Sunday, September 29, 2013

Spanglish

- ¿Porque me pediste que viniera acá? - pregunto ella mientras se sentaba enfrente de él y colgaba la cartera diminuta del respaldo de la silla. Estaba hermosa. El bar estaba lleno de gente a esa hora. Esa franja horaria de happy hour entre el final de la tarde y el anochecer de la ciudad garantizaba un entorno completamente superpoblado de conversaciones y ruido ambiente casi ensordecedor dentro de cada uno de los bares y cafés del centro.
- Quería verte - contesto él. A veces las respuestas cortas y sinceras eran las mejores.
- Pero como... ¿no era que no teníamos que vernos más fuera de la facultad? - dijo ella, mientras se empezaba a enojar, a calentar como una pava...
- Si, ya sé que dije que no teníamos que vernos más... pero tenía ganas de verte... y...
Y ella lo miro en silencio. Lo miro furiosa. Y sus ojos decían: "y a mí que mierda me importa... me dijiste que no nos teníamos que ver... y ahora me venís con que tenes ganas de verme... ¿qué te crees, pelotudo, que somos adolescentes histeriqueando en un boliche?"
- ¿Soy un pelotudo, no? – tiro rápido él, adelantándose una jugada.
- y Si. Sos un pelotudo – Ella había superado la etapa del respeto a las investiduras / los roles hacía mucho tiempo, el mismo día que por primera vez el se había referido a sí mismo como al “imbécil del Jefe de Cátedra”, en un guiño cómplice que los invitaba a ellos, a sus alumnos, a faltarle un poco el respeto.
- Vos fuiste el que me explico que aunque soy tu favorita, no estaba bien que nos viéramos fuera de la facultad… también te acordas que te explique que no entendía muy bien porque me decías eso…si entre nosotros no pasaba nada… - dijo ella, repasando / reviviendo la conversación que había formalizado el blanqueo de este juego que los dos venían jugando desde hacía varios meses.
- Si, me acuerdo… después te dije que nosotros no debíamos, no podíamos ser como los personajes de la película “Spanglish” – Costumbre pelotuda esa de siempre buscar referencias cinematográficas.
- Y yo te conteste que no había visto la película – dijo ella, riéndose de nuevo como la primera vez que había mencionado esas palabras.
- Me cagaste toda mi preparada alocución… como siempre – dijo él, mientras una sonrisa empezaba a asomarse a su cara.
- Desgraciada… Te tuve que contar parte de la película…perdí todo el “momentum” tratando de describir los personajes del Chef, la empleada mexicana y la esposa del Chef…las relaciones entre ellos…
- Sabes que finalmente nunca la vi… a la película… - dijo ella, mientras se seguía riendo, gozando de la impunidad que le daban su juventud y su egoísmo a flor de piel.
- ¡Obvio que no la vas ver! Es como pedirme a mí que escuche la música que escucha mi hijo mayor. Peor, como pedirme que me guste la música que escuchan mis hijos. – Dijo él, riendo y agarrándose la cabeza con las manos.
- Pero me acuerdo de la escena de ellos dos… recuerdo tu relato de la escena de ellos dos en el restaurante de él… Los dos solos, finalmente solos, arrastrados por el devenir de la noche hasta un sillón… Ella mirándolo en silencio mientras él le dice que en cuanto toquen el suelo, el suelo se los va a tragar, devolviéndolos a la realidad – las palabras salieron despacito, cada vez más despacito de la boca de ella, que de a poco había dejado de reír.
- Y ella lo mira y salta al suelo, justo a tiempo… justo antes que alguno de los dos cruce la línea que los separa… todas las líneas que los separan… – termino de decir ella, mientras los ojos le empezaban a brillar, nítidos, fijos en los ojos de él, que también se iba dando cuenta que ella finalmente entendió, ahí en ese preciso momento, lo que esa escena quería contar. Lo que él le había querido contar.
