Afuera
sonaban las cacerolas. Adentro nosotros nos acurrucábamos abrazados, llorando
despacito sin entender porque. Las torres habían caído hacia 3 meses mientras
nosotros empezábamos nuestra historia de amor.
Como entender todo lo que pasaba alrededor mientras nosotros mismos todavía no terminábamos de entender, de
procesar la alegría, la emoción inmensa que nos provocaba el habernos
encontrado. Como si hasta ese momento hubiéramos sido 2 náufragos flotando en
un mar de gente sin poder encontrarnos. Hasta que nos encontramos. Y nos
miramos. Y el mundo exploto a nuestro alrededor. Y siguió explotando. En
colores. En blanco y negro. Muy rápido. Muy despacio. Con nosotros dos
abrazados en el centro, llorando despacito.
Rejunte de textos cuasi biograficos, cuentos, cuentitos, cronicas y divagues varios
Saturday, November 16, 2013
Tuesday, November 12, 2013
Semana complicada...
Semana complicada... monton de cosas feas... monton de cosas lindas... imposible encontrar el espacio / tiempo necesario para escribir alguna de las millones de cosas que me pasaron por la cabeza estos ultimos dias...
Saturday, November 2, 2013
El perro Joaquin
Nuestro
primer perro se llamaba Joaquin. Si bien yo siempre había tenido perros de
chico y en orden estrictamente cronológico mi primer perro había sido un perro policía
que se llamaba Puma, Joaquin fue el primer perro que tuve cuando yo mismo ya
era padre.
Hacia pocos días nos habíamos mudado a nuestra nueva casa, un pequeño dúplex en un barrio hermoso lleno de plazas y arboles en las veredas, dejando atrás el que había sido mi último departamento de soltero. Mi mujer, que siempre había tenido perros y es definida por su propia madre como “perrera”, encontró a este cachorrito en la calle cerca de la casa materna y se lo llevo con ella. El perrito era chiquito, flaquito, tenía pelo corto blanco con algunas manchas negras y para cuando yo lo vi por primera vez al regresar del trabajo, ya no tenía las garrapatas que según me contaron, le cubrían aproximadamente la mitad del cuerpo cuando lo encontraron. Lo habían llevado al veterinario y ya lo habían curado de las heridas que pulgas y garrapatas le habían causado y además lo habían desparasitado. Lo único que teníamos que seguir tratando era la sarna que el pobre Joaquin también tenia y para ello teníamos que bañarlo y aplicarle un liquido especial durante varias semanas.
Joaquin,
como la mayoría de los perros de la calle, desde el primer momento fue muy dócil
y era casi imposible no caer rendido a sus ojos compradores. El perrito se
dejaba curar las heridas y soportaba estoicamente los baños a los que lo sometíamos
prácticamente todos los días y aguantaba casi sin lamerse, las aplicaciones de
los líquidos que le iban terminando de curar la sarna.
Pasaron las semanas y Joaquin se fue mejorando y fue creciendo y engordando hasta parecerse finalmente a un perro hecho y derecho. Dormía en el pequeño patio del dúplex, debajo del asador y durante el día pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la casa, jugando con mi hijo que apenas empezaba a gatear. Los fines de semana o algunas tardes cuando volvía temprano del trabajo, salíamos a pasear los 3 hombres de la casa; mi hijo en su cochecito de bebe, yo detrás empujando el cochecito y Joaquin a un costado con su collar y una correa finita de color azul. Solíamos ir a una plaza a 2 cuadras de casa y ahí nos sentábamos y jugábamos los 3. Jugábamos todos los juegos que un bebe, su papa y un perrito de la calle adoptado podían jugar en una plaza. Y la gente pasaba y nos miraba y un día una mujer que nos estaba mirando se nos acercó y me dijo “trajiste 2 cachorritos” y se quedo mirándonos jugar un rato mas. De esa época tenemos una foto que le sacamos una vez que trajimos unos huesos gigantescos que habían quedado de una pata de ternera que habíamos comido en un festejo y en la foto se lo ve a Joaquin con cara de felicidad, en el pasto de nuestro patio, al lado de uno de los huesos que eran casi mas grandes que él.
