás.
Se dio cuenta que estaba despierto cuando el sentimiento de
culpa le broto del pecho hasta la boca. Una parte de él quería gritar, aullar
en la oscuridad que esto estaba mal. Estaba mal, el no tenía que estar ahí, en
esa cama con ella. El universo acechando otra vez.
Se quedo mirando el techo mientras pensaba. Pensaba en que
esto no podía estar pasando. No podía ser que la alumna brillante de su clase
que podía tener cualquier pendejo que quisiera pudiera haberse enganchado con él.
“Enganchado”. Definitivamente estaba encarando la cosa desde el punto de vista
incorrecto. Solo habían coqueteado / histeriqueado un poco en la facultad, un poco mas fuera de la facultad y habían tenido sexo una vez, esa
noche. No significaba nada. O si. Para el sí. Para el significaba algo, mucho.
Ella era realmente tan hermosa / desnuda como la había imaginado. Perfecta /
Imperfecta.
La volvió a mirar en la oscuridad. Ese cuerpo dormido
representaba cierta especie de revancha. El final de años de quedarse con las ganas. Salir de su refugio de intelectual reservado. ¡Cagón!
le hubiera gritado ella si estuviera despierta y pudiera leerle la mente. Por
un instante, imaginó que a partir de su
aventura con ella, muchas otras minas, pendejas, lo empezaban a acosar. Como si
fuera un Bukowski sub-desarrollado que a mitad de camino deja de ser solo el
jefe de una cátedra para volverse un tipo interesante, una especie de curioso
juguete que hay probar.
Imagino el lugar común de sus ex novias cruzándolo en la
calle, saliendo de un bar con ella de la mano. Sus caras diciendo ¡Que hijo
de puta! - Era tan aburrido, tan poca cosa cuando estaba con nosotras.
La culpa lo volvió a traer al presente, a la real realidad
de esa habitación de un departamento que no era el suyo.
Se levanto despacito. Busco la ropa desparramada por el
suelo y se vistió tratando de no hacer mucho ruido. Encaro para la puerta
mientras pensaba qué carajo le iba a decir a ella la siguiente vez que la
viera y salió al pasillo en silencio, buscando la madrugada.
***********************************************************
Se despertó con el acto reflejo de manotear el celular. Un
mensaje entrante. Whatsapp probablemente. Ya era de día. La luz filtrándose intensa
por los bordes de la cortina de blackout, recortando el rectángulo de la
ventana. La cama revuelta. Los recuerdos que se empezaban a filtrar a través del
sueño y una leve resaca. No se dio cuenta cuando él se fue. Hijo de puta, no se
despidió. Se escapo en medio de la noche mientras ella dormía como una morsa. Su
papa siempre le había dicho así cuando ella era chica, que dormía como una
morsa, como fuera que durmieran las morsas.
Se froto un poco los ojos y miro la pantalla del celular.
Mensaje de Whatsapp. El grupo de compañeros de la facultad. Joda esta noche en
lo de Mariela. Otro mensaje. Mensaje privado de Facebook. Gustavo te quiere
ver. ¿Qué le pasa a este pibe? Que tuviera novia no le molestaba. Era más bien
esa indefinición permanente. En la cama la pasaban bárbaro, pero es como que a
ella eso le estaba empezando a resultar insuficiente y cuando lo encaro para
hacerle la clásica pregunta ¿nosotros que somos?, el vago se fue en rodeos y
terminaron peleados por unos días. ¿Qué le pasaba a ella con este pibe?
Normalmente lo hubiera mandado a cagar a la primera, pero por alguna razón que
no entendía muy bien, seguía aguantando esa situación chota que la ponía en un
lugar incomodo.
Pensó que hubiera dicho el profe al respecto. El profe le
hubiera hecho una pregunta, la hubiera mirado con esos ojos con que la miraba
siempre y le hubiera dado una explicación que seguramente no le iba a gustar,
pero que estaba segura que era racional / correcta. Eso le gustaba del profe,
no lo de la respuesta correcta, fundada en su conocimiento de los libros y la
vida, sino lo de la forma de mirarla. La primera vez que se dio cuenta de cómo él
la miraba, fue una vez que estaban conversando con otros compañeros en el bar
de la facultad y en un momento, mientras discutían sobre el uso político del
discurso o algo por el estilo, cuando ella fue a buscar la mirada de él, descubrió
que él miraba sus piernas, disimuladamente. Y volvió a buscar esa mirada puesta
en ella, una y otra vez. Y de a poco ella también fue dando algunas señales, y juntos
fueron dejando un rastro de miguitas que los llevo de una u otra forma hasta la
noche anterior. Y recordó la mirada de él mientras hacían el amor. Y recordó el
sueño que él le contó después.