- ¿Entendes? ¿Ahora entendes? – Pregunto él, después de varios segundos de silencio.
- Nosotros no podemos vernos. No tenemos que vernos porque nuestras vidas son como las de los personajes de la película. – dijo él, atragantado con las ultimas silabas, tratando de apurar el final de la conversación, del encuentro.
Ella lo miraba en silencio. Ahora esto si se parecía a la escena de la película. Ella estaba mirándolo, hermosa. Hermosa como era ella para él. O sea, cuando estaba con ella la miraba y la miraba y no la encontraba tan atractiva. Hasta le parecía demasiado flaca. Pero cuando realmente entendía su belleza era cuando dejaba de verla y se pasaba las noches y los fines de semana pensando en ella, en sus manos, en su pelo, en su cuerpo joven que imaginaba desnudo bajo las ropas ajustadas.
-Además, vos realmente no te fijarías en alguien como yo. O sea, a veces creo que esto es solo una especie de estúpida paranoia mía. Un poco de típico histeriqueo alumno / profesor fuera de lugar – dijo él, empezando con la estrategia defensiva que tantas veces había ensayado para escapar de esa situación.
- A ver… ¿Por qué decís eso?... Vos que la tenes tan clara… - dijo ella, rompiendo su silencio, adelantándose en la silla.
- Porque vos sos hermosa… y te gustan los tipos lindos… pendejos lindos…- dijo él, mientras pensaba como mierda salía de esta…
- Claro… soy una pendeja superficial y pelotuda que solo se fija en la apariencia de la gente, de sus parejas – De vuelta enculada.
- No quise decir eso… es solo que las parejas que te conozco, al menos de la Facultad, son más bien “bonitos” – No había forma de arreglarla. Se dio cuenta al mismo tiempo que terminaba de pronunciar “bonitos”.
- ¡Y vos que mierda sabes de mis parejas!… ¿acaso me estuviste espiando?... ¿Estuviste preguntando por los pasillos de la Facultad? De donde carajo sacas esas  ideas de mí, de lo que soy… de lo que me gusta… de lo que quiero… - termino ella, bajando un poco el tono al final.
- ¿Eso es lo que pensas de mi? – las palabras salieron apenas de sus labios.
- Perdón… sabes que lo último que quisiera es lastimarte… - dijo él, mientras miraba como sus manos se empezaban a mover lentamente por sobre la mesa.
Intento detener el movimiento de sus manos. Pero ellas ya no le obedecieron y terminaron tocando las manos de ella. Y ella lo miro. En llamas, los ojos incendiarios.
- Perdón… perdón… - repitió ella, imitándolo.
- que pelotudo habías resultado ser… Así que una mina como yo no se puede fijar en un pelotudo como vos… - continúo ella, después de una breve pausa.
- Y si… ¿Cómo te podes realmente fijar en mi?... no hay posibilidades… dijo él, titubeando.
- Eso lo vamos a ver… dijo ella mientras se levantaba de la silla y agarraba la cartera.
- ¿Cómo?... – alcanzo a preguntar él, mientras algo dentro suyo se empezaba a dar cuenta que sí, que a lo mejor ella finalmente si podía fijarse en alguien como él. Pese a la diferencia de edad, pese a que se suponía que estaba mal. Pese a todo el universo de quilombos que se estaba empezando a despertar en ese mismo instante.
- Dale, veni… veni conmigo – dijo ella mientras le estiraba la mano y empezaba a sonreír, desvergonzada, feliz. Feliz de haberlo sorprendido, de haberse sorprendido. Y él se levanto y le tomo la mano y también se sintió feliz. Estúpido y feliz.
- Sera que me gusta meterme en quilombos – le dijo ella finalmente al oído mientras salían del bar. 