Cuando estábamos en casa, tratábamos que Joaquin no saliera solo a la calle, que no se escapara pasando su cuerpo flaco a través de los barrotes de la reja de la cochera. Era muy chiquito y teníamos miedo que los otros perros de la cuadra lo pudieran lastimar o se perdiera y no supiera como volver, como regresar a casa. Y en general Joaquin no se escapaba. Hasta que un día se escapo. Alguien, no puedo recordar exactamente quien, dejo una puerta abierta y Joaquin, aprovechando el descuido, se dio a la fuga, rápido, veloz, dando saltitos como una gacela de Thomson.
Pasaban las
horas y Joaquin no volvía. Lo salimos a buscar por el barrio y no lo pudimos
encontrar. Hasta que se hizo de noche y regresamos cabizbajos y preocupados a
nuestra casa. Cenamos en silencio y cuando nos estábamos por ir a dormir mi
mujer se puso a llorar desconsolada, preocupada por el pobre perrito que se había
perdido o había sido secuestrado por algún desconocido en la calle. Nos
acostamos y como a eso de las 3 de la mañana mi mujer se despertó,
alertada por ruidos en la planta baja. Bajamos las escaleras y cuando abrimos
la puerta del frente que daba a la cochera nos encontramos con Joaquin que había
vuelto y nos hacia fiesta como si los que hubiéramos vuelto de algún lado fuéramos
nosotros. Mi mujer lo alzo y lo abrazo y se puso a llorar, esta vez de la alegría.
En medio de los festejos imaginábamos que Joaquin, al fin y al cabo un perro
aventurero, había escapado de sus secuestradores para volver a casa, con
nosotros.
Pasaron los días y Joaquin no volvió a escapar. Hasta que se volvió a escapar. Y esta vez fueron 2 o 3 días. Y luego volvió. Y se volvió a escapar de nuevo. Y a los 2 o 3 días regreso nuevamente. Y de a poco la teoría conspirativa de los secuestros que yo había elaborado para tratar de explicar las ausencias de nuestro perro fue perdiendo sustento. Y así, el ciclo de escape y regreso se repitió varias veces de forma misteriosa, hasta que un día mientras Joaquin se escapaba y se alejaba dando saltos, mi suegro, que estaba de visita en casa, se decidió a seguirlo y salió corriendo detrás de él.
Pasaban los
minutos y ni mi suegro ni el perro regresaban. Cuando ya estábamos empezando a
pensar que nos iban a pedir rescate por ambos, vimos que mi suegro regresaba
caminando tranquilo con una sonrisa en la cara. Entramos a casa y entonces nos
conto lo que había pasado: había seguido corriendo al perro que iba disparado
como un misil por varias cuadras, cruzando una plaza, ladrando, como saludando
a sus conocidos del barrio, hasta que después de unos minutos el perro se
detuvo enfrente de una casa y antes que mi suegro pudiera acercarse entro muy
decidido. Mi suegro se acercó hasta la casa y toco timbre y entonces se asomo
una mujer y mi suegro le explico que el perro que acababa de entrar era nuestro.
La mujer sonriendo le explico que ella tenía una perrita, que la perrita
aparentemente estaba en celo y que nuestro perro la había estado “visitando”
los últimos tiempos. Mientras mi suegro terminaba el relato nos empezamos a reír
los tres. Nuestro perro no había estado secuestrado, simplemente se había puesto
de novio. ¡Bien por Joaquin! Teníamos un perro galán.
Con el tiempo,
Joaquin se siguió escapando. Creo que no es que la pasara mal con nosotros,
sino que simplemente su instinto o sus ganas de pasear, de volver a la calle,
lo llevaban a escaparse buscando un poco mas de libertad. Pero siempre volvía. Volvía
un poco mas flaco, cansado, con ganas de dormir un rato, como si fuera un
adolescente volviendo del boliche, con su collar verde en el cuello. Hasta que
una vez volvió sin el collar. Maldije a quien se lo había robado y le compre
otro. Se volvió a escapar y volvió nuevamente sin su collar. Maldije nuevamente
y compre otro collar. Se volvió a escapar y volvió sin el collar. Maldije por última
vez y compre otro collar. El perro escapo nuevamente y obviamente volvió sin
collar. No maldije ni compre más collares. Y el perro se volvió a escapar, pero
esta vez sin collar. Y pasaron 2 o 3 días y el perro Joaquin volvió, ¡con un
collar! Era un hermoso collar amarillo con detalles de cuero marrón que
seguramente otra familia que también lo había adoptado le había comprado. Mi perro
tenía 2 familias. Joaquin no solo era un galán, en realidad era un perro
pirata.