Había soñado que la encontraba desnuda en el pasillo de la
facultad y todos estaban alrededor, compañeros, profes, señalándola, riéndose, sacándole
fotos con sus celulares. Y el se abría paso entre todos y la cubría, protegiéndola,
apartándola de las miradas. Y el sueño terminaba cuando él la miraba a los ojos
y se daba cuenta que ella sonreía, disfrutando ser el
centro de las miradas.
Otro mensaje. ¿El profe? El profe no usaba el celular. No
como ella. Eso también le gustaba.
Sunday, September 29, 2013
Spanglish
- ¿Porque me pediste que viniera acá? - pregunto ella mientras se
sentaba enfrente de él y colgaba la cartera diminuta del respaldo de la silla. Estaba
hermosa. El bar estaba lleno de gente a esa hora. Esa franja horaria de happy
hour entre el final de la tarde y el anochecer de la ciudad garantizaba un
entorno completamente superpoblado de conversaciones y ruido ambiente casi
ensordecedor dentro de cada uno de los bares y cafés del centro.
- Quería verte - contesto él. A veces las respuestas cortas y sinceras
eran las mejores.
- Pero como... ¿no era que no teníamos que vernos más fuera de la
facultad? - dijo ella, mientras se empezaba a enojar, a calentar como una
pava...
- Si, ya sé que dije que no teníamos que vernos más... pero tenía ganas
de verte... y...
Y ella lo miro en silencio. Lo miro furiosa. Y sus ojos decían: "y
a mí que mierda me importa... me dijiste que no nos teníamos que ver... y ahora
me venís con que tenes ganas de verme... ¿qué te crees, pelotudo, que somos
adolescentes histeriqueando en un boliche?"
- ¿Soy un pelotudo, no? – tiro rápido él, adelantándose una jugada.
- y Si. Sos un pelotudo – Ella había superado la etapa del respeto a las
investiduras / los roles hacía mucho tiempo, el mismo día que por primera vez
el se había referido a sí mismo como al “imbécil del Jefe de Cátedra”, en un
guiño cómplice que los invitaba a ellos, a sus alumnos, a faltarle un poco el
respeto.
- Vos fuiste el que me explico que aunque soy tu favorita, no estaba
bien que nos viéramos fuera de la facultad… también te acordas que te explique que
no entendía muy bien porque me decías eso…si entre nosotros no pasaba nada… -
dijo ella, repasando / reviviendo la conversación que había formalizado el blanqueo
de este juego que los dos venían jugando desde hacía varios meses.
- Si, me acuerdo… después te dije que nosotros no debíamos, no podíamos ser
como los personajes de la película “Spanglish” – Costumbre pelotuda esa de siempre
buscar referencias cinematográficas.
- Y yo te conteste que no había visto la película – dijo ella, riéndose de
nuevo como la primera vez que había mencionado esas palabras.
- Me cagaste toda mi preparada alocución… como siempre – dijo él, mientras
una sonrisa empezaba a asomarse a su cara.
- Desgraciada… Te tuve que contar parte de la película…perdí todo el “momentum”
tratando de describir los personajes del Chef, la empleada mexicana y la esposa
del Chef…las relaciones entre ellos…
- Sabes que finalmente nunca la vi… a la película… - dijo ella, mientras
se seguía riendo, gozando de la impunidad que le daban su juventud y su egoísmo
a flor de piel.
- ¡Obvio que no la vas ver! Es como pedirme a mí que escuche la música que
escucha mi hijo mayor. Peor, como pedirme que me guste la música que escuchan
mis hijos. – Dijo él, riendo y agarrándose la cabeza con las manos.
- Pero me acuerdo de la escena de ellos dos… recuerdo tu relato de la
escena de ellos dos en el restaurante de él… Los dos solos, finalmente solos,
arrastrados por el devenir de la noche hasta un sillón… Ella mirándolo en
silencio mientras él le dice que en cuanto toquen el suelo, el suelo se los va
a tragar, devolviéndolos a la realidad – las palabras salieron despacito, cada
vez más despacito de la boca de ella, que de a poco había dejado de reír.