Sunday, September 22, 2013

Héroes... Super héroes

El primer super héroe que recuerdo es Astroboy. En realidad no se exactamente si se lo podría calificar de super héroe, pero el pequeño robot con cohetes en los pies y armas en el traste es uno de primeros recuerdos que tengo de dibujos y programas de televisión, en blanco y negro en este caso. Astroboy volaba y destruía a los robots malos con su increíble fuerza, pero en el fondo no dejaba de ser un niño, el niño al cual su creador trato de reemplazar, luego de perderlo en un accidente. Tragedia griega / japonesa para la hora de la siesta.
También tengo algunos recuerdos de Meteoro, el joven adolescente que conducía un hermoso auto blanco de carreras y mediante maniobras imposibles superaba a todos sus competidores para ganar una carrera tras otra. De ese dibujo me acuerdo particularmente de un artefacto peligroso consistente en unas puntas de metal que salían de las llantas de las ruedas de los autos de los malos, pero no mucho mas.
Después me hice adicto al Hombre Araña. El hermoso perdedor de Peter Parker picado por una araña mutante que desarrollaba poderes arácnidos y debía hacerse cargo de la responsabilidad de salvar al mundo, especialmente a Mary Jane Watson, de los villanos de turno, Dr Octopuss, el Duende Verde, etc. Como uno de los hijos dilectos de Stan Lee, y esto es algo que aprendí y entendí mucho pero mucho mas tarde, Peter Parker no podía, no debía, tener semejantes poderes y al mismo tiempo algo siquiera parecido a la felicidad. A lo sumo podía aspirar a la compañía de su tía por las noches, que lo esperaba con la sopa caliente, mientras el miraba como Mary Jane se iba de joda con algún tipo fachero sin tantas responsabilidades. "Poor Peter Parker" / "Pobre Peter Parker", como le han dicho los malos en la cara en mas de una oportunidad.
Durante un breve lapso, tuve algún coqueteo con los 4 Fantásticos. El tipo que se convertía permanentemente en un coloso de piedra a consecuencia de una tormenta de radiación espacial me generaba simpatía, pero el otro, el Hombre Elástico, medio que me parecía un nabo.
Después vinieron las películas de Superman, las de Christopher Reeve, y me enganche por un tiempo con el muchacho de la capa roja y el traje azul. Recuerdo particularmente las escenas iniciales de la primera película de la serie, con el personaje de Jor- El, el padre de Superman, protagonizado por un decadente Marlon Brando, despidiendo a su pequeño hijo, mientras su mundo colapsaba y desaparecía en medio de una explosión gigantesca. Así, Superman no dejaba de ser un naufrago, el ultimo de su especie, adoptado por un planeta tierra, cuyos habitantes no terminaban de entender muy bien si era realmente tan bueno como parecía ser o era en el fondo una amenaza latente. Eso si, nunca termine de entender como Lois Lane no lo reconocía cuando se ponía los anteojos chotos de Clark Kent. Y ademas, el tipo era demasiado bueno, "buenudo", con poderes que lo tornaban demasiado invencible, así que medio que aburría un poco y terminaron inventando la "Kryptonita" como para ponerle un poco de chispa a la cosa.
La Guerra de las Galaxias merece un capitulo aparte. Esas naves atacando la Estrella de la Muerte nunca, pero nunca, pero nunca se van a terminar de borrar de mi memoria. No tengo claro si Luke Skywalker era un super héroe hecho y derecho, pero el manejo de la "fuerza" y sus habilidades como piloto y Jedi me hacían querer imitarlo, aunque fuera peleando con palos a lo "sable laser". Después vinieron las otras películas de la saga y las complicaciones familiares y amorosas a lo culebrón mexicano terminaron de cagar una hermosa película de aventuras, situada en una galaxia lejana.