Y un día, Joaquin se volvió a escapar. Y pasaban los días y el perro pirata no volvía. Y cuando ya nos habíamos empezado a preocupar de nuevo porque hacia como una semana que nuestro perro no regresaba, el perro volvió. En realidad lo trajeron de regreso. Estábamos tomando mate en la vereda y un auto se detuvo en la esquina. Se abrió una ventanilla y por la ventanilla salto Joaquin y vino saltando feliz hasta donde estábamos nosotros. El auto se estaciono unos metros mas adelante y se bajo un hombre que vino caminando hacia nosotros.
-
¿El
perro es tuyo? Me pregunto el hombre.
-
Si,
se nos escapo hace unos días – conteste, empezando a preocuparme por lo que
pudiera haber hecho Joaquin durante su ausencia.
-
Estaba
en casa desde hace varios días, cortejando a una de nuestras perras. Los perros
de casa lo toreaban todo el día, pero él no se quería ir – dijo el hombre con
una sonrisa.
-
Como
nadie lo venia a buscar, decidimos subirlo al auto y dar una vuelta por el
barrio, a ver si el reconocía su casa y lo podíamos devolver – agrego el
hombre.
-
Muchas
gracias – alcance a contestar mientras el hombre se agachaba para acariciar a
mi perro.
-
Cuidalo, es muy lindo perro – me dijo y se despidió de nosotros, los dueños del perro pirata.
Y otro día,
un día frio de invierno, Joaquin se escapo y salió disparado para la calle y
cuando vio que el portón de los vecinos de enfrente estaba abierto entro
corriendo al jardín como una flecha y no paro hasta caerse adentro de la pileta
que por suerte todavía estaba llena de agua. Esa vez el que lo trajo de vuelta
fue Carlos, el guardia que cuidaba nuestra cuadra por las noches. Volvió todo
mojado, sorprendido, con los ojos abiertos muy grandes, como consciente de haber
hecho una macana.
Y así
pasaron los días y los meses, con nuestra rutina familiar de escapes y regresos
perrunos. Hasta un que un día Joaquin salió y una vez mas no volvió a casa. Se había
ido para acompañar Marisa, la señora que cuidaba a mi hijo por las tardes hasta
la parada de colectivo, cosa que se había acostumbrado a hacer todos los días.
Todo iba bien hasta que a mi perro lo traiciono su instinto y salió corriendo detrás
de una moto que pasaba por la avenida y un auto que venia por el carril
contrario lo atropello. Yo estaba volviendo del trabajo a casa, cuando recibí
el llamado de Marisa, que entre llantos me explico que a Joaquin lo habían atropellado.
Al llegar a
casa, luego de guardar el auto, disimuladamente salí a buscar a Joaquin. Quería
ver si lo podía encontrar para llevarlo al veterinario. Di varias
vueltas por la zona donde había sido el accidente, pero no pude encontrarlo.
Esa noche no pude encontrarlo.
Al otro día,
de madrugada, volví a salir a buscarlo, ya con menos esperanzas de encontrarlo
vivo. Y lo encontré. Finalmente lo encontré muerto, en el jardín del frente de
una casa, donde estaba acostado, como dormido. Lo alce y lo lleve en brazos de
vuelta a casa. Y así, Joaquin, nuestro perro pirata, finalmente volvió con
nosotros, para quedarse quietito en una foto, desde donde me mira contento, con un hueso gigante a su lado.
Saturday, October 26, 2013
Postal urbana: pareja de estudiantes
Iba bajando
para el Boulevard San Juan, apurado porque mi hijo estaba a punto de salir del
colegio y no le gusta quedarse esperando. Era una de esas mañanas de primavera
donde el sol empieza a colarse entre los edificios y de alguna manera parece, aun en medio de la ciudad, que el aire es
puro, fresco. Todavía no había demasiada
gente dando vueltas en la calle. El naranjita que se ofreció a cuidarme el auto
tenía cara de dormido. La misma cara de dormido que supongo yo mismo debía tener
aun. Cara de “que noche la de anoche!”, aunque en mi caso la cara se debía al
cansancio acumulado durante la semana y un poco de insomnio.