- Y ella lo mira y salta al suelo, justo a tiempo… justo antes que
alguno de los dos cruce la línea que los separa… todas las líneas que los
separan… – termino de decir ella, mientras los ojos le empezaban a brillar, nítidos,
fijos en los ojos de él, que también se iba dando cuenta que ella finalmente entendió,
ahí en ese preciso momento, lo que esa escena quería contar. Lo que él le había
querido contar.
- ¿Entendes? ¿Ahora entendes? – Pregunto él, después de varios segundos
de silencio.
- Nosotros no podemos vernos. No tenemos que vernos porque nuestras
vidas son como las de los personajes de la película. – dijo él, atragantado con
las ultimas silabas, tratando de apurar el final de la conversación, del
encuentro.
Ella lo miraba en silencio. Ahora esto si se parecía a la escena de la película.
Ella estaba mirándolo, hermosa. Hermosa como era ella para él. O sea, cuando
estaba con ella la miraba y la miraba y no la encontraba tan atractiva. Hasta
le parecía demasiado flaca. Pero cuando realmente entendía su belleza era cuando
dejaba de verla y se pasaba las noches y los fines de semana pensando en ella,
en sus manos, en su pelo, en su cuerpo joven que imaginaba desnudo bajo las
ropas ajustadas.
-Además, vos realmente no te fijarías en alguien como yo. O sea, a veces
creo que esto es solo una especie de estúpida paranoia mía. Un poco de típico histeriqueo
alumno / profesor fuera de lugar – dijo él, empezando con la estrategia
defensiva que tantas veces había ensayado para escapar de esa situación.
- A ver… ¿Por qué decís eso?... Vos que la tenes tan clara… - dijo ella,
rompiendo su silencio, adelantándose en la silla.
- Porque vos sos hermosa… y te gustan los tipos lindos… pendejos lindos…-
dijo él, mientras pensaba como mierda salía de esta…
- Claro… soy una pendeja superficial y pelotuda que solo se fija en la
apariencia de la gente, de sus parejas – De vuelta enculada.
- No quise decir eso… es solo que las parejas que te conozco, al menos
de la Facultad, son más bien “bonitos” – No había forma de arreglarla. Se dio
cuenta al mismo tiempo que terminaba de pronunciar “bonitos”.
- ¡Y vos que mierda sabes de mis parejas!… ¿acaso me estuviste espiando?...
¿Estuviste preguntando por los pasillos de la Facultad? De donde carajo sacas
esas ideas de mí, de lo que soy… de lo
que me gusta… de lo que quiero… - termino ella, bajando un poco el tono al
final.
- ¿Eso es lo que pensas de mi? – las palabras salieron apenas de sus
labios.
- Perdón… sabes que lo último que quisiera es lastimarte… - dijo él,
mientras miraba como sus manos se empezaban a mover lentamente por sobre la
mesa.
Intento detener el movimiento de sus manos. Pero ellas ya no le
obedecieron y terminaron tocando las manos de ella. Y ella lo miro. En llamas,
los ojos incendiarios.
- Perdón… perdón… - repitió ella, imitándolo.
- que pelotudo habías resultado ser… Así que una mina como yo no se
puede fijar en un pelotudo como vos… - continúo ella, después de una breve
pausa.
- Y si… ¿Cómo te podes realmente fijar en mi?... no hay posibilidades…
dijo él, titubeando.
- Eso lo vamos a ver… dijo ella mientras se levantaba de la silla y
agarraba la cartera.
- ¿Cómo?... – alcanzo a preguntar él, mientras algo dentro suyo se
empezaba a dar cuenta que sí, que a lo mejor ella finalmente si podía fijarse
en alguien como él. Pese a la diferencia de edad, pese a que se suponía que
estaba mal. Pese a todo el universo de quilombos que se estaba empezando a
despertar en ese mismo instante.
- Dale, veni… veni conmigo – dijo ella mientras le estiraba la mano y
empezaba a sonreír, desvergonzada, feliz. Feliz de haberlo sorprendido, de
haberse sorprendido. Y él se levanto y le tomo la mano y también se sintió feliz.
Estúpido y feliz.
- Sera que me gusta meterme en quilombos – le dijo ella finalmente al oído
mientras salían del bar.
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