Robotech estaba buenísima, las naves que se transformaban en robots a lo Transformer eran espectaculares y la trama era interesante, pero Rick Hunter no era un super héroe, sino mas bien un piloto de avión con mucha suerte que no terminaba de resolver una historia de histeriqueo con la tarada de la cantante cuyo nombre, por suerte, no puedo recordar. Igual fueron muchas tardes de volver rápido del colegio, de las clases de gimnasia, para ver los capítulos de ese dibujo japones, que oh maravilla! transcurrían en el espacio, entre las estrellas, mientras nos comíamos medio pan francés untado con manteca.
Después, con el tiempo y la edad, es como que llego un momento en que me aleje un poco de los comics, las aventuras y los Super héroes. No estoy muy seguro de haber perdido contacto del todo, pero me doy cuenta que otros intereses fueron ocupando el lugar de privilegio de estos personajes, relegándolos a un segundo plano. Esta claro que salvo que uno sea un nerd confeso, amante de los mangas y los comics, capaz de recitar de memoria pasajes de la Guerra de las Galaxias o el Señor de los Anillos, cosa que sobre todo últimamente se ha vuelto "cool" en ciertos ámbitos, en general no esta bien visto, sobre todo por las minas, que un tipo medianamente normal mencione su predilección por el Hombre Araña o el Increíble Hulk.
Y fue así que durante muchos años reduje mi exposicion a los super heroes, alejandome de las historias de aventuras, de los héroes que me acompañaban de chico, de la ciencia ficción consumida en cantidades industriales durante la adolescencia, y me empece a dedicar a lecturas mas elevadas y complejas.
Hasta que volví a ver el Increible Hulk. La película de Ang Lee me hizo recordar la serie que veía de chico, protagonizada por Bill Bixby y Lou Ferrigno. Esa serie que había quedado oculta en algún recoveco de la memoria, relegada por vaya a saber que algoritmo de búsqueda. La serie donde al final de cada capitulo, el Dr Bruce Banner se retiraba caminando solo, buscando un nuevo destino adonde nadie podía acompañarlo. Un hermoso perdedor solitario.
La película me gusto, me gusto mucho. No tanto por el manejo de los cuadros superpuestos, simulando la estética del comic, sino por la historia que cuenta, por el personaje de Betty Ross, protagonizado por Jennifer Connelly, de quien estoy profundamente enamorado, por la furia y la fuerza inconmesurable / desmedida / exagerada de Hulk, quien aplasta aviones y tanques presa de una incorrección política poco frecuente en los super héroes americanos, y por sobre todo por la relación entre Bruce y su padre. Esa relación padre hijo totalmente desquiciada, alterada por las increíbles circunstancias. "Mi hijo es especial" dice el Dr Banner padre en un escena de flashback, poniendo en evidencia su conocimiento de los poderes latentes del pequeño, aun antes que ningún otro, incluido el propio Bruce, pudiera darse cuenta. Genial Nick Nolte. Genial la secuencia de escenas del final. Padre e hijo luchando, transformándose, absorviendose, golpeándose uno a otro. La energía / furia de Hulk creciendo imparable, inconmensurable, hasta la escena final de la bomba gamma y la imagen del padre despidiendo a su hijo, como cuando lo hacia dormir de niño. No puedo olvidar esa escena. Por suerte, no puedo olvidar esa escena. Y por suerte, volví a creer que si algún día, alguien o algo me hace enojar / enfurecer lo suficiente, puedo dejar salir al Hulk que secretamente llevo dentro, como para que rompa un poco todo lo que me viene jodiendo la vida.