No puedo
recordar que iba pensando mientras me acercaba caminando rápido al Boulevard. Recuerdo
que al acercarme a la esquina, levante la vista y los vi, terminando de cruzar
la calle en dirección contraria a la mía. Ella tenía unas sandalias con algo de
plataforma que la hacían ver más alta, más flaca. Me pareció que tenía lindos
pies. Arriba de los pies, pantalones de jean ajustados, un poco gastados, le
marcaban la forma de las piernas. Largas piernas. Las caderas. La cintura. Y
arriba una remera oscura con un dibujo que no puedo recordar si tenia alguna inscripción
o leyenda o solamente el dibujo. Una cartera pequeña cruzada en bandolera y el
pelo castaño suelto, ondulado y largo hasta los hombros, apenas agitado por el
movimiento al caminar. La cara lavada, sin maquillaje. Ojos oscuros sin lentes y
una sonrisa apenas asomando de unos labios finitos debajo de la nariz. Como un
par de detalles de terminación finales, alcance a identificar un par de lunares
y algunas pecas.
El venia
arrastrando una valija oscura, gastada, con rueditas. Esas rueditas pequeñas
que claramente no están pensadas para circular por las veredas y calles de la
ciudad y hacen que uno golpee la valija contra todos los pequeños escalones que
inexplicablemente se van presentando y en especial contra los cordones de las
veredas. La valija me hizo recordar por un instante que yo también estuve ahí,
en la misma situación, volviendo / yendo de viaje, arrastrando una valija una y
otra vez, a lo largo de varios años, mientras estudiaba en la facultad. Pude
verme de nuevo despidiéndome de mi familia, mis amigos y subiendo a un
colectivo. La sensación de tristeza. Empezar a extrañar mientras el colectivo
encaraba la ruta.
Él tenía
zapatillas oscuras de lona, bastante limpias. Pantalones de jean no tan
ajustados, bastante nuevos. Las piernas alcanzaban a dibujarse chuecas debajo
de la tela de los pantalones, como dándole cierta estampa de deportista. La
remera holgada era de color verde oscuro, lisa, sin inscripciones. El pelo
corto coronaba una cara con cierto cansancio dibujado en los ojos. Detrás del
cansancio, los ojos tenían cierto brillo especial. Tarde un instante, pero
logre reconocer el brillo, el origen del brillo, en el momento en que
finalmente pude ver sus manos entrelazadas, como completando el cuadro. Recordé
que yo también estuve ahí, tomando de la mano a mi amor, caminando por las
mismas calles, brillando hermoso, invencible, con toda la vida delante mio.
Me hice a
un costado mientras ellos pasaban a mi lado mirándose y continúe caminando
hacia el colegio de mi hijo, empezando a olvidarlos lentamente.
Wednesday, October 23, 2013
El periodista y el entrevistado
Prendo la tele. Programa de periodismo político.
Sonamos. Decido verlo. En el pasado el periodista que conduce el programa supo
gozar de mi simpatía, como me lo recuerdan 3 libros suyos que reposan en la
biblioteca, al alcance de mi vista. El periodista presenta una nota. Vamos a
ver un video tipo cámara oculta, filmado por un agente del orden, en el cual se
puede ver a un señor diputado de la Nación resistiéndose a que le retengan el
auto por haber cometido una infracción, o mejor dicho por estar en infracción
al no poder presentar documentación del vehículo que le es requerida por un
agente de transito. Veo el video. Oigo el audio, la discusión entre el señor diputado
y la agente de transito. Siento como que ya lo vi y oí mil veces en los últimos
10 días. Probablemente esta sensación tenga que ver con la otra sensación de
hartazgo, el saberme sometido a un interminable bombardeo de propaganda política
explicita y de la otra. Todo exacerbado por la época electoral en la que nos
encontramos inmersos. Termina el video. Volvemos al piso. El periodista continúa
hablando. Mientras habla, yo intento separar, debo confesar que sin mucho éxito,
la información objetiva de las opiniones personales. En la vorágine del
discurso, las opiniones pasan a transformarse casi en verdades fácticas,
axiomas.
De pronto, el periodista comienza a
mostrar, a señalar en las pantallas detrás de él, una serie de tweets de un
conocido artista del medio que se decidió a opinar del episodio, cuestionando, desafiando
de alguna forma, varias de las frases del diputado expresadas durante la discusión
con la agente de transito. Parece ser que dichos tweets generaron un gran revuelo
en las redes sociales y entonces el periodista explica que se decidió a entrevistar
a este artista para dialogar justamente acerca de los tweets, sus opiniones y
el episodio en cuestión. Sinceramente, me llamo la atención que decidieran
entrevistar a esta persona en particular, debido a que no se trata de un
experto en temas políticos o alguien que en el pasado se hubiera expresado públicamente
acerca de este tipo de cuestiones claramente alejadas de su quehacer artístico.