Monday, September 16, 2013

Temor... la no memoria

Normalmente no solía pensar en cuales son las cosas a las que le tenía miedo. Debía ser en parte por falta de tiempo, la excusa que esgrimía aproximadamente el 90% de las veces cuando alguien o el mismo le / se reclamaba que no había hecho algo; debía ser en parte por alguna especie de mecanismo de autoprotección que intentaba evitar que piense en cosas tan preocupantes o al menos poco agradables. Como si no dedicarle tiempo a la interrogación de uno mismo pudiera de alguna forma evitar los miedos, que uno tuviera miedo o pudiera incluso mitigar las causas de dichos miedos / temores.
De alguna manera, los últimos días había logrado encontrar un tiempo para concentrarse en el tema de sus miedos, un beneficio inesperado del insomnio. Pensando, dialogando consigo mismo, mirando el techo en medio de la noche, llego a varias conclusiones interesantes. Se dio cuenta que a diferencia de lo que uno podía esperar, no le tenía miedo a la muerte. Aun el hecho de tener una familia a cargo y algunas responsabilidades, no lograba hacer que le tuviera miedo a la muerte. Esa no-vida que en su caso personal no se correspondía con túneles de luz, vida en el mas allá, cielo con nubes, purgatorio o algún otro tipo de paso a otro plano / realidad / mundo. Se lo imaginaba más bien como quedarse dormido. Oscuridad. Punto. No le preocupaba que su familia fuera a quedarse desvalida, sola, sin el padre de familia a cargo. Sabia, de alguna manera, que ellos se la iban a arreglar para continuar sin el. Incluso su hija chiquita iba a terminar encontrando alguna explicación a la muerte, su muerte, esa partida a un viaje interminable. Su mujer encontraría un compañero, o no. Eso tampoco importaba. El ya no iba a estar allí para verlo.
Lo que si lo atemorizaba era perder la memoria. Alzheimer. Ese tipo de enfermedad que lo pudiera degradar, erosionar, hacerlo dependiente. No recordar quien era, quienes lo rodeaban. El desvarío intermitente. La memoria yendo y viniendo caprichosamente. La conciencia de a ratos de estar hecho mierda, de a ratos no poder recordar / reconocer quien carajo es esa persona que esta a tu lado. 
Se dio cuenta que a veces pensaba, a un nivel casi inconsciente, que el deterioro ya había empezado. No podía recordar, por ejemplo, los nombres de sus compañeros de secundaria. En público explicaba que era porque él vivía lejos y no se habían mantenido en contacto. Cuando su hijo le había mostrado como tocaba en la flauta las canciones que la maestra de música le había enseñado, se dio cuenta que no podía recordar a sus propias maestras de música. En realidad era como que nunca hubiera tenido clases de música. Tomo conciencia que las partituras que su hijo leía con fluidez, para el eran inescrutables. Excepto por la clave de sol, a esa si podía reconocerla.

Y después recordó el día del nacimiento de su hijo. Después de haber acompañado toda la noche a su mujer hasta el momento que dio a luz, había salido de la sala de parto y mientras las enfermeras terminaban de limpiar y vestir por primera vez su hijo, el camino hasta el pasillo de la clínica y se quedo esperando. Concentrándose, enfocándose, pidiéndole desesperadamente a cada una de sus neuronas que por favor, por favor, por favor, grabaran en su memoria la cara de su hijo recién nacido y nunca, nunca, pero nunca, le permitieran olvidar ese momento. Los ojos de su hijo hermoso, ese pequeño duende, mirándolo por primera vez. Esa imagen que no quería olvidar, que quería retener para siempre en su interior, como presagiando, adivinando que un temor que todavía no había aflorado, se iba a presentar más tarde, tomando forma / existencia. La forma de la no memoria, la forma del no ser.

Sunday, September 1, 2013

Rodriguez, Serrat, etc

Acabo de leer un texto de Daniel Salzano titulado “Rodríguez”, dedicado a Silvio Rodríguez y su unicornio. Mientras estaba terminando de leerlo empecé a repasar mis propios recuerdos de la canción del Unicornio Azul que se le perdió a Silvio. No es una de mis preferidas, pero me resulta imposible  no recordarla. Incluso creo que a fuerza de repetición capaz que me la sepa entera. Es como tantas otras canciones que me trasladan irremediablemente a mi infancia. A ese momento en que mi madre o mi padre ponían un disco en el equipo de música y la casa se llenaba de canciones de Silvio Rodriguez, Mercedes Sosa o Joan Manuel Serrat.  Y entre tanta música y sueños de esperanza y belleza condensada en la las palabras que flotaban en el aire, nosotros jugábamos distraídos, pasábamos por esos instantes casi sin percatarnos que esas palabras se iban grabando en nosotros, entrando subrepticiamente por nuestros oídos, yendo a dormir en algún lugar de nuestras mentes y nuestros corazones. Y las canciones y las letras y las palabras, palabras mágicas como “Unicornio” o “Serpiente”, se fueron quedando ocultas, dormidas, susurrando dentro de nosotros, despertando a veces cuando caminando por la calle escuchábamos una de sus canciones. Y de pronto nos descubríamos tarareando una canción de unicornios o flotas cubanas de guerra o de una mujer con sombrero. Y la letra, sorpresivamente, nos seguía brotando de los labios como dictada por una voz interna que nos costaba reconocer, aun varias cuadras después de haber dejado de escuchar la música. Y la magia volvía por un ratito. Y con ella, volvía mi infancia, la cara de mi madre que bailaba recorriendo la casa cantando. Y yo volvía a ser chico. Como ahora, cuando termino de leer a Salzano y me doy cuenta que otra vez estoy tarareando la canción de Silvio y tengo 11 años y no entiendo muy bien porque el unicornio se fue dejándonos tanta tristeza.

Thursday, August 22, 2013

La lluvia

Música de los Rodriguez. Aproximadamente las dos de la mañana. Había estado lloviendo todo el día. Una de esas lluvias persistentes que lavan la cara gris de la ciudad. Lluvia constante, fría. Como un llanto del cielo oscuro.

Se acercó a la ventana y pensó en la lluvia y la música como referentes. Siempre tenían algo que ver con sus estados de  ánimo. Creía que a todo el mundo, en cierta forma le pasaba lo mismo. No creía que la lluvia pudiera determinar sus depresiones, solo sentía que las acompañaba, más parecida a un síntoma que a una causa de enfermedad.

Sabía que no se encontraba tan triste, inexplicablemente triste, por la lluvia o por la música. Era en parte debido a que él, en mayor o menor medida, siempre estaba triste. El era triste por definición. Por otro lado, ella había viajado y él se encontraba nuevamente solo. La extrañaba de noche y también de día, en días lluviosos que parecía que no iban terminar, al menos mientras él no pudiera volver a verla.

Ella había viajado y él se quedó rumiando sus ideas. Eran solo unos pocos días. Los suficientes para extrañarse un poco, hubiera dicho ella, tan práctica como de costumbre.
En cambio él se sentía como un preso que cuenta los días, las horas que faltan para salir, haciendo marcas en la pared. El no hacía marcas en la pared, le hubiera dado vergüenza, solo las imaginaba. No se desesperaba, solo luchaba contra la lluvia, la impaciencia y la angustia crecientes. Se sentía un adicto o algo así. Y esperaba. Esperaba que ella volviera y lo tocara, y le devolviera la vida o le sacara la tristeza. Y el tiempo pasaba. Segundo a segundo. 60 segundos eran un minuto, 60 minutos eran una hora y 24 horas eran un día. Así una y otra vez.

Y los días pasaron y cuando ya estaba a punto de comenzar a rayar las paredes en serio, ella volvió.

La vió y casi le confesó que la quería, que no podía decirlo pero que la quería, y que cuando ella lo abrazaba y lo miraba y lo acariciaba él sentía que ya no estaba triste. Quería decirle que, en otro momento, él le hubiera escrito una poesía o le hubiera regalado la única medalla que le quedaba de cuando era chico, la cual era muy importante por un motivo que él ya no podía recordar. Quería prometerle que iba a tratar de hablar siempre en serio, o casi siempre, para que ella no se enojara más. Explicarle como el tiempo no pasaba cuando ella no estaba, o mejor dicho pasaba demasiado rápido y parecía que uno hubiera envejecido un millón de años sin verla.  