Pasamos a la entrevista. El periodista
canchero se muestra amigable, confianzudo. Es como si el entrevistado y el
periodista se hubieran comido 1000 asados juntos. Después de romper el hielo
con 2 o 3 preguntas típicas, el periodista encara para el lado de los tweets
que generaron / contribuyeron al escandalo. En ese momento la entrevista se
transforma en un sketch de Peter Capusotto: “Vas a decir lo que yo quiero que
digas”, con el periodista insistiendo en poner en boca del entrevistado, frases
que este realmente no dijo / no quiso decir en ningún momento. El entrevistado
responde lo que le preguntan. No parece darse cuenta del juego planteado. Comienza
a explicar porque cree tener la autoridad moral para plantear un desafío como
el que propuso públicamente en los 4 o 5 tweets que salieron a la luz, algo así
como: “quien me va a enseñar a mi lo que era la dictadura”. Ahí me empiezo a
sorprender. No por la edad revelada por el entrevistado o el hecho que ya sea
abuelo. Me sorprenden los detalles de la infancia. La descripción detallista de
hechos vividos, épocas de represión, episodios violentos. El análisis del
funcionamiento de aparatos represivos, implementados primero por facciones
pertenecientes a gobiernos democráticos y luego por los militares golpistas.
El periodista intenta repreguntar, trata
de usar algunas frases a su favor, lo logra a medias porque el entrevistado
sigue con una catarata de anécdotas personales, como ajeno al juego planteado.
La dinámica va cambiando. A estas alturas el protagonismo del entrevistado se
magnifica y el periodista lo deja seguir solito no solo porque dijo lo que
dijo, twiteo lo que twiteo, sino por todo lo que tiene para decir acerca de la
libertad de expresión y otros tópicos tan funcionales, tan de moda.
Sobre el final, el entrevistado hace una última
revelación acerca de su identidad, la relación con su padre y ahí si como que se nota cierto guion, cierto acuerdo previo. Últimos
intercambios alrededor de la idea de la persecución a los que piensan distinto.
2 tipos hablando como potenciales victimas de censura frente a millones de
televidentes.
Fin de la entrevista. Monologo del periodista estrella. Fin del programa. Los títulos empiezan a
pasar mientras yo me quedo pensando en que aprendí 2 o 3 cosas de la vida
personal del entrevistado y que esta bueno, muy bueno que cualquiera pueda
decir cualquier cosa en cualquier lugar. Después uno termina eligiendo lo que
quiere creer o a quien le quiere creer. ¿O no?
Saturday, October 12, 2013
Internet, los blogs, Twitter, la paciencia y la ansiedad...
Como dice el amigo Ernesto en su blog, un día la comunicación entre los humanos se torno asincrónica.
En esa época de soltar palabras que algún día eran recibidas por los demás como
botellitas entregadas al mar, las comunicaciones epistolares permitían que uno
pusiera el enojo, la ansiedad, la tristeza y/o el amor en un sobre para luego
enviarlo a la persona con la que quería compartir esos pensamientos /
sentimientos sin saber realmente cuando se obtendría una respuesta o siquiera si
se obtendría una respuesta. Esa dinámica asíncrona, de soltar un mensaje autónomo,
enriquecido con todas las palabras que le permitieran sostenerse a
si mismo durante todo el tiempo que durara su viaje, ejercitaba nuestra
paciencia, volviéndonos irremediablemente melancólicos. Así, la paciencia
pasaba a ser una de nuestras cualidades inherentes, necesarias para no
enloquecer esperando. Es que enviabas una carta a tu novia a la distancia y
luego de 7 o 10 días, recibías una respuesta: "Oh, ya no te
quiero...". Pum!, bajón, tristeza, procesamiento asíncrono... a escribir
una carta, a tomarse todo el tiempo para escribir una carta que respondiera
adecuadamente a semejante mensaje. Y luego a esperar nuevamente…
Con el tiempo, a lo mejor de una manera
mas rápida que lo que uno hubiera esperado, y es que para algunas cosas la vida
siempre va mas rápido que lo que uno espera, las comunicaciones fueron
cambiando. La interacción entre los humanos fue ganando en velocidad,
inmediatez. Primero el correo electrónico y los celulares, luego Internet, esa
especie de pizarrón gigante donde, si uno contaba con los conocimientos y
herramientas adecuadas, se podía escribir un mensaje esperando que todo el
mundo lo viera. Ultimamente el acceso “masivo” a los blogs, las redes sociales
y los 140 caracteres de Twitter. “Me gusta”, “Estoy por comerme un choripán…
#Choripan”.