Se quedó mirándola y empezó a llorar. Ella lo abrazó y lo besó, y él la besó, pero más tarde, como si estuviera medio dormido. Y ella le tomó la cara entre las manos y le empezó a secar las lágrimas. Y las lágrimas no paraban y parecía que iban a seguir y seguir.

El no decía nada y ella lo miraba y lo acariciaba despacito, como si se fuera a gastar. El no decía nada y no podía darse cuenta de que seguía llorando. Hasta que empezó a sentirse mejor, más tranquilo, más liviano. "Como un pan lactal" pensó, y la idea le dió gracia. Quiso reírse, pero se dió cuenta, ahora si, que estaba llorando y que ella lo miraba con esa cara de mamá  preocupada. Pensó si a lo mejor nunca se había dado cuenta que él, en realidad, nunca se daba cuenta de nada, y la idea ya no le dió gracia. Y mientras pensaba todo eso, seguía llorando, como en segundo plano, como si estuviera masticando o respirando. Y pensó si algún día podría parar y si algún día, tal vez hasta la tristeza se cansara de él y lo dejara.

Y ella también empezó a llorar, porque no podía entender lo que le pasaba, lo que él sentía cuando la miraba y comenzaba a llorar. Y lo abrazó, ahora con desesperación, como aferrándose a él. Fue dejándose llevar y fue cayendo de rodillas, como erosionada por el llanto.

Y de a poco, el dolor fue pasando y ella se quedó mirándolo desde abajo. Y de pronto, inesperadamente, él también dejó de llorar. Y supo, ahora sí, que la tristeza se había ido, al menos por un tiempo. Y mientras empezaba a llover de nuevo, la besó y sonrió y empezó a pensar que, a lo mejor, podía intentar levantar a su mujer del piso, para que dejara de mirarlo con esa cara de preocupación.

Estar muerto

Estar muerto no era como imaginaba. No hay cielo con nubes como muestran en las películas. En realidad, uno no se va a algún lugar distinto. Simplemente estas muerto, consciente de las cosas, pero muerto. Transcurriendo el tiempo en otro plano. Al lado de la gente y en los mismos lugares de siempre, pero a la vez distante. De vez en cuando incluso al lado tuyo.
En esos días que me olvido que estoy muerto, me acerco despacio hasta los lugares donde se que vas a estar y te miro. Solo puedo mirar, creo que a veces ni siquiera puedo escuchar lo que la gente dice, pero creo que a estas alturas eso tampoco importa. Me di cuenta que cuando estaba vivo realmente no prestaba mucha atención a lo que los demás decían, así que eso en realidad no me preocupa demasiado. Y de todas formas siempre están los ruidos alrededor, como una permanente música de fondo llenándolo todo.
No puedo tocarte. No es como en las películas de fantasmas, donde el tipo estira la mano y pasa a través de la gente y las paredes. Simplemente tengo la certeza de que no puedo tocarte. Y me limito a mirarte y ver tus manos moviéndose, tu cabeza yendo de un lado a otro, mientras te apartas el pelo de la cara y seguís limpiando la casa donde vivíamos. Tu cuerpo delgado bajo las ropas, moviéndose. Eso si se extraña. Tu cuerpo, tu piel. Es extraño extrañar algo así sin tener siquiera un cuerpo. Algo que tocar o que se pueda tocar. Y me doy cuenta que en realidad ya te extrañaba de antes de estar muerto. Era como que estábamos juntos, pero a la vez separados. Separados de lo que cada uno esperaba del otro. Eso que al comienzo estaba ahí, pero después se fue diluyendo, junto con las caricias, las miradas donde podíamos encontrarnos. Eso que se fue transformando en un espacio grande, muy alto, con una imagen de lo que éramos en la otra punta, lejos al fondo. Y el espacio se fue llenando de cosas que también tenían que ver con nosotros, pero con otros nosotros, no los que éramos cuando nos conocimos.
Y después un día me morí y me di cuenta que cuando estaba con vos, ya no estaba con vos.