A mi lo de la velocidad me gusta, soy como
una especie de anticuado escritor epistolar adaptándose a estas nuevas
herramientas que me permiten dar rienda suelta a mis ganas de comunicarme a un ritmo adecuado para mi presente ansiedad. Y es que últimamente
la ansiedad me mata, me roba el poco sueño que me quedaba y me hace mirar a la
pantalla del celular con una frecuencia poco razonable, al menos para alguien
de mi edad (es que aunque a veces me sienta de 10 años por fuera parezco de cuarenta). Pero creo que prefiero esa dinámica
a volver que tener que esperar semanas por una carta que no se si va a llegar.
También me gusta esa capacidad de reducir
las distancias físicas casi a cero. La posibilidad de retomar un contacto casi
diario con personas a las que quiero, personas que extraño, que me había acostumbrado
a extrañar durante la era asíncrona. De pronto, mi familia, mis amigos pasaron
a estar al lado mio, al alcance de mi mano.
Finalmente, lo que no me gusta son ciertas
disrupciones, desafortunadas interacciones, fruto de la economía inherente al
uso de estas nuevas herramientas de comunicación. Es que no todo podía ser
feliz en este mundo virtual. Es que hay gente que aun cuando durante 20 años nunca me
llamo por teléfono ni se digno a escribirme una carta, de pronto se “presenta”
en Facebook solicitando ser mi amigo. Personas que nunca se tomaron el trabajo
de escribir una carta, buscar un sobre, caminar hasta el correo y esperar, ahora
pretenden ser mis amigos solamente porque es muy simple, muy fácil hacer 2
clicks y enviar una solicitud de amistad. Para ellos, mi repudio y “Eliminar Solicitud”.
Saturday, October 5, 2013
Los diablos y Angel
El abuelo
de Marcos se llamaba Ángel. La abuela de Marcos, en realidad cualquiera que hubiera
conocido un poco al abuelo, hubiera dicho que era una locura que se pudiera
llamar Ángel un tipo que desde su más tierna edad siempre fue una especie de
demonio. Y es que el abuelo siempre fue una persona de esas difíciles de tratar.
Un personaje exuberante, loco, desbordado por un montón de diablos que tenía
adentro. Un hombre grandote con un montón de diablos que se habían ido escondiendo,
ocultos / no tan ocultos en fragmentos / recuerdos de cosas que le habían pasado
y que había hecho a lo largo de toda una vida. Diablos que a menudo estallaban
incontenibles, arrasándolo todo a su alrededor.
A lo mejor había
sido el hecho de criarse guacho. El haber sido separado muy pronto de su madre.
La vida dura en el pueblo y el campo, allá lejos en Europa. El hambre que los
acorralaba robándoles el sueño a los niños, las esperanzas a los padres. Los
castigos de los abuelos que no eran abuelos. El hambre. El hambre. El hambre…
Y después, un
periodo oscuro. Alguien, creía que la abuela, alguna vez le hablo de como el
abuelo, siendo adolescente se escapo de la casa, de la vida dura, eligiendo su
propia vida, mas dura aun. Y como se fue por los caminos de un país que
empezaba a estallar para buscar algo que no sabia que era.
Y después de
varios años, la guerra. Guerra contra hermanos, tipos que hablaban su mismo
idioma. La guerra como una forma estúpida de encontrar eso que seguía buscando.
Un montón de anécdotas. Un montón de diablos más. Extrañamente, el abuelo Ángel,
que nunca hablaba de su infancia y su adolescencia, si hablaba de la guerra. De
la muerte. Los amigos que fueron muriendo. Desapasionadamente, y esto si era extraño
en el, relataba como su amigo Mario se desangro a su lado en una noche fría de
Noviembre y como el solo se quedo callado, quieto, mientras a su amigo la
mirada se le iba perdiendo en la oscuridad. Y contaba como mato a un hombre, como le
disparo con su fusil, hiriéndolo de muerte. Y explicaba como eso no tenia nada
de heroico, ni de dramático, como su vida no cambio a partir de ese momento. Era
solo un episodio más de una crónica distante.
Y después de
la guerra, la derrota. Un campo de concentración. Un pedazo de terreno en medio
de la nada, alambres de púa, algunas carpas y gente desparramada aquí y allá,
olor a mierda en el aire. Robarle la comida a los más débiles. Golpear, pelear
en el barro. Barro y mierda. Más diablos. Alguien, el mismo, haciéndose pasar
por loco para zafar. Zafar. Alguien abrió la jaula y el y los diablos salieron corriendo.
Y después el
viaje. Cruzando el mar hasta un lugar que quedaba muy lejos. Nunca entendió muy
bien como carajo vino a terminar acá. Tan al sur. Tan lejos de todo.
Y los
trabajos, trabajos de mierda. Y los viajes recorriendo su nuevo país. Y después
el pueblo. Y el taller. El taller que Marcos recordaba de memoria, de
cuando todavía se podía pasar los veranos en compañía del abuelo. El taller del
pueblo donde se arreglaban los autos, los camiones y los tractores con 2 o 3
herramientas, porque todo se podía reparar con 2 o 3 herramientas. Le dabas a
un hombre un martillo, una pinza y un destornillador y podía cambiar el mundo,
o al menos tratar de arreglarlo.
Y después conoció
a la Abuela. Esa mujer de campo que se le acerco. Esa mujer que lo tomo de las
manos y sintió los diablos corriendo dentro de él. Esa mujer que se sometió, en
todos los sentidos, a la locura, a los diablos, al amor de ese hombre loco que
lo quemaba todo a su alrededor, desgarrando, golpeando, gritando noches
enteras.
Y tuvieron
2 hijos. Y los criaron. A la manera de ellos. El con locura, amor y dolor en
partes iguales. Ella tranquila, como buscando compensar tanta intensidad
arrasadora. Aguantando, aguantando a que los chicos crecieran. Hasta que decidió
que ya había sido suficiente y que todavía podía vivir un tiempo más con lo
poco que el fuego le había dejado y se fue. Y los dejo a los 3.
Y la mama
de Marcos, que era la hija más chica, termino el secundario y se fue a estudiar
a la ciudad y dejo detrás a su padre Ángel, y al fuego y a los diablos. Y el
abuelo, solo otra vez, empezó a tratar de sacar a los diablos. Y empezó a
escribir. Con manos de mecánico, manos de taller. Y los diablos asomaban la cabeza
entre las palabras que los lápices escribían sobre el papel. Y cuando alguien leía
las palabras, las poesías desaforadas, los diablos le soplaban fuego y cenizas
en los ojos y todos terminaban llorando, apretándose el corazón con las 2
manos.
Y cuando
las palabras no fueron suficientes, Ángel empezó a dibujar y a pintar, con las
manos de mecánico. En papeles blancos, en las paredes, en telas. Con colores
vivos, con blanco y negro, con su sangre. Y los diablos asomaban, ahora de
cuerpo entero, por entre las plantas de las selvas que él iba pintando. Selvas
llenas de animales imposibles, animales salvajes, hombres locos y los diablos.
Y cuando alguien miraba las pinturas, los dibujos, los diablos lo quemaban un
poco con sus ojos rojos y todos se alejaban gritando, agarrándose la cabeza con
las 2 manos.
Y despues, cuando tambien la pintura no fue suficiente, el abuelo demonio incansable aprendió a tocar la guitarra. Aprendió
solo y empezó a cantar a los gritos. Y las canciones que cantaba, eran
canciones que todos conocían, pero que cuando el las cantaba eran distintas. Aunque
el repetía las letras que había aprendido de tanto escucharlas, las palabras salían
cambiadas, cambiadas por los diablos que gritaban, aullaban en la voz de Ángel.
Y los que lo escuchaban cantar / gritar en medio de la noche, en medio de la
siesta, quedaban como tontos tomándose los oídos, incrédulos.
Y finalmente, un día el abuelo Ángel se murió. Y Marcos, cuando se entero, la miro a su mama, la
hija más chica y le pregunto: ¿Que va a pasar con los diablos del abuelo? ¿Quien
los va a cuidar ahora?
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