La Plaza

Era una mañana como cualquier otra. La somnolencia y la fiaca no disipadas por el café solitario del desayuno, lo acompañaban camino al trabajo. Todavía no había terminado de abrir los ojos por completo. Hacía menos de veinte minutos que el despertador lo había traído de regreso al mundo de los mortales. Y mientras caminaba apurado por la calle, trataba de acordarse de las cosas que tenía que hacer esa mañana. El viento que de a poco empezaba a soplar prometía  facilitar las cosas y ya estaba llegando a la plaza con el piloto automático puesto. Le gustaba pensar que era piloto, que era un avión y jugaba a imaginar vuelos rasantes por las calles vacías. Alguna que otra maniobra, sacada de las películas de guerra, le venía de vez en cuando a la cabeza y entonces hacía algo osado, como cruzar la calle o cortar camino por medio de las plazas.
Dormido, empezó a cruzar diagonalmente la plaza de la Intendencia y mientras rodeaba uno de los monumentos, erigido en el epicentro del paseo, pensaba en la improbable utilidad de una "Central de Semaforización Inteligente", que de eso se trataba el monumento o edificio en cuestión. En ese momento los vio.

Su visión de la realidad cambió automáticamente. Cámara lenta. Planos cortos. Blanco y negro.
Eran dos. Venían caminando por el pasto. Flacos, muy flacos. Pelo largo, oscuro, aparentemente muy sucio, a medio camino de un trenzado rasta. Uno tenía barba. Ojos oscuros, muy abiertos. Camperas de jean y vaqueros ajustados, no sabía si elastizados, más bien tipo Heavy. Zapatillas blancas muy sucias y borceguíes. Discutían. Podía verlos gesticular, pero no alcanzaba a oír lo que decían. Estaban nerviosos. Empezaban a putearse. Eso si lo podía escuchar.
Dejo de caminar y giró en dirección a ellos. En ese momento se dió cuenta de que no era el único. A pocos metros delante de él una mujer también se había parado a mirar. Cómplice.
Siguió mirando el cuadro animado y decidió obviar los sonidos, concentrarse en las imágenes, los movimientos.
La pelea, discusión o lo que fuera, seguía. Un empujón, otro empujón. Aparentemente estaba por presenciar una típica demostración de violencia física, o mejor dicho la versión underground de una típica demostración de violencia física.

Intentó predecir una piña y se equivocó. En ese momento uno manoteó los pelos del otro y lo tiró al pasto en medio de una rabiosa puteada. El caído, con una poco ortodoxa patada tumbó al piso al que había quedado en pié y se empezaron a pegar galletazos con los puños cerrados. Las puteadas y gritos seguían, y aparentemente nadie pensaba cortar la escena. Escena, como en el cine, le gustó la idea.
Se cansaron enseguida. Quedaron tirados boca arriba, uno al lado del otro. En el fresco de la mañana podía ver el vapor de sus respiraciones subir regularmente.
Espero un momento. Cuando ya se estaba por ir, siguiendo su camino al trabajo, vió que los dos se paraban trabajosamente. Se miraban. Esperó que uno de los dos sacara un cuchillo y cortara al otro. En lugar de eso, se acercaron y uno cruzó su brazo por encima del hombro del otro. Se abrazaron y se fueron caminando por el pasto. Se bamboleaban rítmicamente y seguían la misma dirección por la que habían venido. (Fundido a negro y final).

Lentamente, él también empezó a caminar. Pensó en que iba a llegar tarde al trabajo y no iba a poder explicar porqué. Pensó finalmente, instantes antes de comenzar a olvidar el cuadro, que si él hubiera sido el director, hubiese usado el cuchillo.